sábado, 25 de junio de 2016

LOS BRITÁNICOS SE PLANTEAN LA SALIDA DEL SISTEMA SOLAR

Después de abandonar Europa, Gran Bretaña se plantea nuevos horizontes cargados de una ambición inusitada. De hecho, su próxima consulta será la de abandonar la Tierra, incluso el Sistema Solar y emprender su camino de independencia e identidad soberana en Kepler 22b a unos 600 millones de años luz mal contados. En un plan, bien estudiado por los científicos británicos, forraran los populares taxis y autobuses con papel de aluminio, el Albal de toda la vida, acoplándoles unos cohetes alimentados con ego y un tanto por ciento aún sin determinar de narcisismo, con el que podrán iniciar tan largo viaje. Los improvisados astronautas estelares serán hibernados utilizando infusiones de Valeriana y Melisa acompañados de la lectura de cualquier libro de James Joyce. La reina se muestra entusiasmada y pretende continuar su reinado, a pesar de la descomunal distancia sideral a la que se encuentra Kepler 22b. Los británicos advierten que si encuentran alguna civilización autóctona en el desconocido planeta les obligarán a circular por la izquierda, teniendo que adoptar la milla y la pinta.


jueves, 2 de junio de 2016

LA REBELIÓN DE BRANDO

Supongo que a estas alturas casi todos estarán más o menos al tanto del argumento que desarrolla la película "Rebelión a bordo", concretamente en su versión de 1962, pero resumiendo en pocas palabras la historia que cuenta diríamos que "En 1787 el buque de la armada real británica Bounty zarpó de Inglaterra con destino a Tahití, con el encargo de traerse el fruto del árbol del pan, que serviría entre otras cosas para alimentar a los esclavos de las colonias. Durante el viaje, el temido capitán Bligh (Trevor Howard) imprimirá su férrea disciplina, considerando que por encima de la vida de sus hombres está la misión. Tal situación de violencia extrema hará que se enfrente a su segundo de a bordo, el teniente Christian Fletcher (Marlon Brando)"

Poco imaginarían los sufridos tripulantes de la Bounty que, 175 años después, un actor del método haría pasar por un mar de suplicios al equipo de rodaje de una película que contaría aquella historia. Desde un primer momento Brando no quiso hacer "Rebelión a bordo". Sus razones no eran puramente artísticas o de falta de interés por aquel drama en alta mar, se trataba de algo más mundano. No quería participar por las mismas razones que había rechazado el papel protagonista de "Lawrence de Arabia", en resumidas cuentas, por su carácter por entonces acomodaticio y su tendencia a evitar rodajes en lugares y ambientes nada confortables. No obstante, el dinero todo lo puede y la Metro le ofreció en bandeja un sueldo más que astronómico, acompañado de un regalo que a la larga demostraría  estar envenenado, una más que suculenta indemnización por cada día de retraso en los plazos de rodaje. Brando se encargaría de forma eficiente que ese retraso fuera algo más que un simple fleco en un contrato. Se contactó con Richard Harris para un papel aún no definido y esté aceptó encantado, entre otras cosas porque según sus palabras, haría cualquier cosa, incluso fregar la cubierta, por tal de rodar con Marlon Brando, su fuente de inspiración. Naturalmente aquello eran simples palabras de compromiso, porque cuando se le ofreció un papel intrascendente se negó en redondo hasta que le ofrecieron interpretar al personaje de John Mills, uno de los principales instigadores del motín. Harris envalentonado quiso que su nombre apareciera junto al de Brando en los títulos de crédito, pero el estudio se negó en rotundo, supongo que por miedo a que su principal estrella montara en cólera.

A Trevor Howard le pareció interesante interpretar el papel del Capitán Bligh, sobre todo porque conocía algo de la historia real del motín y no le parecía demasiado acertada la versión que hizo Charles Laughton en 1935. Entre otras cosas porque según los documentos que se conservan, entre ellos el cuaderno de bitácora, Bligh no fue el tirano despreciable que nos ha legado el cine, sino más bien un hombre que evitaba el uso de la violencia. Por desgracia, las continuas modificaciones  del libreto, el ir y venir de varios guionistas, uno de ellos fue el mismísimo Eric Ambler, y la polarización que en definitiva fue propiciada por Marlon Brando, dio como resultado que Howard terminara interpretando un malo de manual, sin matices, que en otras manos hubiera sido un arquetipo aburrido, pero que el actor inglés lo transformó en sublime. 
Carol Reed fue elegido como director y en cuanto Brando puso un pie en los escenarios naturales donde se rodaría la película comenzaron sus extravagancias. En Thaití el actor disponía de un amplio y lujoso apartamento, pero nada más llegar ordenó que se le construyera una caballa típica de la isla y puso a trabajar en ella, y en su posterior decoración, a parte del equipo de rodaje. Quería a toda costa a su maquillador personal y éste como no quería viajar sin su esposa, Brando le pagó el viaje utilizando a dicha señora como doble de luces, que consiste en sustituir al actor en pruebas de luz y fotografía antes de rodar. Así que ya me imagino a la pobre señora, ataviada con un taje de marinero, dando paseos por el estudio haciendo de doble de Marlon Brando. Los isleños, sobre todo ellas, fueron un quebradero de cabeza para Carol Reed, que observaba asombrado las continuas relaciones sexuales, con sus consecuencias de enfermedades venéreas, que mantenían con casi todos los miembros del equipo de producción y actores, sobre todo nuestro divo particular que, como no podía ser de otra manera, exageró aquellas pasiones convirtiéndolas en auténticas orgías de sexo y alcohol. Brando llegaba al rodaje en un estado lamentable, balbuceando sus diálogos y lógicamente olvidándolos, lo que dio lugar a la costumbre de colocárselos en pizarras, ocultas entre los decorados, para que pudiera recitar sus frases. Hábito que mantuvo a lo largo de su carrera, incluso en las cuatro frases que pronuncia en "Superman"
Se convirtió en mentor de una lugareña, Tarita, aunque no me atrevo a preguntar de que materia. La que luego sería su esposa fue otro foco de distracción. El actor comenzó a engordar provocando problemas de vestuario, no sólo por el trabajo de modificar las tallas del mismo, sino porque además Brando tenía la manía de arrojarse al mar vestido al terminar la jornada de rodaje. También adquirió la costumbre de andar con unos largos zancos y, cada vez que se caía, se rasgaban sus ajustados pantalones.  Reed cada día mandaba menos y la dirección caía más en manos del actor que modificaba planos y diálogos a su antojo, hasta que el director inglés fue defenestrado por el estudio por sus continuos retrasos. Richard Harris y Trevor Howard, que por entonces estaban cansados del comportamiento de Brando, acudieron al productor para quejarse del despido de Carol Reed, aunque recibieron como respuesta una frase lapidaria: "Caballeros, quiero que entienda una cosa. Una estrella es una estrella. Todos los demás son prescindibles, incluidos los buenos actores". Ante tal determinación los actores se fueron con el rabo entre las piernas, maldiciendo y deseando acabar de una vez aquella maldita película. Por entonces Brando decidió renunciar a su papel de Fletcher para acometer el de un personaje más irrelevante, pero el estudio no pasó por el aro y me imagino su contestación. Como protesta encubierta optó por amanerar su personaje, hacerlo estrafalario y algo narcisista.
El estudio contrató como director a Lewis Milestone, un veterano hombre de cine que llevaba años alejado de él y que tenía en muy baja consideración a los actores del método. Cuando se percató del ambiente de rodaje, en el que todo el mundo esperaba el visto bueno de Marlon Brando en cada toma, en el primer enfrentamiento con la estrella abandonó la dirección y se sentó a leer una revista. La situación con Harris y Howard se tornaba cada vez peor. Con el primero, Brando simplemente no quiso compartir planos, siendo sustituido en las tomas en donde no se le veía por un figurante. Harris tuvo más suerte, porque le pusieron una caja como representación de Marlon Brando cada vez que tenía que dialogar con el caprichoso actor. En cuanto a Trevor Howard, existió un pique mal disimulado porque hacía las tomas mejor y siempre recordaba sus diálogos. Al final del rodaje, nuestro particular protagonista, cada vez hacía sus escena con más apatía, arrastrado sus frases que, en algunas ocasiones, no se entendían o abandonando repentinamente para encerrarse en su cabaña. 
Habría que reseñar varias anécdotas interesantes. La primera absolutamente cierta y la segunda parece tan absurda que se diría pertenece a la leyenda. Los lugareños de Tahití tenían problemas bucales, dientes picados y alguna ausencia dental, que no gustarían al glamuroso sentido estético del Hollywood tradicional. El estudio encargó unas miles de fundas dentales, con el inconveniente de que muchos, una vez entregado su corrector dental, no volvieron a presentarse, con lo que se tomó la decisión de que las dentaduras se entregaban al principio de la jornada y se tenían que devolver al final. La otra curiosidad es que, el personaje de Fletcher, sufría quemaduras graves al intentar sofocar un incendio en el barco, casi al final de la película. Brando quería que se mostrase su entrepierna y también su pene chamuscado, lo que provocó el asombro de todos los que estaban presentes y del que estuviera a varios kilómetros a la redonda, justo hasta la sede central de la Metro, que se echó las manos a la cabeza ante semejante petición, que no sólo no pasaría el filtro de la censura sino que además era del todo intolerable.
Cuando terminó el rodaje, el comportamiento de Marlon Brando se hizo público y el actor exigió una rectificación, tanto del estudio como de los medios que difundieron la noticia. Lo que podría haber sido una ruina económica para la Metro-Goldwyn-Mayer, casi a la altura de "Cleopatra", se justificó en cuanto al retraso y el desfase presupuestario echándole la culpa al clima, a la tardanza en la construcción de la Bounty y a otras razones imponderables, señalando que el comportamiento del actor había sido siempre muy "profesional".
Sea como fuere, se nota particularmente que Brando es la estrella absoluta de la película, es suficiente contemplar sus planos, siempre a su servicio, con apariencia impoluta, aunque Trevor Howard está fantástico como antagonista. Para ser sinceros, incluso en tales circunstancias tan poco profesionales, Brando siempre será Brando y su presencia llena la pantalla. En cuanto a la película, no es una obra maestra, pero si un buen film de aventuras, con momentos de gran altura, como por ejemplo el intento de pasar por el Cabo de Hornos. Todo lo que transcurre en el barco es interesante hasta llegar al motín. La parte que me parece más aburrida y carente de interés es la estancia en la isla, tanto efecto paradisíaco resulta cansino. 
En cuanto a la historia real, ya he comentado que los hechos no fueron tan radicales como nos han llegado a través del cine. Ni el Capitán Bligh era tan malo, ni Christian Fletcher era un ser angelical. El supuesto sádico fue absuelto a su llegada a Inglaterra. Se mandó un buque de guerra en busca de los amotinados, buque que encalló y naufragó por incompetencia de su capitán. Fletcher no murió al intentar apagar el fuego provocado en la Bounty, sino por un disparo de uno de sus tripulantes. Cuando unos veinte años después un barco llegó a la isla donde se ocultaban los amotinados, sólo uno de ellos fue encontrado con vida, los demás habían muerto víctimas de sus innumerables enfrentamientos por la posesión de tierras, por mujeres y por otras causas. Al final su sentencia de muerte por rebelión les había llegado tarde pero inexorable. Como dirían ahora fue una sentencia en diferido.




lunes, 16 de mayo de 2016

Y ELLA SE MARCHÓ


Me busco y no me encuentro. Intento ser dinámico, atrapar algún efluvio evaporado de inspiración, y solo consigo  vacío blanco en una nada agónica y desesperante. Me pregunto si a todos nos llega el día del abandono, en el cual la pereza disfrazada de ensimismamiento nos arroja fuera de la página por escribir. Hace algún tiempo que este blog se encuentra en un barbecho engañoso, en una excusa vulgar y ordinaria que solo esconde una desgana sin disimulo. Parece que mi particular musa vació los armarios, retiró sus fotos, sus pertenencias más cercanas y se marchó con su maleta de piel y su bikini de rayas, como aquella vieja canción de los 70. La llamo y no me coge el teléfono, me ignora. Supongo que algo hice mal, seguramente mis manías y mi dejadez han hecho que su fuga parezca tan pertinaz como los esfuerzos de Sisífo. Puede que se despidiera con un beso arrojado en el aire, puede que fuera así, aunque no pudiera ser recogido al vuelo por culpa de mi despiste, de mi descomunal desconexión de las cosas sublimes.
Mi musa ha sido sustituida por un señor bajito, con traje negro y con predisposición insultante a la pereza. Me recuerda a un compañero de trabajo muy dado al bajo rendimiento laboral que fumaba continuamente tabaco negro. Tanta era su afición a expulsar el pesado y asfixiante humo, que en torno suyo siempre viajaba una espesa niebla. Muchos dicen que, tras el velo impenetrable, ocultaba una cama con su mesita de noche y orinal, donde semejante individuo permanecía en brazos de morfeo de 8 de la mañana a 3 de la tarde. Es lo que tiene la pereza, que es muy profesional y tiene costumbres sedentarias. Toma la rutina con gran profesionalidad y ancla sus pensamientos por debajo de sus posibilidades, siempre subestimando los segundos, los minutos, las horas... El mañana será otro día parece el lema de su particular campaña electoral, con promesas efímeras, con tan poca convicción que ya no necesita ni ejercer el arte del disimulo. En estas luchas ando y, aunque no lo parezca, me ha servido para tapar un espacio en blanco y ejercer mi derecho a sobrevivir un día más en la blogosfera, con poco equipaje pero con el pertinaz deseo de cosechar los méritos suficientes para hacer regresar a la esquiva musa. 

jueves, 21 de abril de 2016

HUMOR PEDAGÓGICO



Los tiempos han cambiado, no lo podemos negar y, aunque parezca que esa transmutación persigue, en cierto modo, la tarea de que todo siga igual, lo cierto es que ya no somos los mismos. Eso se nota sobre todo en los niños, cuya infancia difiere en una cuantía notable de la que tuvimos nosotros, los adultos, sobre todo los que ya peinamos canas. Si hubiera que establecer una frontera que dividiera ambos mundos, diríamos que dos factores ayudan a construir esa barrera invisible pero tenaz. Uno de ellos sería la tecnología, sobre todo cuando hablamos en términos de comunicación, información y ocio. Los niños de hoy la manejan a edad muy temprana y eso nos diferencia considerablemente. A los cuatro años, nuestros tiernos infantes, son capaces de manejar, con sus pequeñas manos y con cierta soltura, un móvil o una tablet. A la misma edad, nosotros nos defendíamos en los juegos de construcciones o en la fabricación de una espada de madera. Otro hecho diferencial es la calle, que se ha convertido para los niños de hoy en un lugar de tránsito, siendo los parques infantiles una especie de reserva artificial donde pueden jugar a salvo de los depredadores mecánicos, los vulgarmente conocidos como automóviles. En nuestros tiempos la calle era nuestra, un lugar donde jugar a cualquier cosa, donde quemar energías y desarrollar la imaginación sin tener que recurrir a las llamadas actividades extraescolares, un sucedáneo que en no pocas ocasiones resulta aburrido.


Todo esto viene a cuento por una reciente exposición, que tiene lugar en el Parque de las Ciencias de Granada, del psicopedagogo y dibujante italiano Francesco Tonucci, conocido bajo el seudónimo "Frato". Sus ilustraciones e ideas vienen a reivindicar la problemática de los niños y los sistemas educativos y de como el mundo ha cambiado para la infancia, sofocando la espontaneidad y la imaginación. Sus pequeños protagonistas resultan más divertidos y genuinos que el encorsetamiento al que son sometidos por educadores y progenitores. La exposición, además de contar con sus divertidas viñetas, tiene actividades para los niños que los retrotrae a otros tiempos, en los que un cajón de arena, una bañera con agua o un pinball hecho con gomas y pinzas eran una fuente inagotable de diversión. Con un estilo que recuerda a Quino y su popular Mafalda, Frato nos ofrece ese humor entre ingenuo, divertido y reivindicativo. Es cierto que ese estilo, tan cercano a la pedagogía, puede resultar a veces cargante y moralista, pero no por ello deja de ser interesante y mordaz.