Hace mucho, mucho tiempo, cuando los dinosaurios andaban despreocupados por nuestro planeta... Bueno, realmente no hace tanto, aunque, recordar los momentos en los que el servicio militar era obligatorio, parece un ejercicio de retroceso en el tiempo algo notable para la vida de un simple mortal. Andaba yo por aquellos años realizando la popular mili y me encontraba destinado en unas oficinas, con múltiples funciones que realizar y el suficiente tiempo para lo que se denominaba por entonces "escaqueo", o sea el arte de hacer lo menos posible. Una de mis tareas era la de pinta monas, es decir ocuparme de los diseños y dibujos que los mandos me encargaban. Recuerdo aquella mesa estupenda de dibujante profesional en donde me pasaba el día haciendo monigotes y dormitando también, justo es reconocerlo. Era el encargado de la fotocopiadora y no eran pocos los que acudían con libros, planos y demás documentos. Un día apareció el soldado encargado de la biblioteca de oficiales y, después de realizar algunas fotocopias, arrojó de forma despreocupada un libro a la papelera. "¿Pero que haces?", le increpé, "¿cómo tiras un libro a la basura, estás loco?". El tipo en cuestión, con expresión anodina, me contestó: "Me han dicho que lo tire, está viejo". "¿Puedo quedármelo?", le pregunté, y, ante el encogimiento de hombros, entendí que le traía al pairo, así que no lo dudé y tome aquel libro como el que recoge a un perro apaleado y abandonado. En efecto, el libro tenía ya sus años, era concretamente una edición de 1955 de "Ciudades muertas, pueblos desaparecidos" de Gordon Cooper, un escritor y viajero escocés. El título en si mismo era una especie de presagio del destino que le podía haber esperado. En sus manchadas y gastadas páginas se podía adivinar el trascurso del tiempo, la experiencia vivida y, como en los buenos vinos, el poso de los años le convertían en una pieza humilde en su formato, pero grande en cuanto a su significado. Un superviviente que rescaté de una papelera y que desde entonces ha sido para mi un libro especial. Recuerdo como lo oculté en mi taquilla y, teniendo en cuenta que el único libro permitido era el "Manual del soldado" y, que de sorprenderme con un libro extraído de la biblioteca de oficiales, me podía traer más de un quebradero de cabeza, me sentí como en tiempos de la clandestinidad, como cuando tener un ejemplar de "El capital" podía ser un riesgo más que considerable en la España del franquismo.
lunes, 13 de mayo de 2013
lunes, 6 de mayo de 2013
LA POLITICA Y EL MIEDO
Ha sido una noticia impactante, un parado en Italia, debido a su frustración económica, pretendía asesinar a algún político, supongo que al primero que se pusiera a tiro. Lo malo del asunto es que, quién se interpuso entre sus balas y su hipotético objetivo, fue la policía y una mujer embarazada, lo que convierte todo el asunto en un negro esperpento de una situación social más que delicada. No ha terminado de gustarme la tira cómica que a continuación publico, quizás porque, cuando estaba elaborándola, me he acordado de otros tiempos, en los que los políticos si eran el blanco de algunos necios que pretendían imponerse entre vísceras y sangre. La monstruosidad del tiro en la nuca o la cobardía de la bomba lapa, toda una galería de intolerancia nauseabunda. Sin embargo, la finalidad es ilustrar una situación algo diferente, aunque en su raíz puede ocultar otro tipo de estulticia.
Puede ser que tan desquiciado acto despierte las simpatías de algunos, de los que piensan que la clase política se merece un buen escarmiento, que la corrupción y la incompetencia pueden ser más que simples palabras, que bajo su significado se esconden los dramas de muchas familias, en la más absoluta desesperación. También es posible que bajo el ala de esa disconformidad, aniden también los que son de la opinión de que los políticos son prescindibles, como si esa entelequia pudiera hacerse realidad. Cuando se pretende acabar con con esa clase dirigente, se insinúa que los sustitutos del tal sistema serían una especie de ángeles custodios, cuando tan políticos son unos como otros. Las dictaduras no los eliminan, tan sólo erradican, entre otras cosas, la libertad en todos sus aspectos. Es una idea algo difundida en la calle de que, un sistema férreo, termina acabando con la corrupción, cuando en realidad solo se trata de ocultarla y de cercenar la voluntad de quienes pretendan denunciarla. El dicho popular de "esto con Franco no pasaba" es bastante indicativo, aunque debería ser sustituido por "esto con Franco no se difundía", que es una cosa radicalmente distinta. Un buen tratamiento contra este ingenuo error sería una revisión del clásico de Berlanga "La escopeta nacional".
Hay que respetar a la clase política, porque salvo que un día alcancemos cierto grado de utopía, no se puede construir una sociedad de otra manera. Lo que hay que considerar es la cimentación de un sistema lo menos corrupto posible, porque, siendo realistas, no hay forma humana de extirpar tal defecto del carácter de los hombres. Sinceramente quién no sería capaz de meter la mano en la cinta transportadora imaginaria en la que circula continuamente el vil metal. Recuerdo un chiste de un tipo que visita a un amigo político y se queda asombrado por el nivel de vida de éste. Una gran casa, un buen coche y mucho lujo le hace preguntarle, "¿De dónde has sacado todo esto?". El político le responde "¿Puedes ver aquella autovía de 6 carriles?, pues de ahí". El tipo vuelve a su casa y se hace con un cargo de responsabilidad en el gobierno. El amigo de la gran casa y el buen coche le devuelve la visita de cortesía y observa que también nada ahora en la abundancia. Le pregunta, "¿De dónde has sacado todo esto?". El nuevo político le dice, "¿Puedes ver aquella autovía de 6 carriles?", "No, no veo nada", le responde. "Pues de ahí".
En situaciones desesperadas suelen emerger soluciones desesperadas, pero, cuando esto ocurre, el término solución se transforma en alienación. "Con la promesa de esas cosas, las bestias alcanzaron el poder, pero mintieron, nunca han cumplido sus promesas y nunca las cumplirán", decía Chaplin en su célebre discurso de "El gran dictador", equiparable a aquel de Burt Lancaster en "Vencedores o vencidos" que trataba de justificar lo inexplicable y contestado por la contundente condena del juez, Spencer Tracy, con estas acertadas palabras:
"Pero este juicio ha demostrado que durante una crisis nacional personas normales, incluso hombres capaces y excepcionales, pueden engañarse a si mismos hasta cometer crímenes tan espantosos e ingentes que rebasen cuanto pueda imaginarse. Nadie que haya asistido a este juicio podrá olvidarlos nunca. Hombres esterilizados a causa de sus ideas políticas, la amistad y la confianza cruelmente escarnecidos, el asesinato de niños… Con cuánta facilidad sucede. Reconozco que también en nuestro país hay quienes hablan de la protección de la patria, de supervivencia. Llega un momento en que todo país debe tomar una decisión en el preciso momento en el que el enemigo se aferra a su garganta. Entonces parece que el único medio de sobrevivir es emplear los medios del enemigo. Hay que sobrevivir como sea, por encima de todo, sin escrúpulos. En tal caso, yo me pregunto: ¿Sobrevivir como qué? Una nación no es una roca, tampoco es la prolongación de uno mismo. Es la causa que defiende, es aquello que defiende cuando defender algo es lo más difícil."
No pienso ni por asomo que la circunstancias actuales tengan cualquier parecido con aquella realidad terrible. No es el mismo momento histórico, ni tampoco nosotros somos los mismos hombres, somos el resultado de otra época, de otros condicionantes, y toda referencia a ese pasado es sin duda exagerada. Por eso, tildar a los que practican el escrache de nazis es una estupidez y, sobre todo, una ofensa a los que si fueron perseguidos hasta la muerte por tan despreciable ideología. Supongo que a algún que otro superviviente del gueto de Varsovia esta comparación le resultará no solo una soberana tontería, sino una ofensa incuestionable. Y es que, en no pocas ocasiones, las comparaciones que pretenden impactar para llamar la atención, comenten un acto impropio de cualquier mente que se considere racional. Pero, estando muy lejos de aquel nefasto pasaje de la historia, si debe preocuparnos el surgimiento de algunos partidos extremistas que están alcanzando cierta representatividad en algunos países, léase el caso de Grecia, que en sus primeros pasos de su recientemente estrenada actividad política ya han demostrado su calaña. No obstante, algo está pasando en nuestra sociedad, aunque tenga la apariencia de hechos aislados. El escrache, suicidios por desahucios y el incidente de Italia son indicativos del momento de incertidumbre que una clase política, perdida en la inmensidad de sus desaciertos, parece sumida y sin remisión.
No me gusta que los descontentos por una situación desgarradora acudan al domicilio particular de los políticos, no me gusta que se haya optado por un camino sin retorno por parte de los desesperados, un camino que empieza a oler a muerte, no me gusta que algunas ideologías repugnantes, que permanecían agazapadas, aprovechen la situación para hundir en la sociedad sus garras de odio e intolerancia y tampoco me gusta que los políticos se alejen cada vez más de la calle, que se sumerjan en su particular mundo de macro-economía, que se aislen en su búnker de las grandes medidas de pequeños resultados. No me gusta el futuro, porque cada vez parece menos futuro y, finalmente, no me gusta el pesimismo, porque oculta en sus entrañas una salida que a buen seguro existirá, no puede ser de otra forma. La vieja Europa camina dando tumbos y su viejo esqueleto parece desmoronarse, quizás por que su cabeza pretende ir a una velocidad que sus extremidades no pueden asumir. Puede ser el momento de pararse a pensar, de unificar criterios y coordinar un movimiento más acorde con el cuerpo, un movimiento sin precipitación que sepa esperar a que la sangre recorra los infinitos rincones de su anatomía. Y esos políticos ineficaces e incompetentes tendrán que cambiar o ceder el paso a otros con mejores ideas, porque al fin y al cabo no nos podemos permitir bajo ningún concepto un nuevo orden. No nos podemos permitir otro incendio del Reichstag y mucho menos una noche de los cristales rotos. Seguramente no será así, no es el momento ni el lugar, pero nunca puede ser malo recordar, es el patrimonio de la memoria y en su aplicación moral se encuentra su mejor arma.
martes, 30 de abril de 2013
SKYFALL
Ignoro la razón, puede que sea porque James Bond me ha parecido siempre, con todo el respeto del mundo, un personaje de cartón piedra, o por cualquier otra cosa, pero el caso es que nunca he conectado demasiado con 007. Por lo menos hasta que llegó Daniel Craig y su "Casino Royale" del 2006, película que me pareció sumamente interesante y que rompía en muchos aspectos con ese icono de opereta, con ese agente con licencia para matar que apenas parecía sufrir los embates lógicos de la profesión. Componía un personaje más físico, más al borde del desastre, lo que en suma parece acercarle a una realidad más racional, dentro de su carácter ficticio perfectamente asumible, como no podía ser de otra manera. "Skyfall" parecía retomar los mismos derroteros que aquel film del 2006, intentado sobreponerse a la muy deficiente e insípida "Quantum of solace". Pero, a pesar del prestigio que ha rodeado a la misma, a poco que se analice podríamos descubrir no pocos inconvenientes.
No se si es un defecto del cine contemporáneo o una especie de peaje, pero no son pocas las películas que incurren en el grave defecto de no formalizar sus guiones hasta dejarlos en un punto de concordancia con la lógica. No tengo la menor idea a dónde han ido a parar las horas de café y cigarros en los que director y guionista se reunían en interminables noches para pulir la historia, para darle cohesión y, sobre todo, para limar aquellas aristas que pudieran hacer ilógica la historia que pretendían contar. Puede que todo ese factor razonable, de coherencia narrativa, se pretenda enterrar hoy en día entre los efectos apabullantes del cine moderno. En esta nueva aventura de 007 parece que han faltado muchas noches de cafeína y debate de ideas, salvo que una mente muy retorcida esté detrás de esta historia, alguien que haya querido infiltrarnos una película en el que todos son perversos y moralmente discutibles. A partir de ahora, todo aquel
que tenga interés en verla, debería eludir la lectura de lo que a
continuación relato, para no romperle el factor sorpresa en eso que se
llama Spoiler.
En una cochambrosa habitación de Estambul, James Bond descubre a un compañero herido, apostaría que se llama Johnson, nombre muy dado a caer a las primeras de cambio, al que le han sustraído el disco duro de un portátil donde figuraba una lista de agentes del MI6 infiltrados en grupos terroristas. A saber que hacía el bueno de Johnson paseando tan valiosa información por esos mundos de Dios, pudiera ser que viviera su propia "pasión turca" a lo Ana Belén. 007 pide ayuda médica para el compañero herido, pero M, que ya empieza a despuntar como una mala pécora, le dice que olvide el asunto y persiga a los facinerosos. Bond obedece e inicia una persecución, muy currada, en moto por los tejados de Estambul hasta que se sitúa en el techo de un tren, iniciándose una pelea con el individuo que se supone ha robado el disco duro. Moneypenny, que por entonces era una agente de campo, los tiene a tiro e informa a M que no lo tiene muy claro, que puede darle a Bond. A ésta le trae al pairo si le da a uno o a otro, así que le ordena que dispare de una vez. Ya vemos que la estima que le tiene al mítico 007 es bastante frágil, así que el disparo termina impactando en el agente del MI6, al que dan por muerto. M, en el colmo del cinismo, es la encargada del obituario del infeliz de James, aunque ya se le tacha por los pasillos de inteligencia británica como caduca y vieja chocha a la que hay que relevar del mando. En estas, nuestro peculiar agente, ha sobrevivido (de lo contrario la película hubiera acabado tras los brillantes títulos de crédito iniciales) y se otorga su momento sabático en alguna perdida costa tropical en compañía de una buena moza, entregándose al alcohol y a los escorpiones, en una especie de ruleta rusa para beodos.
James Bond vuelve a la vida pública cuando se entera que han volado las instalaciones del MI6 y que, seguramente, su responsable es el mismo tipo maquiavélico que encargó robar el disco duro en Estambul. Después de un fraudulento examen psíquico y físico vuelve al servicio activo y se pone en marcha en su búsqueda del villano de turno. Logra eliminar al tipo que persiguió de tejado en tejado en una moto y le descubre una ficha de un casino de Macao. Allí conocerá a la chica del malo y a unos empedernidos matones a los que se enfrentará en un foso repleto de dragones de Cómodo, entre la desidia de los presentes en el casino, que parecen acostumbrados a peleas, muertes y desmembramientos en susodicho foso.A nadie se le ocurre llamar al 112. La chica, que va a durar menos que un chavico en la puerta de un colegio, le conduce hasta el malo de la película, un extraordinario Bardem, Raúl Silva, que atrapará a Bond y a las primeras de cambio le hará ojitos, en una escena de mucho sobeteo que no se si viene mucho a cuento. El tal Silva se deja atrapar para así llegar al MI6, en donde descubrimos que fue un antiguo agente a las ordenes de M y que una vez más, nuestra querida vieja bruja, lo abandonó a su suerte porque no le caía demasiado bien. Silva no planea otra cosa que la venganza. Se escapa y con un grupo de mercenarios irrumpe en plena comisión de investigación, dando buena cuenta de policías y políticos, pero se le escapa M.
Aquí empieza lo bueno. A James Bond no se le ocurre otra cosa que llevarse a M a un lugar seguro. Nadie de los servicios secretos sería capaz de protegerla, así que se la lleva a un caserón en medio de un páramo desolado en tierras de Escocia. Allí contará con la ayuda de un viejo armado hasta los dientes con una escopeta de caza. A 007 le sobra con su pistola, su viejo Aston Martin y sus pelotas. Porque además quiere que le encuentren los malos, dando las oportunas instrucciones para que así sea. M, que no se entera de nada, no se da cuenta, de que lo que en realidad pretende Bond es darle el finiquito, el pasaporte al otro barrio, aunque le deje semejante tarea a Silva. La estrategia no puede ser otra distinta, porque a nadie se le ocurriría en su sano juicio esperar a un ejército de mercenarios en semejantes circunstancias. Claro que, si la película fuera medianamente sincera, hubiera permitido que James Bond metiera a la vieja en un saco y que entre él y Silva la hubieran cosido a patadas, mientras gritan como locas, "¡Toma y toma, vieja bruja!". Pero no, se opta por mostrarnos a un 007 incompetente, al que visto lo visto propongo que intercambie papeles con el guarda jurado de los juzgados de Palma de Mallorca, que seguro no cometerá tantas estupideces a la hora de elaborar un plan de protección.
Es una lástima que teniendo un material tan excelente se haya descuidado la resolución del guión de forma tan burda. No es el hecho de que Bond y M acaben en una ratonera, sino que lo hacen deliberadamente y a conciencia. Pongo un ejemplo ilustre para intentar establecer la diferencia. En la estupenda película de Carpenter "Asalto a la comisaría 13", los protagonistas terminan en un escenario hostil de forma fortuita, sin saber lo que está a punto de suceder. No eligen el escenario de una comisaria, abandonada en un barrio solitario destinado a la demolición, para escapar de los asaltantes que están a punto de acabar con sus vidas, sino que son un cúmulo de circunstancias y coincidencias lo que les ha llevado allí. En "Skyfall" podían haber resuelto utilizar un escenario como el de la mansión aislada por ser de un tremendo atractivo, pero también deberían de haber optado por otro mecanismo que les conduzca forzada e irremediablemente a tan significativo lugar.
Hay alguna que otra tontería destinada a producir cierto efectismo, como la detonación de una bomba por parte de Silva que hará caer sobre Bond nada más y nada menos que un tren subterráneo, como si el villano supiera exactamente en que punto de una persecución, bastante tramposa, va a ser acorralado. Teniendo en cuenta que la película no es mala en absoluto, si que es cierto que molesta esa falta de atención en el desarrollo de la trama, esos defectos de guión que son fácilmente subsanables. La historia es atractiva como concepto de transición, como factor de cambio en la que algún personaje de peso desaparecerá y otros se incorporan, como homenaje a su clásica trayectoria y, en definitiva, como consolidación de un nuevo renacimiento por parte de un más que eficiente Daniel Craig. Las anomalías que arrastra se arreglan con algunas noches de café y tabaco, o siendo más políticamente correctos en estos tiempos tristemente descafeinados, con bebidas isotónicas y chocolate desnatado.
En una cochambrosa habitación de Estambul, James Bond descubre a un compañero herido, apostaría que se llama Johnson, nombre muy dado a caer a las primeras de cambio, al que le han sustraído el disco duro de un portátil donde figuraba una lista de agentes del MI6 infiltrados en grupos terroristas. A saber que hacía el bueno de Johnson paseando tan valiosa información por esos mundos de Dios, pudiera ser que viviera su propia "pasión turca" a lo Ana Belén. 007 pide ayuda médica para el compañero herido, pero M, que ya empieza a despuntar como una mala pécora, le dice que olvide el asunto y persiga a los facinerosos. Bond obedece e inicia una persecución, muy currada, en moto por los tejados de Estambul hasta que se sitúa en el techo de un tren, iniciándose una pelea con el individuo que se supone ha robado el disco duro. Moneypenny, que por entonces era una agente de campo, los tiene a tiro e informa a M que no lo tiene muy claro, que puede darle a Bond. A ésta le trae al pairo si le da a uno o a otro, así que le ordena que dispare de una vez. Ya vemos que la estima que le tiene al mítico 007 es bastante frágil, así que el disparo termina impactando en el agente del MI6, al que dan por muerto. M, en el colmo del cinismo, es la encargada del obituario del infeliz de James, aunque ya se le tacha por los pasillos de inteligencia británica como caduca y vieja chocha a la que hay que relevar del mando. En estas, nuestro peculiar agente, ha sobrevivido (de lo contrario la película hubiera acabado tras los brillantes títulos de crédito iniciales) y se otorga su momento sabático en alguna perdida costa tropical en compañía de una buena moza, entregándose al alcohol y a los escorpiones, en una especie de ruleta rusa para beodos.
James Bond vuelve a la vida pública cuando se entera que han volado las instalaciones del MI6 y que, seguramente, su responsable es el mismo tipo maquiavélico que encargó robar el disco duro en Estambul. Después de un fraudulento examen psíquico y físico vuelve al servicio activo y se pone en marcha en su búsqueda del villano de turno. Logra eliminar al tipo que persiguió de tejado en tejado en una moto y le descubre una ficha de un casino de Macao. Allí conocerá a la chica del malo y a unos empedernidos matones a los que se enfrentará en un foso repleto de dragones de Cómodo, entre la desidia de los presentes en el casino, que parecen acostumbrados a peleas, muertes y desmembramientos en susodicho foso.A nadie se le ocurre llamar al 112. La chica, que va a durar menos que un chavico en la puerta de un colegio, le conduce hasta el malo de la película, un extraordinario Bardem, Raúl Silva, que atrapará a Bond y a las primeras de cambio le hará ojitos, en una escena de mucho sobeteo que no se si viene mucho a cuento. El tal Silva se deja atrapar para así llegar al MI6, en donde descubrimos que fue un antiguo agente a las ordenes de M y que una vez más, nuestra querida vieja bruja, lo abandonó a su suerte porque no le caía demasiado bien. Silva no planea otra cosa que la venganza. Se escapa y con un grupo de mercenarios irrumpe en plena comisión de investigación, dando buena cuenta de policías y políticos, pero se le escapa M.
Aquí empieza lo bueno. A James Bond no se le ocurre otra cosa que llevarse a M a un lugar seguro. Nadie de los servicios secretos sería capaz de protegerla, así que se la lleva a un caserón en medio de un páramo desolado en tierras de Escocia. Allí contará con la ayuda de un viejo armado hasta los dientes con una escopeta de caza. A 007 le sobra con su pistola, su viejo Aston Martin y sus pelotas. Porque además quiere que le encuentren los malos, dando las oportunas instrucciones para que así sea. M, que no se entera de nada, no se da cuenta, de que lo que en realidad pretende Bond es darle el finiquito, el pasaporte al otro barrio, aunque le deje semejante tarea a Silva. La estrategia no puede ser otra distinta, porque a nadie se le ocurriría en su sano juicio esperar a un ejército de mercenarios en semejantes circunstancias. Claro que, si la película fuera medianamente sincera, hubiera permitido que James Bond metiera a la vieja en un saco y que entre él y Silva la hubieran cosido a patadas, mientras gritan como locas, "¡Toma y toma, vieja bruja!". Pero no, se opta por mostrarnos a un 007 incompetente, al que visto lo visto propongo que intercambie papeles con el guarda jurado de los juzgados de Palma de Mallorca, que seguro no cometerá tantas estupideces a la hora de elaborar un plan de protección.
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| El de la derecha podría ser el nuevo Bond |
Hay alguna que otra tontería destinada a producir cierto efectismo, como la detonación de una bomba por parte de Silva que hará caer sobre Bond nada más y nada menos que un tren subterráneo, como si el villano supiera exactamente en que punto de una persecución, bastante tramposa, va a ser acorralado. Teniendo en cuenta que la película no es mala en absoluto, si que es cierto que molesta esa falta de atención en el desarrollo de la trama, esos defectos de guión que son fácilmente subsanables. La historia es atractiva como concepto de transición, como factor de cambio en la que algún personaje de peso desaparecerá y otros se incorporan, como homenaje a su clásica trayectoria y, en definitiva, como consolidación de un nuevo renacimiento por parte de un más que eficiente Daniel Craig. Las anomalías que arrastra se arreglan con algunas noches de café y tabaco, o siendo más políticamente correctos en estos tiempos tristemente descafeinados, con bebidas isotónicas y chocolate desnatado.
lunes, 22 de abril de 2013
LA GIOCONDA ESPAÑOLA: LA CONDESA DE VILCHES
La primera vez que contemplé el retrato de Federico Madrazo de doña Amalia del Llano y Dotrés (Condesa de Vilches) , me llamó la atención su pícara expresión, su mirada y esa pose de mujer atractiva, de serena ironía. No es el típico retrato tradicional de seriedad y compostura, de nobleza impostada, de pose calculada en definitiva. Aquí hay alguien que comunica con la mirada, que sonríe discreta y enigmáticamente, que juega con la posición de sus brazos. Una mano que roza con sus dedos su delicado rostro y con la otra sujeta un abanico de plumas.
Como buena intriga, similar a la que destilaba la célebre película "La mujer del cuadro", a uno le hubiera gustado que tras el lienzo de Madrazo se ocultara una mujer de carácter libertino o enigmático, alguien que ocultara una vida sorprendente. Y no llegando a tales extremos, lo cierto es que doña Amalia si que fue una mujer verdaderamente brillante y polifacética, escritora, pianista y cantante ocasional, amazona, inteligente que organizaba representaciones teatrales en su propia casa, en donde en algunas ocasiones actuaba para el público allí presente. Una mujer singular que supo dar vida a la intelectualidad del momento.
“Linda era como un ángel la condesa de Vilches, como un ángel al que
Dios permitiese abandonar la solemne seriedad del cielo adoptando el reír
humano, porque, según los doctores en bellezas, la de la Condesa no habría sido
tan completa sin aquel soberano don de sonrisa y risa que le iluminaba el
rostro y le descubría el alma. Ahora caigo en que no había vestido, ni
mantilla, ni lazo, ni garambaina que no le sentase a maravilla. Caigo también en que sus
movimientos tenían una gracia especial, un cierto no se qué, un encanto
indefinible, que podrá expresarse cuando el lenguaje tenga la riqueza
suficiente para poder designar, en una misma palabra, la malicia y el recato, la
modestia y la provocación”
Episodios Nacionales. Benito Pérez Galdós
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