lunes, 27 de julio de 2015

CUANDO FUIMOS NIÑOS

Siempre se ha hablado de la perdida de la inocencia como si se tratara de un estado mental en la que no hay posibilidad de retorno. Todos esos recuerdos que atesoramos de nuestra niñez deberían de guardarse celosamente en una caja fuerte infranqueable, indestructible ante el paso del tiempo, esa medida imposible de parar que, en ocasiones, nos maltrata y nos roba nuestros mejores momentos, de cuando éramos felices sin más. La vida es complicada, a veces tremendamente complicada, pero en la niñez aparenta una tregua, unas vacaciones de los problemas que vendrán, un patio de recreo, una merienda, un sueño  reconfortable, una mirada de sorpresa... un día sin colegio. 
De eso trata la ultima entrega de los estudios Pixar, "Inside out", en los que algunos estados de ánimo, que define nuestra personalidad, toman la apariencia de singulares personajes. Alegría, tristeza, asco, ira y miedo gobiernan nuestra mente desde su particular sala de control. Pixar tiene algo especial, diferente a los demás, algo que les lleva más allá de una simple productora de películas de animación. Al igual que sucede con los estudios Ghibli, con el maestro Miyazaki, o  con el mítico Walt Disney, aquí hay algo más que un simple trabajo, algo que trasciende más allá de la pantalla, que engancha emocionalmente a los adultos y que entretiene de forma eficiente a los niños. Descubrí a finales de los años 80 al máximo responsable de lo que después sería Pixar. Si la memoria no me falla fue en un programa de "Metrópolis", donde se nos mostraban las nuevas técnicas de animación por ordenador, algo novedoso y en el que resaltaba sobre todas las demás creaciones un corto, titulado "Tin toy", de un tipo llamado John Lasseter. La historia era sencilla, un bebé maltrata a un pobre juguete recién llegado. Como algunos han podido adivinar, aquí se encontraba el germen de lo que siete años después sería el buque insignia de la compañía, "Toy Story".
Independientemente de la calidad técnica en la animación de los estudios Pixar, cada vez mejor, superándose producción a producción, lo que siempre queda es su capacidad y buen hacer en lo que se refiere a tocar nuestra fibra más sensible. El mundo del cine en general debería tomar buena nota de los creadores de este mundo de animación, de su capacidad de saber contar historias, de sus resortes a la hora de formar un guión sólido y, en definitiva, su manera de resolver una historia bien urdida de principio a fin. Son muchos los momentos que atesoro en mi memoria en los que mi asombro ha sido considerable. Me preguntaba a mí mismo cómo era posible que una película de animación fuera capaz de tocarme el corazón en tan numerosas ocasiones, desde la emoción más llevadera hasta el impulso de llorar desconsoladamente, tal y como me ha sucedido en su ultima producción.
Una película tan aparentemente infantil como "Bichos", ya me regaló un momento en que me sentí emocionado. Una hormiga ingeniosa llamada Flik le hace frente al líder de un grupo de saltamontes, Hopper, que vive a costa del trabajo del hormiguero. En una escena cumbre Flik dice basta a la tiranía, basta al abuso de poder. Es golpeado retiradamente por Hopper, sabe que es un combate desigual, que va a morir, pero su entrega, su tenacidad, su hastío de injusticia le hace levantarse una y otra vez. Cada vez que se incorpora magullado traspasa su fuerza al resto del hormiguero, que atónito descubre su verdadero poder, simbolizado en la individualidad y reflejado en lo colectivo. Es el principio de una pequeña revolución.
"Ratatouille" arranca con una premisa un tanto arriesgada, la posibilidad de que una rata sea una excelente chef. Pero el momento cumbre de la película está a cargo de un personaje concebido en un principio como uno de los villanos, Anton Ego, un crítico culinario feroz y despiadado que disfruta en la redacción de una mala crítica. Sin embargo, cuando se dispone a dar el golpe definitivo al restaurante Gusteau, la rata Remy le prepara un plato sencillo y aparentemente modesto, ratatouille. Anton se sorprende y anticipa lo que será un duro varapalo para el autor. Sin embargo, al probarlo su rostro cambia y su paladar lo trasladará automáticamente a su infancia, cuando regresaba con lágrimas a su casa, seguramente maltratado por otros niños, y su madre le preparaba el mismo plato, acompañado de un gesto de amor. El poder de esa sensación activa en él algo que había olvidado con el tiempo, su imagen de hombre duro y amargado cae como un castillo de naipes, recobrando aquel niño que fue y los sentimientos del amor materno. Una vez más Pixar nos recuerda hasta que punto es importante conservar los recuerdos de la infancia.
En "Wall-e" el estudio de Lasseter tenía un  desafío nada desdeñable, transmitir sentimientos a través de un personaje difícil en cuanto a gestualidad, un pequeño robot recolector de basuras más parecido a una tostadora que a un humano. La película arranca en una primera parte de forma prodigiosa, sin una línea de diálogo, recordando el poder de la imagen y de la expresividad, aunque ésta sea minimalista, un homenaje nada velado al cine mudo. Wall-e siente la soledad como algo que le perturba, que logra combatir en compañía de una cucaracha y con visionados reiterados de la película "Hello, dolly!". Así que cuando llega Eva, un robot explorador, la curiosidad se torna amor incondicional, una forma de huir de la soledad. Su reiterada obsesión por tomar la mano de su nueva compañera representa el símbolo del contacto físico y, por medio de él, demostrará una relación sentimental que nos hará derramar alguna lagrimilla.
"Up" arranca de una forma insólita para un film de animación. Toda una vida desfila delante de nuestros ojos de forma prodigiosa, con un sentido de la narración emotivo y magistral. Esa introducción termina con una tristeza que ahoga, la muerte de quien pensábamos sería una de las protagonistas del film. De nuevo la soledad golpea todos nuestros sentidos, no deja noqueados y nos preguntamos asombrados, cómo se puede tener la valentía de comenzar un film de animación con tan poderosa introducción.
La tercera entrega de "Toy Story" nos dejó unos cuantos momentos de los que uno piensa que, tras la animación, existe una idea trabajada, destinada para el mundo de los adultos pero envuelta en papel de regalo para los niños. El malo de la película tiene una justificación plausible. El sentido del abandono, de considerarse prescindible o fácilmente sustituible le ha generado un odio que ya no discrimina entre el bien y el mal. En la escena en la que nuestros juguetes protagonistas van a morir incinerados en un vertedero, todos se dan la mano ante la muerte inexorable, como si en ese gesto implícito se buscara ese contacto físico del que hablaba "Wall-e", una forma de no morir en soledad. La escena final, en la que Andy regala sus juguetes a una niña, es toda una ceremonia del abandono de la infancia. Los va presentado uno a uno, mostrando un respeto estremecedor de quienes en su día fueron los artífices de parte de su felicidad.  Esa felicidad innata de los niños, capaces de construir un mundo de fantasía de la nada, desde una caja de cartón a una muñeca de trapo. Ese momento te envuelve y te hace cómplice de la situación, al fin y al cabo ¿quién no ha tenido una caja de juguetes debajo del armario?  En ese momento mágico de la película fuimos muchos los que teníamos pendientes una despedida con el pasado, quizás lo habíamos olvidado, pero estoy seguro de que lo que ocurría en la pantalla nos sirvió como un adiós emotivo.
"Del revés" comienza de forma muy hábil, enseñando sus cartas desde el principio, tocando el corazón a cualquiera de nosotros, a los padres por partida doble, con la carita de una recién nacida, nuestra protagonista, Riley. En su recién estrenada mente, fuera del vientre materno, solo aparece tomando el control el personaje de Alegría, aunque por poco tiempo, ya que la felicidad absoluta, sin contaminantes, con la pureza de una mirada limpia en ingenua dura poco. No tardarán en llegar Tristeza, Asco, Ira y Miedo, como complemento de lo que será su personalidad futura y también como parte indispensable de la vida . Todos los recuerdos de la niñez de Riley se guardan en pequeñas esferas que se van almacenando, la mayoría de color amarillo que representa la Alegría, aunque no todas tendrán ese color luminoso, Tristeza teñirá los recuerdos de un azul melancólico, Asco les dará una tonalidad verde, Ira optará por un furioso rojo y miedo será representado por el violeta. Pero el peor de los colores será el gris, porque las esferas de ese color representan a los recuerdos olvidados, algunos quizás superfluos, pero otros representan el olvido de tiempos felices.
En la mente de Riley existen toda una clase de mundos, la isla de las payasadas, la de los deportes, la de la familia, infinitas estanterías donde se guardan las esferas luminosas, parajes de fantasía, lugares donde se producen los sueños y, de igual manera, habitada por estrafalarios personajes. El más interesante es Bing Bong, un extraño y simpático elefante de color rosa y bigotes que representa al amigo imaginario, un ser especial que ha compartido muchas horas de juego con Riley, aunque ya anda olvidado y, cuando termina por desaparecer de la mente de Riley, produce una emoción ciertamente indescriptible. Me pueden imaginar, un tipo con 50 años y conteniendo las lágrimas tras las gafas 3D por la muerte de un  dibujo animado. No es por el personaje en sí mismo, sino por lo que representa, la superación de una etapa de nuestras vidas en la que deberíamos ser felices como lo que fuimos, niños llenos de imaginación, lejos del mundo de los adultos, con sus problemas, facturas, lágrimas y prisas. Cuando Riley sufre su primera crisis, muy cercana ya a la pubertad, su mundo infantil se desmorona, sus recuerdos van desvaneciéndose, ya no necesita recordar los nombres de sus muñecas. Alegría trata por todos los medios de salvar ese pequeño mundo, manteniendo a raya a Tristeza a la que considera un peligro. Después, la gran lección de la película, demostrará que, en la vida, la melancolía y la nostalgia, tan ligadas a esa tristeza, son necesarias para guardar como un tesoro nuestros recuerdos más preciados, los que nos acarician el alma con la calidez de un tiempo irrepetible. Evolucionamos, cambiamos, superamos etapas, pero siempre nos quedará el recuerdo de quienes fuimos, soñadores de mundos imaginarios, sonrientes de juegos inventados, payasos impulsivos, enfados ocasionales, caprichosos compulsivos, niños en estado natural. Por eso maldigo a quienes les han arrebatados a los niños todos esos sueños y los han sustituido por hambre, moscas y un fusil, porque robar la infancia a un ser humano es el mayor de los pecados.
"Inside out", o como se ha traducido, creo que inapropiadamente en nuestro País, "Del revés" es Pixar en estado puro, con su habilidad especial en transportar a niños y mayores a su particular mundo, sin que pierdan interés ninguno de los dos. Quizás sea porque tengo dos niñas, con 9 y 4 años, quizás fuese porque tenía en brazos a la más pequeña, pero viendo lo que ocurría en la gran pantalla, aquel desfile de emociones y recuerdos me tocó muy profundamente, porque quizás soy un terrible egoísta y quisiera que mis niñas fueran eso, eternamente niñas en su mundo de niñas, con sus muñecas, su forma de hablar y sus castillos de princesas. Si debió ser por eso, por lo hubiera deseado estar sólo en la sala, para que nadie me viera llorar como... como un niño.


lunes, 13 de julio de 2015

BUSCARLE LOS TRES PIES AL INDOMINUS REX Y OTRAS REFLEXIONES JURÁSICAS

Hace unos días saltó la curiosa noticia de que en una sala de cine, donde proyectaban el último trabajo de animación de Pixar, "Del revés", hubo un error y proyectaron una película de terror, concretamente "Insidious", ante las sorpresa mayúscula del público asistente. Ahora sucede algo similar, un grupo de cinéfilos gafapásticos y presuntuosos acudió al cine a ver una reposición de "La palabra" de Theodor Dreyer, y por error se sentaron en la sala donde se exhibía "Jurassic World". El servicio de emergencias no daba abasto, ante los ingentes síndromes de orgullo herido y otros síntomas relacionados con la displicencia. Varios de los asistentes tuvieron que llevar collarín en el cuello durante algunos días, debido a su continuo giro de cabeza al negar lo que estaban viendo en pantalla. Muchos de ellos recurrieron al auto flagelo y el silicio por permitirse cometer semejante despiste que ha mancillado su espíritu de pureza fílmica.
Es evidente que siempre se le puede exigir a una película de entretenimiento que sea algo más que un aluvión de efectos especiales y de acción abrumadora . Ignoro en que medida se le puede demandar a un blockbuster veraniego algo más de calidad en su argumento y más solidez en sus diálogos. No hay nada escrito sobre ello, aunque supongo que, después de todo, el primer mandamiento de este tipo de películas, y el que no deben dejar de cumplir jamás, es la de ser entretenidas, no cometer bajo ningún concepto el pecado insoportable del aburrimiento. En ese sentido, la película es impecable y, tras un inicio algo pausado, se nos muestra tan efectiva como una montaña rusa. Es cierto que nunca está de más afinar el argumento y tornarlo, si es posible, más interesante o si se prefiere más adulto. Es un riesgo que muchos prefieren evitar para abarcar a todos los públicos y, no siempre, se desempeña bien una actitud demasiado intelectual en una película como la que nos ocupa. Eso ya lo intentó Michael Crichton en la primera novela de la saga, "Parque Jurásico", y en mi humilde opinión no funcionó demasiado bien, quizás porque no parecía muy lógico que las discusiones científicas y morales sobre la recuperación de los dinosaurios transcurrieran tan a menudo, incluso cuando un Tiranosaurio Rex les pisaba los talones para merendarse a tan sesudos tertulianos.
Existe un tipo de espectador muy particular, el que quiere siempre buscar una lógica absoluta a todo y cualquier cosa que sucede tiene que tener una coherencia real. Por qué los niños se quedan solos ante el peligro, por qué la moto de Chris Pratt  y demás vehículos pueden seguir a los velociraptores sin tropezar en la jungla, por qué los  pterosaurios atacan como si no hubieran comido en varias semanas, por qué no matan enseguida al Indominus, por qué los dinosaurios pueden comunicarse entre ellos, quién fue primero la gallina o el huevo...
Pero sobre todo existe la gran pregunta, la que atormenta día y noche a los detractores de esta entrega jurásica, la que les ha relegado a convertirse en eremitas en busca del conocimiento, atormentados por saber la respuesta: ¿Por qué Bryce Dallas Howard corre con los tacones puestos? Bueno, debe ser de las pocas cosas que no son un truco informático, se ve a la legua que tan atractiva señorita se las apaña muy bien para dominar tan desafiante calzado. Entiendo que se le quiera extraer cierta lógica a una película que, en todo caso es ciencia ficción, y claro según el nivel de ciencia y el de ficción se podrá elevar el listón de lo que es plausible y de lo que no. No obstante, no debemos ser tan cartesianos y repelentes hasta el punto de ir buscando concienzudamente lo que no nos parece coherente. En estas ocasiones es más sano y elemental el dejarse llevar. Al fin y al cabo, cuando uno sube a una montaña rusa, nunca se plantea si es recomendable o no correr a tanta velocidad, se deja llevar por la adrenalina y punto. Es como rechazar al pato Donald porque va vestido y habla, cosa que no es posible en la vida real.
Hay cierta parte del público, que expresa su rabia respecto a este tipo de cine con la expresión  muy conocida de que, cada vez que acudimos a ver una película como "Jurassic World", nos están robando la cartera. De esas acusaciones sabe mucho uno de los máximos ejecutores de este tipo de blockbuster, Roland Emmerich, al que uno imagina vestido de caco y atracando a los espectadores en las taquillas. Como si el cine, llamémosle serio, viviera del aire y le fuera indiferente hacer unos buenos dividendos. En el Hollywood clásico se decía que uno vale lo que su última película, que en otras palabras más vulgares significa que, los responsables de los estudios, te daban una patada, borraban tu nombre del despacho y te quitaban la plaza de aparcamiento si tu última película no conseguía beneficios. Vivimos en un mundo libre y cada uno elige acudir o no a una sala de cine. Ya lo decía Fernando Trueba, que no acudiría a ver "Avatar", salvo que la guardia civil le llevara a rastras.
Otra cosa bien distinta es preguntarse si "Jurassic World" era una película necesaria, porque en el fondo es una réplica puesta al día de aquel primer "Parque Jurásico" del año 93. El esquema es muy similar, aunque, de una forma lastimosa, ya no nos sorprende tanto como aquel impacto visual del primer tyrannosaurus rex que hizo temblar un vaso de agua hace más de dos décadas. Mucho más original y extravagante era el proyecto del guionista John Sayles para un "Parque Jurásico IV", que nos ofrecería una extrañas criaturas con mezcla de ADN de dinosaurio y humano, una especie de isla de doctor Moreau. Parece un proyecto condenado por el momento al cajón de los descartes.
A pesar de que la película me ha resultado gratamente entretenida, perdonando sus imperfecciones, no quisiera pasar por alto un detalle de cierta importancia. Hasta la fecha, el único título que había visto en 3D en pantalla grande, que no fuera de animación, había sido "Avatar", una experiencia estimulante pero algo pesada con el paso de los minutos. Sin embargo, "Jurassic World" me ha parecido un lamentable producto en tres dimensiones, una soberana estupidez que ha estropeado de forma considerable la película. No bromeo si les digo que me quedé estupefacto en determinadas escenas en las que llegué a indignarme. Cada vez que salía un helicóptero en escena parecía un juguete guiado por radio control.  Las tomas generales del parque se me antojaron maquetas ridículas, una especie de recortables que a buen seguro no lo eran en la versión convencional, el 2d de toda la vida. Los dinosaurios en algunos planos no parecían tan grandes y, desde luego, menos reales. Ya me puso en alerta un tráiler de "Everest", en el que un plano de los personajes cruzando una especie de pasarela o puente daban la apariencia de un grupo de playmobil más que de personas reales.
Para concluir, no esperen una película extraordinaria, pero si divertida y con unos méritos innegables, como las continuas referencias nostálgicas, en forma de homenaje, a su film iniciador de la saga, por seguir cimentando la carrera de un actor que dará que hablar en el cine de aventuras y ciencia ficción, como es Chris Pratt y, sobre todo, por devolver el reinado al rey indiscutible de los dinosaurios, el Rex.



viernes, 19 de junio de 2015

ECOS DEL PASADO

EL PUEBLO DE LOS MALDITOS: Esta fotografía le resultará muy familiar a muchos, pero no por ello deja de ser curiosa por no decir directamente inquietante. Como si de una pesadilla o entelequia onírica se tratara,  los habitantes de las Islas Izu en Japón se ven obligado a llevar máscaras antigás para evitar el aire cargado de azufre que emana de los volcanes insulares.
Aunque los cerca de 3.000 habitantes de las islas no estén obligados a llevar la máscara durante las 24 horas del día, existe un código de alarmas que indica en el nivel 3 la obligatoriedad de ponérselas y en el 4 la evacuación inmediata, cosa que sucedió en 1.953 y en el año 2.000. No serán pocos los que se preguntará por qué extraño motivo estos sufridos pobladores permanecen aún en semejante hábitat. Una razón, algo retorcida e increíble, es que lo hacen a cambio de compensaciones económicas, por permitir el estudio de la reacción del cuerpo humano al dióxido de azufre. 

ASESINATO EN DIRECTO: Ocurrió el 12 de octubre de 1960. El líder socialista japonés, Inejiro Asanuma, se encontraba en mitad de un discurso político, cuando de repente un joven radical de extrema derecha, Otoya Yamaguchi de tan sólo 17 años, miembro del grupo ultranacionalista Uyoku danti,  se abalanzó sobre él causándole una mortal herida con un wakizashi, un arma samurái. La fotografía ganó un premio Pulitzer y su autor, Yasushi Nagao, manifestó que el mérito de la misma es haber estado en el lugar y el momento correcto. Y no le falta razón al fotógrafo, porque viendo la escena en vídeo, la acción transcurre en una fracción de segundo. De hecho, mirando una y otra vez la imagen en vivo, la fotografía parece más una recreación que un suceso en directo. 

CUÉNTAME UN CUENTO: La imagen no parece tener demasiada trascendencia, un abuelo cuenta a sus nietos alguna historia que les divierte. Un momento cotidiano y sencillo en el que adquiere protagonismo el hecho de que ese abuelo, con poblada barba, es nada más y nada menos el autor de "Guerra y Paz" y "Ana Karénina", León Tolstói. No podrían contar con mejor narrador, aunque supongo que la historia que se cuenta será más ligera que su obra literaria. 

UNIDOS POR EL DESTINO: Nos imaginamos siempre a los monstruos con cierta pose entre lo terrible y dramático, quizás sea por eso que nos desconcierta el lado humano de tan abominables hombres. Hitler pasea de forma relajada de la mano de Helga, una de las hijas del temido ministro de Propaganda de la Alemania nazi, Paul Joseph Goebbels.
Ambos ignoran que su destino está sellado. La muerte les aguarda en el mismo momento y lugar, como si se tratara de un lazo simbólico de lo que significa el sacrificio inducido por un fatalismo estúpido y alienante. Todo ocurrió en el famoso búnker, donde Hitler vivió sus últimos y agónicos momentos que le llevaron al suicidio. Al mismo tiempo, la esposa de Goebbels, Magda, consideró que no valía la pena que sus hijos vivieran en un mundo sin su amado Führer, así que les quitó a todos la vida administrándoles sedantes y cianuro. La pequeña Helga siguió de la mano del dictador hacia la muerte, de forma involuntaria e injusta. Y hablando de Joseph Goebbels, otra instantánea que pasó a la historia, su mirada de odio al enterarse de que, el fotógrafo que lo inmortalizaba para la revista Life, era judío, el reputado Alfred Eisenstaedt. Goebbels era un individuo que sabía dominar la escena mediática y, en cuanto posaba para la prensa, solía mantener una posición cercana y de simpatía bien estudiada. No obstante, Eisenstaedt, involuntariamente le arrebato la máscara y mostró al mundo como se puede expresar el odio y el desprecio a través de los ojos.

LA GUERRA CONTRA LAS CEBOLLAS:  Nuestra conocida planta herbácea, perteneciente a la familia de las amarilidáceas, se defiende de los depredadores por medio del sulfóxido de triopropanal, que les hace llorar desconsoladamente. Así que no es de extrañar, que estos avispados soldados, utilicen sus máscara de gas para pelar cebollas. Desde luego es una acción mucho menos peligrosa que un mortífero ataque de gas mostaza.

JUGAR AL AJEDREZ ES COMO RESPIRAR: O por lo menos eso decía Samuel Reshevsky sobre el dominio que tenía sobre el tablero. Antes de aprender a leer y escribir ya era un consumado maestro, tal y como lo demuestra en la fotografía, en la que podemos observar a un Samuel de ocho años derrotando en varias partidas simultáneas a sus veteranos contrincantes. Nacido en Polonia y nacionalizado norteamericano fue un campeón a la altura de los grandes nombres por todos conocidos, Capablanca, Bobby Fischer o Karpov. Se cuenta que, siendo aún un niño, se enfrentó en una partida de ajedrez al gobernador alemán en la Polonia ocupada. Éste tenía fama de ser un frío represor de los polacos y, cuando Samuel le venció, le dijo estas atrevidas y valientes  palabras: "Usted puede matarnos, pero nunca me ganará al ajedrez". 

NIÑOS POR CORREO: Fotografía algo insólita y que pretende decirnos que a principios del siglo XX los niños pequeños eran enviados por correo de un lugar a otro. No obstante, parece más bien un señor cartero que pasea con su hijo en una saca para mayor comodidad. Pero, aunque parezca anecdótico, si que ocurrió algo parecido tras la inauguración del servicio de paquete postal en Estados Unidos, allá por el año 1913. Por entonces era más barato hacer frente al pago de unos cuantos sellos, pegárselos a los niños en la ropa y enviarlos por correo, que soportar el coste de un billete de tren. Parece constatado que al menos dos niños fueron enviados con tal proceder. Uno de ellos era una pequeña de cuatro años, May Pierstoff, que fue mandada como paquete postal  a Utah, a la casa de su abuela, recorriendo más de 12.000 kilómetros, pero, afortunadamente para ella, no fue en el interior de una caja, sino en el vagón de correos con alimentos y agua para el viaje. Naturalmente ambos casos llegaron a oídos del Director General del Servicio Postal, que de forma inmediata dictó un reglamento, en el que se prohibía expresamente el envío de seres humanos utilizando el transporte de mercancías. Hoy, en pleno siglo XXI, desgraciadamente aún seguimos enviando a niños en maletas. Para algunas cosas parece que el tiempo ha retrocedido lastimosamente. 

BÉSAME TONTO: Ignoro si el barco de la imagen llegó a zarpar en plena contienda bélica, la Segunda Guerra Mundial, o si tan enamorados protagonistas fueron más fuertes y seguros que el ancla de la nave, impidiéndoles salir de puerto. Y es que en la guerra, el amor parece apresurado, deseoso de consumir su fragor ante la amenaza de morir en combate. Hay besos que siempre parecen el último.


miércoles, 10 de junio de 2015

LA PANDILLA BASURA

Es curioso como en determinado momentos hay quien tiene un don especial para la transgresión más irreverente. Quizás sea fruto de los tiempos, tan peculiares que cada época tiene sus propias reglas morales que no tienen nunca una fecha certera de caducidad, o en este caso de tolerancia. Los ochenta fueron unos años peculiares, en los que la libertad de expresión cultural parecía más libre del encorsetamiento de otras décadas más conservadoras en sus atrevimientos. 
Hoy en día, cuando veo que el coleccionismo de cromos en los niños aún se mantiene, aunque con unas reglas algo distintas de las que prevalecían en nuestra infancia, dando fe de lo adictivo que puede ser intentar completar un álbum y de la necesidad imperiosa de llegar hasta el final. Bien es cierto que se han perdido ciertas costumbres. Nuestros hijos son poco dados al chalaneo del intercambio de cromos repetidos, todo un ritual de nuestra niñez que parece en vías de extinción, tal y como podríamos recordar con aquellas pequeñas manos abarcando un taco de cromos, rodeadas de un corrillo en las que se intercambiaban las repetidas, discutiendo si aquella o esta otra era más difícil de obtener y por eso valían más. 
Una colección que jamás pasó por mis manos, probablemente porque la edad me impedía por entonces volver a un estado más pueril, fue la de La Pandilla Basura, una propuesta sin duda original y atrevida que hoy en día me parece poco apropiada para los niños, pero de un gran atractivo para los adultos. Producidos en 1985 por la compañía Topps y con el nombre original de Garbage Pail Kids su intención era la de parodiar a las muñecas de la compañía Coleco, las Cabbage Patch Kids, ideadas por Xabier Roberts, y conocidas popularmente como muñecas repollo.
Era más que evidente que a la compañía juguetera no le parecería nada productivo que, su producto estrella, estuviera relacionado de alguna manera con tan agresivas e irreverentes ilustraciones. Así que Coleco emprendió actuaciones legales, demandado a la empresa Topps por infracción de marca registrada. Como no podía ser de otra manera, el pleito se ganó y obligaron a los creativos de la Pandilla Basura a la modificación de sus personajes, para que su aspecto no fuera tan parecido a las Cabbage Patch. Los dibujantes Art Spiegelman y Mark Newgarden, junto al diseñador John Pound , procedieron a modificar sus diseños y sus criaturas cambiaron algunos rasgos físicos, aunque jamás se podría olvidar a que objeto parodiaban de forma tan cáustica.
Aunque la colección de cromos pronto se hizo enormemente popular en muchos países, no cabe duda de que estaba ya herida de muerte. Las críticas fueron múltiples y muchos padres y educadores consideraban, quizás justamente, que semejantes ilustraciones no eran demasiado apropiadas para el público infantil. Hubo incluso algún que otro país que prohibió directamente su importación por considerarlas denigrantes y ridículas. Es evidente que, un producto que se basa en mutilaciones infantiles, escatologías diversas, sangre y vísceras no encaja en lo que debería ser una propuesta a semejante consumidor final. No tengo demasiado claro tampoco si los dibujos serían del gusto de los niños. A mi hija de 9 años, coleccionista compulsiva de los cromos de Pokémon, les parecen sencillamente un horror. A mi me parecen ingeniosas, hilarantes e imaginativas, aunque no me parecen un acierto como producto infantil y dudo que se las ofreciera a niños de corta edad.
En el año 1987 tuvieron la osadía de llevar a la gran pantalla a tan peculiares personajes en un film dirigido por Rodney Amateau con el nombre de "La Pandilla basura", cuyos únicos méritos se resumen en sus tres nominaciones a los Premios Razzie, peor nueva estrella, peor canción original y peores efectos visuales, que por cierto no fue capaz de ganar.