
Aquel día transcurría de forma anodina en mi casa. No nos enteramos hasta que llegó mi padre del trabajo y nos dio la noticia con rostro de preocupación moderada. Eso provocó gran inquietud a mi abuela y a mi madre, algo bastante lógico para los que habían vivido la guerra civil. Para aquella generación la sombra de la confrontación planeaba siempre encima de sus cabezas.

Mi reacción no fue demasiado significativa, más bien neutra, entre otras cosas porque aún no me había picado el gusanillo de la política. Al día siguiente, como todos los días, acudí al instituto en donde cursaba 2º de BUP. En mi clase había un grupo de extrema derecha, sobre todo dos individuos, un tartamudo que se decía nazi y un tipo, con gafas de culo de vaso, que se pasaba el día dibujando símbolos falangistas en su libreta. El primero era un tiparraco de mucho cuidado. Recuerdo un día en el que le dio por acosar a un compañero de clase porque decía que tenía cara de judío. Yo nunca he tenido vocación de héroe y siempre he procurado mantenerme con cierta discreción, pero ese día, después de un buen rato de insultos hacia aquel pobre diablo, mi paciencia parecía una olla a presión y le dije pausadamente: "Sabes que si los nazis volvieran al poder a ti te eliminarían por tarado". El tipo me miró con una rabia inusitada, preludio de un intercambio de mutuas agresiones que tampoco llegó demasiado lejos. Naturalmente ese día ambos sujetos estaban en estado de euforia absoluta. El de las gafas de culo de vaso amenazó con presentarse con una pistola y matar a todos los profesores, si el golpe tenía éxito.

La mañana transcurrió a medio gas y durante un buen rato nos dejaron ver la televisión en el salón de actos. Recuerdo que emitían un documental sobre elefantes, hasta que cortaron la emisión para ofrecer las primeras imágenes de los guardias civiles saltando por la ventana. El golpe estaba llegando a su fin, lo que provocó los gritos de aquellos energúmenos que vomitaban a la televisión: "¡No os rindáis cobardes!". Algunos se atrevieron a aplaudir tímidamente y en mi cara se esbozó una leve sonrisa de satisfacción.

Al día siguiente algunos quisieron tirarle de la lengua al profesor que nos daba clase de Historia. Tenía fama de ser un hombre muy conservador y era evidente que querían sonsacarle una especie de proclama reivindicativa del golpe de estado. Pero los que esperaban tal cosa quedaron muy decepcionados, cuando aquel profesor hizo un alegato en favor de la democracia, mostrando un cabreo monumental por los que no respetan el juego de las urnas. Los que, de forma violenta irrumpieron en la vida pública de aquella titubeante España, no tenían nada más que un camino, el del voto libre y soberano. Prácticamente calcó el discurso vehemente que el presidente Lyman (Fredric March) le dirige al conspirador General Mattoon Scott (Burt Lancaster) en la película de Frankenheimer "Siete días de mayo". Supongo que desde aquel día mi compromiso con la política arrancó definitivamente, por lo menos hasta hoy en que, aunque firme defensor de la democracia, mi interés por cualquier partido político ha decrecido notablemente.



































