PRIMERA HISTORIA
Cuando tenía aproximadamente unos ocho años falleció mi tío abuelo Emilio al que yo conocía vagamente. Tenía un hijo de pocas palabras que se presentó, la mañana del suceso, en mi casa y hubo que sacarle la noticia con un sacacorchos, pues el hombre era tan callado que permaneció un buen rato en la puerta sin pronunciar una sola sílaba. Por la tarde mi madre y mi abuela se marcharon al velatorio y me dejaron sólo en casa, no sin antes leerme, como ellas mismas decían, la cartilla. Esto es, en resumidas cuentas, "pórtate bien" y "no le abras la puerta a nadie que no conozcas". Una vez se marcharon, me equipé con folio y rotuladores y me dispuse a pasar una tranquila jornada dibujando a Mazinger Z, Spiderman y Mortadelo, entre otras cosas.
Cuando llevaba un buen rato decidí tomar el aire y asomarme a la ventana. A los cinco minutos vi como se acercaba por la calle mi hermana que regresaba del trabajo. Mi perturbada mente esbozó una broma diabólica con la velocidad del rayo. Apagué todas las luces de la casa y procedí a meterme debajo de la cama. Cuando mi hermana entró, supuso que todos nos habíamos marchado al velatorio y procedió a prepararse la cena. Mientras yo, debajo de la cama, maquinaba que clase de susto le iba a propinar y aprovechando el momento luctuoso, decidí que en vez de salir abruptamente y darle el soponcio, elaboraría algo más supino y refinado. Comencé con unos sonidos guturales, parecidos a los que emitiría un alma en pena. En cuanto mi hermana escuchó los gemidos dio un salto de la silla y con voz temblorosa preguntó "¿quién anda ahí... tío Emilio?. A lo que yo respondí tirando al suelo unas cuantas canicas que llegaron a sus pies. Bueno en realidad no alcanzaron ni la punta de sus zapatos porque emprendió una huida escaleras abajo entre gritos, lloros y alaridos descomunales que alertaron a toda la vecindad. Inmediatamente y comprendiendo que la broma se me había ido de las manos, salí corriendo tras ella para aclarar el entuerto. Cuando le pude dar alcance grité "¡soy yo, soy yo!!!!!!, pero ya era demasiado tarde. Me miró con sus ojos llenos de lágrimas, y de un creciente e imparable odio, y me espetó "no te lo perdonaré mientras viva".

Lo peor de todo es que, con tanto jaleo, la mitad de los vecinos habían salido fuera de sus casas para auxiliar a la pobre infeliz y, cuando comprendieron lo que en realidad había sucedido, iniciaron un intento de linchamiento que solo pude evitar refugiándome dentro de mi domicilio. A partir de ese momento, cada vez que llegaba a mi casa un miembro de la familia, mi padre, mi madre y mi abuela e incluso mi cuñado, me soltaban una bronca del quince una vez enterados de mi inoportuna broma. Cuando todos se unieron para recriminar mi comportamiento, mi mente buscó una salida que me evitara semejante rapapolvo. Ipso facto me levanté, anduve dos pasos, y me desmallé. Naturalmente todo era una pantomima ideada para salir lo más airoso posible de semejante lío. Todos fueron a socorrerme y yo, haciéndome el desvanecido en una actuación que haría palidecer a Greta Garbo en "La dama de las camelias", obtuve el perdón y el reconocimiento de que todos habían exagerado la situación. Con lo cual, en cuanto me dí la vuelta, pude esbozar una sonrisa tipo Damien en "La profecía".

SEGUNDA HISTORIA
En este segundo relato no solo no soy protagonista del mismo sino que ni tan siquiera estuve presente, de tal manera que contaré lo que a mis oídos llegó. Un grupo de amigos en un día aburrido decidieron pasar la tarde dando un paseo por el cementerio. Entre ellos se encontraba un tipo algo peculiar, alguien muy impresionable, pero al que le gustaba mucho la guasa. También tenía la particularidad de tener mucho respeto al tema de los espíritus y cuando veía una película de miedo le resultaba difícil conciliar el sueño, tal y como sucedió la noche que emitieron en televisión "Poltergeist" y como le aterrorizaba, en particular, la escena del agrupamiento de las sillas.

Una vez en el cementerio se detuvieron delante de una tumba que tenía inscritas las palabras "al niño angelito". Esto, que podría ser motivo de compasión o de respeto, despertó en nuestro amigo su incontenible hilaridad y se pasó todo el camino de vuelta invocando, entre bromas y chanzas, al niño angelito. Niño angelito por aquí, niño angelito por allá, nuestro amigo cuando agarraba una presa no la soltaba facilmente. El grupo se despidió hasta la mañana siguiente y nuestro protagonista entró en su casa, donde al parecer no había nadie, y su rostro se descompuso al contemplar como en el salón las sillas estaban cuidadosamente colocadas encima de la mesa. Inmediatamente emprendió una desenfrenada huida gritando "¡el niño angelito, el niño angelito... Dios mío!!!!. Si en vez de cruzar la frontera con Andorra en su aterrorizada estampida, hubiera esperado un par de minutos en su casa, contemplaría, con sus propios ojos, como salía de una habitación contigua la mujer que le hacía la limpieza y, comprobando que el suelo estaba ya seco, procedería a colocar las sillas tranquilamente en el suelo.