sábado, 5 de marzo de 2011

ESPERANDO A MARTINA



A finales de este mes, aproximadamente, espero un gran acontecimiento, el nacimiento de mi segundo retoño, una niña que se llamará Martina y que hará compañía al bicho que me trae loco, que no es otro que mi hija de cuatro años Inés, gran amante de los cuentos de princesas y de las películas de zombies, ya se sabe que de casta le viene al galgo... Hace algunos días fuimos a hacerle la ecografía tridimensional. No soy un entusiasta de esta tecnología, me parece que es como fotografiar una figura de plastilina. El rostro y cuerpo del bebé se distorsiona como si fuera arcilla moldeable hasta que, con paciencia, logra estabilizarse y mostrarnos una imagen medianamente coherente.


Recuerdo perfectamente el parto de mi primera hija. Una noche, mi mujer empezó con las contracciones y, rompiendo con los tópicos mas evidentes, procedimos tranquilamente a iniciar nuestro pequeño viaje hacia el hospital. Recogimos a mi suegra por el camino y cuando escuchó los lamentos de su hija, le espetó "Tú no serás de las que se quejan...", lo que provocó la primera mirada asesina de la noche por parte de la futura mamá. Una vez que llegamos al hospital, mi suegro, aparentemente tranquilo, dio en recepción el nombre de su hija y los apellidos de una tía abuela. Fue una noche bastante larga de contracciones y lenta dilatación. Por mi parte, y una vez que nos quedamos sólos en la habitación, me dispuse a echarme un rato en la cama del acompañante, pero los quejidos de mi esposa no me dejaban conciliar el sueño. Cuando le protesté que no me dejaba dormir, mi mujer ensayó su segunda mirada asesina de aquella noche infinita. Por la mañana, la señora de Cahiers, pedía a gritos y con machacona insistencia la epidural. Una vez concedido el deseo, la cosa fue como la seda, se acabaron los padecimientos y se procedió al parto. Me coloqué la bata verde y las bolsas de plástico en los pies y cuando entré en el paritorio observé una imagen algo dantesca. Mi mujer espatarrada, apretando su rostro como si tuviera retortijones, un cubo situado debajo en donde se desparramaban líquidos diversos y un médico subido en un taburete apretando su abdomen. Aquella escena estaba muy lejos del glamour de los partos cinematográficos. Apenas me puse a su lado, el ginecólogo le dijo a mi mujer que le pondría encima a la niña una vez que hubiera salido. Dicho y hecho, unos segundos más tarde nos colocaba en primer plano aquella desvalida criatura, manchada de sangre y arrugada. Tenía la boca algo prominente como si la hubieran pescado con un anzuelo. Acto seguido, cuando se la llevaron a pesarla y limpiarla, soltó un pequeño y casi imperceptible llanto, más parecido al maullido de un gatito. Después se la llevaron a observación, donde permaneció una cuantas horas antes de llevarla a la habitación. Allí apreté mi nariz contra el cristal de la ventana de aquella sala, y experimenté la sensación de que estaba viendo lo más hermoso que había visto nunca.

miércoles, 2 de marzo de 2011

DECÍA BERLANGA...


"Siempre me interesé por los perdedores, los fracasados, la pobre gente, los tontos de capirote, arrollados por los millones de muñequitos del poder".

"Es una pena que los españoles no sepamos ser nada más que tiranuelos o lacayos porque, cuando nos empiezan a conceder libertades y empiezan a dejarnos hacer libremente, tenemos una tendencia nefasta a cagarla".

"La amargura es una herencia atávica que llevamos todos los españoles. Es muy difícil que un español haga una película optimista en la línea de Frank Capra".

"Me apunto a la mixtificación y al engaño: los niños vienen de París; esto no es un cáncer, sino un constipado... No acepto la muerte. La muerte no existe".

"Metí un par de veces inconscientemente la alusión al imperio austrohúngaro en mis películas y un amigo me lo advirtió, y pensé que sería cosa de hacerlo siempre. Es como el trocito de madera que tengo que tocar para creer que las cosas van bien, aunque lo cierto es que he metido la palabra "austrohúngaro" en películas que han sido catástrofes totales, que no han dado ni gloria ni dinero".

"Muchas veces me he preguntado, ante los desprecios que ha sufrido nuestro cine dentro y fuera de nuestras fronteras, el porqué de ese castigo. Los españoles nunca fuimos especialmente estúpidos para la expresión artística y el cine es la más completa de todas. ¿Por qué entonces se nos da tan mal? No hablo de las excepciones, que las hay, sino de la industria cinematográfica en general".


"Cuando llegaron los socialistas al poder, Pilar Miró me llamó y me dijo que deseaban que siguiera como presidente de la Filmoteca pero que tenía que fichar cada día a los ocho; evidentemente tenían interés en que yo lo dejara y así lo hice. Después de aquellas tensiones con Pilar Miró, me encontré un día al salir de un estreno con Javier Solana -entonces Ministro de Cultura- , que es uno de los reyes del abrazo y que me había tratado siempre con una gran consideración y simpatía que correspondían con mi gran afecto, me saludó muy cariñoso y me dijo: "Creo que he firmado algo para ti hoy en el Ministerio". Y dirigiéndose a Pilar que se había quedado algo alejada le preguntó: "¡Pilar ¿Qué he firmado hoy a Berlanga?". Y Pilar, volviendo la cara con una expresión agria, el dijo: "¡El cese!"

domingo, 27 de febrero de 2011

COMO DOMESTICAR UN GRAN BLANCO



En el otoño de 1973 David Brown y Richard Zanuck habían adquirido los derechos de la novela "Tiburón" de Peter Bechley y sus mentes trabajaban, frenéticamente, en el concepto mismo de lo que sería una producción fílmica de esperado éxito. Ambos productores conocían a la perfección el mundo agresivo de los estudios, sus trampas, sus trucos y las repercusiones de cuanto se filmaba. Al principio no pensaron en que lo que tenían entre manos, el elemento primordial que impulsaba la trama de "Tiburón", podría ser un obstáculo casi insalvable. Tenían en mente que, para ofrecer un espectáculo genuino en la gran pantalla, bastaría con localizar a un domador de tiburones blancos que les hiciera realizar algún que otro truco delante de las cámaras. Al fin y al cabo ya se había hecho antes con delfines, pájaros y leones. Hollywood era capaz de recrear toda suerte de prodigios, desde una batalla naval en el Pacífico hasta un terremoto de consecuencias devastadoras. Fue entonces cuando Brown y Zanuck comprendieron que tenían un problema: no existía en el mundo domadores de tiburones blancos y, por supuesto, no había ningún escualo domesticado que pudiera realizar de forma convincente su papel. No tenían nada, excepto la confirmación de que un gran blanco mataría a quien se le pusiera delante.
A instancias de Steven Spielberg se tomó la decisión de contratar a dos expertos en tiburones, Ron y Valerie Taylor que ya había tenido un éxito notorio en el rodaje de los grandes escualos en el conocido documental "Mar azul, muerte blanca". Ellos se encargarían de realizar las tomas de las secuencias en las que aparecen auténticos tiburones y, para que éstos aparentaran un tamaño aún mayor, se contó con los servicios de Carl Rizzo, un ex jockey con algunas nociones de submarinismo. Cuando el pequeño especialista se unió al equipo de Ron y Valerie en Australia poco pudo imaginar la pesadilla que estaba a punto de vivir. El sería el encargado de doblar las escenas en las que el personaje interpretado por Richard Dreyfuss permanecía bajo el agua en el interior de una jaula. En la primera inmersión de Carl todo marchó bien, hasta que apareció el primer tiburón blanco que arremetió violentamente contra la jaula, lo que le provocó un ataque de pánico y dificultades respiratorias que le hicieron perder el regulador de aire de su equipo. Dominado por el miedo, tiró enérgicamente del cable de seguridad para que le subieran a la superficie de inmediato. El problema es que el motor no tenía suficiente fuerza para subir la jaula y el pobre Carl se debatía entre morirse por falta de aire o devorado por el temible escualo. Poco a poco llegó a la superficie y aquel fatídico día de rodaje pasó a la historia. No obstante, el futuro le reservaba otra amarga experiencia. En otra jornada de rodaje, los especialistas divisaron un gran blanco que se acercaba. Apresuradamente Carl se dispuso a introducirse en la jaula, pero el tiburón que no esperó, lógicamente, la orden de acción se precipitó furiosamente contra ella, provocando que el pobre Rizzo saliera despedido y arrojado contra la embarcación. Mientras, el ofuscado escualo, se enredó con los cables de la jaula sacudiéndola con inusitada saña. Estas secuencias aparecen en la película y el tiburón, por lo tanto, es real, igual que las secuelas que padeció el especialista. Sobre esto existen varias versiones. Algunos dicen que Carl no le dio demasiada importancia a aquellos incidentes y que, para él, era como montar a caballo. Otras fuentes anónimas cuentan que, cuando se le buscó para realizar nuevas tomas, estaba escondido en el cajón del ancla con unas copas de más y perjurando que jamás volvería a sumergirse en el mar. Una tercera versión contada a Carl Gottlieb, uno de los guionistas del film, por el propio Rizzo afirmaba que problemas meteorológicos y con la población local impidieron la realización de nuevas filmaciones.
Con las tomas reales de los tiburones no era suficiente y se necesitaba algo diferente, algo más moldeable y que obedeciera a las necesidades propias del guión. Joe Alves fue el encargado de crear sobre el papel la criatura que se sometería a la voluntad del director. Pero trasladarlo del papel a la realidad ya era algo mucho más complejo y, en aquella época, el único capaz de construirlo se había retirado y planeaba construirse una casa en las montañas. Este no era otro que Bob Mattey, el único que tenía un local lleno de extrañas criaturas cubiertas de polvo, entre ellas los cocodrilos que habían presentado feroz batalla en las películas de Tarzán a Johnny Weissmuller y el monstruo, de temibles tentáculos, de "20.000 leguas de viajes submarino". Cuando recibió la propuesta, contestó con un lacónico "ya veremos lo que se puede hacer" y a la semana siguiente apareció con una maqueta a pequeña escala de la criatura. Eso tuvo dos consecuencias para Mattey, su vuelta al mundo del cine y el abandono de sus sueños de construirse una casa en las montañas. Cuando se construyó el gran escualo el aspecto era magnífico, aunque su funcionamiento representó un auténtico infierno para el equipo que lo manejaba y un quebradero de cabeza infinito para Spielberg. El tiburón, llamado Bruce, se hundía continuamente y representaba un auténtico problema. Pero de aquello se hizo una virtud, optando por sugerir más que mostrar, lo que contribuyó a incrementar las dosis de suspense e intriga en un film, cuyo paso por el tiempo, le ha transformado en una obra maestra.