jueves, 7 de junio de 2012

INES TOMA LAS RIENDAS DE "LA GUARIDA"

Ruego me disculpen por no haber publicado estos últimos días y por no aparecer por sus respectivos blogs, como suele ser habitual en mí. Una maldita alergia asmática me mantiene en el lecho de dolor con una pertinaz tos que, como un agujero negro insólito, me ha devorado hasta el espíritu. Esperando sobrevivir a la infamia del polen canalla y despiadado, mi hija Inés toma el mando de "La guarida del eremita", aportando un giro de frescura algo distinto de los habituales contenidos de este blog. A la espera de mi recuperación, les dejo un cuento y su correspondiente ilustración de mi joven sustituta. Hasta la vista.


LA CASA DEL ARBOL

                Hace mucho tiempo, unas hadas tan valiosas que vivían muy lejos, y entonces algo paso con la casa del árbol. De repente todas las hadas se reunieron ahí, y la princesa dijo una orden, que todo el mundo tiene que traer polvo de hadas y ayudar a la casa del árbol.
                De repente, se estaba acabando el polvo de hadas, y de repente el que vendía polvos de hadas, estaba muy cansado de hacer polvo, pero todas las hadas le ayudaron. Entonces  las hadas de otoño que estaban retrasando el otoño, porque tenía largo viaje, hacia el mundo de las hadas de todas las estaciones. De repente, paso el  invierno, el otoño y la primavera, y llegó el verano. El árbol de la vida no se encontraba tan bien, pero todas ayudaban consiguiendo el polvo de hadas. La princesa ordenó que tuviéramos una varita para que hacer más polvo de hadas, y no trabajar. Como todas trabajaban en equipo, pues entonces, todo saldría bien.
                Había un hada que se llamaba Lucilena, que no tenía alas por su aspecto. El sol decía asustadamente ¡Oh no que va a pasar!. De repente el conejito se iba a comprar y tenía que volver antes que termine el festival de que la casa del árbol recupere todas las fuerzas. Entonces todas llegaron a tiempo para ver el gran festival. Se celebraba con piscina, y todas podían concursar en la mejor isla del verano, y todos vivieron felices y colorín colorado, por la ventana sale un cohete.

lunes, 28 de mayo de 2012

EL LIBRO OLVIDADO. CAPITULO VII. CIENCIA Y RELIGION

La ciencia ha sido habitualmente considerada como la mayor enemiga de la religión. Es, en el preciso instante, en el que toda la sabiduría humana llega a su límite cuando las creencias religiosas toman el relevo y contestan, o por lo menos toman la forma de aparentes respuestas, a las interrogantes que escapan al entendimiento humano. Bien es cierto que ha existido una pugna entre ciencia y religión, una batalla mutua por imponerse, pero objetivamente no debemos considerar tal lucha como un principio ajeno a nuestra propia voluntad. Cuando el conocimiento humano iniciaba su andadura por el camino de los misterios insondables de lo desconocido, y demostraba que algunas ideas sostenidas por la religión eran falsas, fue entonces cuando se produjo la ruptura entre razón y fe.


En el momento en que se dio carpetazo a la cosmología aristotélica, con las ideas de Copérnico y Galileo, la Iglesia montó en cólera y las declaró claramente heréticas. La razón de tal miedo hundía sus raíces en los albores del pensamiento humano, siendo una reminiscencia más del pensamiento primigenio del hombre que de la propia intolerancia eclesiástica. Al fin y al cabo la religión actúa de conductor de los sentimientos más íntimos de los seres humanos. Cuando el hombre se dotó de una trascendencia notable y se convirtió en la creación más elevada de su particular Dios, también se construyó un entorno a la medida. La Tierra era el centro del Universo, pues no podía ser de otro modo, ya que cobijaba a la criatura más excelsa del poder divino. Cuando Galileo retoma la tesis de Copérnico y afirma que la Tierra gira alrededor del Sol, despoja sin piedad al hombre del centro de la creación. El monje dominico Giordano Bruno fue quemado en la hoguera por declarar que el Universo estaba compuesto por un número infinito de soles y planetas que giran alrededor de ellos, y que incluso podrían existir otros mundos habitados. Esto suponía colmar el vaso de la paciencia, no sólo porque sucedía en el año 1.600, sino por que tal idea era el golpe final a la egolatría humana. Cada vez que el conocimiento despojaba al hombre de su privilegiada posición en su burbuja existencial, se producía la ruptura entre la cruda realidad y las aspiraciones ilusorias del mismo. La religión se utilizaba entonces como un escudo de protección ante tales agresiones, confiriéndole el poder suficiente para mantener a raya tales ideas por considerarlas enemigas de la fe, o lo que es lo mismo de las ilusiones de la humanidad. Habíamos construido, tal y como afirmaba Freud, todo un castillo de naipes a nuestra medida, en donde nos sentíamos los elegidos del Dios-Padre protector que nos garantizaba una continuidad de la vida tras la muerte. Mitigábamos nuestra incertidumbre porque creíamos que nuestras particulares ilusiones no admitían fisuras, pero la curiosidad humana es imparable y el desafió del conocimiento es  tentador. 


Después vendría Darwin y su teoría de la evolución que nos devolvía nuestra naturaleza animal, sepultada tras siglos de narcisismo trascendental. La ciencia nos iba mostrando las maravillas de la creación, sus más sugerentes dispositivos y su variabilidad casi ilimitada. Había pues que cambiar de estrategia. El mundo que nos contempla, toda su riqueza e intrincados mecanismos no son más que la punta del iceberg del conocimiento absoluto, pero es suficiente prueba de que nos hallamos sumidos en una realidad compleja y, a todas luces, espléndidamente inabarcable. El misterio del Universo y de la vida que nos rodea en nuestro propio entorno, tienen en común el hecho incuestionable de la complejidad. Una complejidad que funciona gracias a un engranaje preciso y lógico. Todo ese entramado que hace funcionar la maquinaria universal nos deja perplejos y a la vez maravillados. La ciencia en sí es el sesgado conocimiento que el hombre dispone de tal maquinaria y, aunque limitado, no deja por ello de ser lo suficientemente estimulante para despertar nuestra admiración más profunda.  Es aquí cuando entra en juego la idea de Dios. La religión deja de combatir en los frentes abiertos contra el conocimiento científico, formando parte del entusiasmo de los que abren los nuevos senderos de la sabiduría humana. Detrás de cualquier evento explicado por la ciencia se haya la firma del Todopoderoso. La grandeza del Universo y sus leyes dinámicas que posibilitan un orden imprescindible para su estabilidad, nos producen cierta perplejidad y atribuimos tales equilibrios cósmicos a una voluntad, pues, de lo contrario el caos dominaría al orden. Así Newton decía: “Esta elegantísima coordinación del sol, de las estrellas, de los planetas y de los cometas no puede tener otro origen que el plan y el imperio de un Ente dotado de inteligencia y de poder, que todo lo rige, no como el alma del mundo, sino como el Señor de todas las cosas, eterno, infinito, omnipotente, omnisciente.” 


Es evidente que al contemplar las estrellas en un cielo infinito, el hombre necesite saber la autoría de tan meritoria obra, de la misma forma que cuando observamos una pintura excepcional nos interesamos en saber quien a sido el pintor de tan interesante  creación. Pero, nuestra necesidad intrínseca de buscar siempre en todas las cosas a un elemento creador con voluntad, nos puede jugar una mala pasada. Después de todo, el Creador es solo responsable del inicio, pues sabemos que el Cosmos ha sido el resultado de un lento evolucionismo desde el primigenio Gran Estallido. Pero, esta consideración también tiene su oportuna contestación por parte de la religión, pues Dios está presente en todo el mecanismo, si no directamente si insuflando su aliento milagroso. Tan grandilocuentes tesis no tienen fundamento alguno, ni por supuesto pruebas evidentes de la existencia de un impulsor con voluntad propia que haya sido capaz de semejante hazaña. Vemos a Dios por medio de sus obras, pero sin la mayor evidencia. Es como si al contemplar la escena de un crimen pudiéramos describir a la perfección  las características de su autor sin necesidad de analizar las huellas y demás pruebas disponibles. En el hecho científico no hay absolutamente ningún fundamento de la existencia de una entidad personal de tal magnitud. Para ser un creador tan grandioso resulta excesivamente modesto.


Los eventos cósmicos, las estrellas, las galaxias, los cometas y la existencia de la propia vida es algo que nos desborda y que a duras penas podemos hallar una explicación racional, pero, tal explicación, es lo único que nos puede ofrecer ciertas garantías de verosimilitud. Sin embargo, algo falla en la perfecta coartada religiosa. El poder absoluto de la divinidad es incapaz de crear las cosas tal y como son, es decir, Dios inicia el impulso de la creación y después encarga su posterior desarrollo a unos engranajes evolutivos que nos conducirán a nuevas formas de materia. Esto es profundamente irritante para los que confían ciegamente en la omnipotente iniciativa divina. El problema que planteó la Teoría de la Evolución de Darwin fue el hecho incuestionable de que Dios no había creado a todas las criaturas de la Tierra en un solo impulso creador, sino que, a través de un lenta y progresiva transformación, las especies biológicas habían cambiando desde la noche de los tiempos, de las formas más simples a las más complejas. Linneo que estableció las bases de la clasificación de los seres vivos, introduciendo la nomenclatura binómica, manifestaba, entre admiración y veneración lo siguiente: “El Dios eterno, el Dios inmenso, sapientísimo y omnipotente, ha pasado delante de mí; yo no le he visto el rostro, pero el refulgir de su luz ha llenado de estupor mi alma. He estudiado aquí y allá las huellas de su paso en las criaturas y en todas sus obras, incluso en las más pequeñas. ¡Cuánta sabiduría, cuánta insuperable perfección en ellas!”. Es evidente que la contemplación del mundo produce admiración y, por ello, nos sentimos abrumados y aplicamos tal hecho a la trascendencia divina, pues es tal la complejidad que solo una voluntad podría acometer tal desafío. La respuesta fácil es el bálsamo de nuestras inseguridades. Como decía Teilhard De Chardin “creer es efectuar una síntesis intelectual”. Al fin y al cabo se trata de una cuestión de fe, y es evidente que quien no posee esa fe no puede responder con tales aseveraciones místicas a los grandes eventos del mundo que le rodea.


Es curioso que la creación más personal de Dios, el hombre, no sea sino el resultado de una evolución. Incluso, si tenemos en cuenta que es  un eslabón más  de una transformación, que nos puede convertir en seres de características diferentes dentro de un tiempo aún difícil de establecer, la imagen y semejanza se nos antoja inverosímil por no decir improbable. Hemos cambiado nuestro asombro por la creación en sí misma por el relativo al mecanismo. Transformamos  nuestro criterio según caen los dogmas intocables. Las innumerables odas al Todopoderoso en virtud de su poder, se han encaminado al microcosmos del engranaje que lleva impresa la creación. No admiramos el reloj en su aspecto exterior, sino a los resortes que le hacen funcionar.  La pregunta nos asalta de forma imperiosa: ¿Quién mueve los hilos que dan vida al Universo?. Darwin reflexionaba de la siguiente manera: “No puedo de ningún modo contentarme con mirar este maravilloso universo, y de modo especial la naturaleza del hombre, y concluir que todo es el resultado de una fuerza bruta. Yo tiendo a admitir que cada cosa es el resultado de leyes preordenadas... ¿Existe algún hecho, o siquiera la sombra de un hecho, que apoye la creencia de que elementos inorgánicos, sin cualquier ser orgánico, y especialmente bajo el influjo de las fuerzas conocidas por nosotros, puedan producir una criatura viviente? Hasta el presente un resultado tal es para nosotros incomprensible.” Estas palabras sirven de aliento para aquellos que cambiaron su reticencia ante la Teoría de la Evolución por cierta permisividad dogmática. Es decir, admitir la derrota que representaba el hecho incuestionable de que las especies no habían sido creadas tal y como se conocen hoy, y reconocer que el cambio evolutivo es una certeza fiable. Toda esta prueba de humildad a cambio, naturalmente, de encajar a Dios como fuera. No es el creador directo pero si interviene en los mecanismos. Pero, tal razonamiento, no es sino una huida hacia delante que no representa el más mínimo criterio de fiabilidad. Claro que, podría ser mucho peor, por ejemplo, dar una sola oportunidad al creacionismo y sus acólitos, prueba tangible de la pérdida absoluta de una mínima pauta, no ya racional, sino únicamente sensata.


El propio Darwin reconoce que admitir otros impulsores de la creación que no sean de naturaleza personal (se resiste a emplear la palabra Dios) resulta incomprensible. Por supuesto que es incomprensible, pero precisamente por tal motivo no podemos acomodarnos en la primera solución fácil que nos exima de nuestra propia curiosidad intelectual. Cuando no tenemos acceso a determinados conocimientos, forzamos la idea divina en nuestras más profundas limitaciones hasta el paroxismo más delirante. ¿Tan difícil es admitir nuestra ignorancia?. Ignorancia por otra parte justificable, en cuanto no sería justo ni lógico pretender que el hombre en su naturaleza limitada tenga el control absoluto del conocimiento global.

martes, 22 de mayo de 2012

EL LADO SINIESTRO DE DISNEY


"Esos miserables del colorín y la mermelada". Con estas palabras se refería Arturo Pérez-Reverte a la Compañía Disney en referencia al estreno de "El jorobado de Notre Dame", que le parecía toda una suerte de traición a la historia original perpetrada por Víctor Hugo. Olvidaba quizás el afamado escritor de que se trataba de una adaptación dirigida a todos los públicos, y es lógico permitir algunas licencias para neutralizar el final fatalista de la obra original. También debería de preocuparse el autor de tan populares novelas de las traslaciones a la gran pantalla de sus propios escritos. Pero, a pesar de esa dulcificación de "El jorobado de Notre Dame", la película de los estudios Disney, dirigida por Gary Trousdale y Kirk Wise, no estaba desprovista de ciertos tintes trágicos, por no decir abiertamente siniestros. El principio del film es soberbiamente contundente y esa persecución a caballo del Juez Frollo hostigando a la madre de Quasimodo, causándole la muerte y la tentativa del infanticidio no deja de ser una puesta en escena de lo más oscura. Ese personaje nos obsequia otras dos secuencias indicativas de esa soterrada maldad, la de las cucarachas y su comparación con los gitanos, aplastándolas con síntomas patológicos de un odio sin disimulo, y el número musical en donde expresa toda su lujuria y sentimiento de culpa por su pasión por Esmeralda.


A lo largo y ancho de la filmografía de Disney hay todo un repertorio de muertes cruentas, divididas principalmente en la de algún inocente (la madre de Bambi, la de Guasimodo, el padre de Simba) y en casi toda la totalidad de sus malvados, claros arquetipos del maquiavélico espíritu del rencor, que sufren el castigo final y la forma recurrente de arrojarlos al abismo, con el trasfondo del fuego o de alguna siniestra y aterradora tormenta. Algunas de esas muertes son la conclusión final de una lucha de estilizada violencia, el colorín y la mermelada de la que hablaba Pérez-Reverte al servicio de una puesta en escena de indudable mérito artístico. Basta con recordar esas batallas finales entre el bien y el mal de "La bella y la bestia" o de "El rey león".


No siempre la truculencia de lo siniestro se manifiesta en medio de una lucha cruenta, algo por otra parte muy consecuente, también existe cierto tono inquietante en el transcurso de alguna escena que a simple vista parecería inocua o de cierta falsa calma. Siempre me pareció turbador el momento de la partida de billar entre Pinocho y el "Polilla", por su encuadre en un juego de sombras y por anticipar al terror de la transmutación en asnos. Los protagonistas fuman y beben con displicencia, sin aparente preocupación, pero se percibe que esa atmósfera de humo y alcohol traerá consecuencias dramáticas. El hecho de presentarnos esa isla de los juegos, en donde los niños pendencieros son transformados en burros y vendidos como esclavos, ya es suficientemente insano.

La galería de villanos es lo bastante elocuente para mostrar ese afán por lo mórbido, sus intenciones y acciones los definen, casi siempre en un caudal obsesivo de singular inquina. Recuerdo la impresión que me producía la primera imagen de la madrastra de Cenicienta. En un plano que recorre el dormitorio y se sitúa sobre una cama con apariencia de guarida siniestra, se dibuja un rostro que lo dice todo, soberbio y lleno de malas intenciones, acompañado de la figura felina del gato Lucifer. El aspecto de Maléfica, el hada mala de "La bella durmiente", provista de un tocado en forma de cuernos, es en sí mismo un claro referente diabólico sin intención de disimulo. El doctor Facilier, el villano de "Tiana y el sapo", es un practicante de magia negra y experto vudú. Aunque no siempre los personajes antagónicos de los buenos han sido tan siniestros. Ursula de "La sirenita", independientemente de su lado oscuro, parece más bien el retrato de una cabaretera entrada en kilos y años. Cruella de Vil no es más que una excéntrica y extravagante. Yzma y su ayudante, de "El emperador y sus locuras" son demasiados histriónicos para dar miedo.


En 1933 Walt Disney estrenó un segundo cortometraje con Mickey Mouse como protagonista, "The mad doctor", en el que contaba la historia del secuestro de Pluto por un científico loco y sus intención de cortarle la cabeza y pegarla al cuerpo de una gallina, para ver que clase de animal saldría del huevo. Cuajado de sombras, esqueletos, trampas, murciélagos y no exenta de un claro y poco disimulado sadismo, el corto es toda una joya de la animación, que en su momento no fue autorizado para todos los públicos. Además pertenece a la memorable época del blanco y negro, la única que soporto del ratón Mickey, muy alejada de los insulsos pero "educativos" dibujos de hoy en día. Muchos años después, el espíritu de "The mad doctor", sería incluido en uno de los niveles del vídeo juego "Mickey Manía".

Enlazando con el tema que nos ocupa, recuerdo leer en los años 80 en "El Víbora" una historia de Max, en la que se narra un hipotético encuentro entre Walt Disney y H.P. Lovecraft, en la que el escritor de novelas de terror desafía al genio de la animación a que, si esa noche sueña con él, a cambio dirigirá una película con un guión suyo. Esta historia es bien conocida por el amigo Miquel Zueras, que en alguna ocasión la ha incluido en su magnífico blog. En una entrevista concedida a Zona Negativa el notable ilustrador, Francesc Capdevila, conocido como Max,  decía lo siguiente al respecto:

"Siempre me ha interesado la filosofía oriental. La que describe ese juego perpetuo de contrarios que se necesitan mutuamente para crear la dinámica de la vida: ying y yang. Además, encontré una magnífica treta narrativa en un libro de Gianni Rodari, Gramática de la fantasía, que ofrece toda clase de trucos a los que recurrir para poner en marcha historias cuando uno no se le ocurre nada. Es muy simple y siempre funciona: imagina dos cosas, o personas, o conceptos opuestos, júntalos y mira qué sucede. Así escribí “Musgo y mármol”, “El encuentro entre Disney y Lovecraft” y alguna más."

Quizás sea en "Fantasía" en donde el cine de Disney muestra más abiertamente sus múltiples rostros, que van desde el divertimento del baile de cocodrilos e hipopótamos en el fragmento de "La danza de las horas" de Ponchielli, al segmento más cursi y empalagoso con esos angelotes y dioses, en la puesta en escena de "La sinfonía pastoral" de Beethoven, pasando por el lado más tétrico con los pasajes de "La consagración de la primavera" de Stravinski, una incursión en una prehistoria feroz, y, sin duda, el momento más inquietante de "Una noche en el monte pelado" de Moussorgski.


Luces y sombras del cine de animación de los estudios Disney, en donde prima el propósito generalizado de ofrecer un producto destinado a un público muy determinado, que probablemente le encorseten en un tipo de intenciones claramente infantiles, pero en donde también se esconde entre las sombras un lado indudablemente siniestro, como en los cuentos infantiles. Algunos pensaran que esa intención es  exagerada, y, lo que aquí aparece como algo oscuro, no sea más que la penumbra intangible en el mundo ajeno al género de animación, forjado en la compañía de princesas y finales felices. Puede que sea así, pero no hay que olvidar que, para que exista la moraleja del final triunfante, es indispensable que, en el transcurso de la historia, aparezcan elementos inquietantes que den el suficiente juego a la trama.  Y esa fórmula es tan vieja como efectiva.