"Esos miserables del colorín y la mermelada". Con estas palabras se refería Arturo Pérez-Reverte a la Compañía Disney en referencia al estreno de
"El jorobado de Notre Dame", que le parecía toda una suerte de traición a la historia original perpetrada por Víctor Hugo. Olvidaba quizás el afamado escritor de que se trataba de una adaptación dirigida a todos los públicos, y es lógico permitir algunas licencias para neutralizar el final fatalista de la obra original. También debería de preocuparse el autor de tan populares novelas de las traslaciones a la gran pantalla de sus propios escritos. Pero, a pesar de esa dulcificación de
"El jorobado de Notre Dame", la película de los estudios Disney, dirigida por Gary Trousdale y Kirk Wise, no estaba desprovista de ciertos tintes trágicos, por no decir abiertamente siniestros. El principio del film es soberbiamente contundente y esa persecución a caballo del Juez Frollo hostigando a la madre de Quasimodo, causándole la muerte y la tentativa del infanticidio no deja de ser una puesta en escena de lo más oscura. Ese personaje nos obsequia otras dos secuencias indicativas de esa soterrada maldad, la de las cucarachas y su comparación con los gitanos, aplastándolas con síntomas patológicos de un odio sin disimulo, y el número musical en donde expresa toda su lujuria y sentimiento de culpa por su pasión por Esmeralda.

A lo largo y ancho de la filmografía de Disney hay todo un repertorio de muertes cruentas, divididas principalmente en la de algún inocente (la madre de Bambi, la de Guasimodo, el padre de Simba) y en casi toda la totalidad de sus malvados, claros arquetipos del maquiavélico espíritu del rencor, que sufren el castigo final y la forma recurrente de arrojarlos al abismo, con el trasfondo del fuego o de alguna siniestra y aterradora tormenta. Algunas de esas muertes son la conclusión final de una lucha de estilizada violencia, el colorín y la mermelada de la que hablaba Pérez-Reverte al servicio de una puesta en escena de indudable mérito artístico. Basta con recordar esas batallas finales entre el bien y el mal de
"La bella y la bestia" o de
"El rey león".
No siempre la truculencia de lo siniestro se manifiesta en medio de una lucha cruenta, algo por otra parte muy consecuente, también existe cierto tono inquietante en el transcurso de alguna escena que a simple vista parecería inocua o de cierta falsa calma. Siempre me pareció turbador el momento de la partida de billar entre Pinocho y el "Polilla", por su encuadre en un juego de sombras y por anticipar al terror de la transmutación en asnos. Los protagonistas fuman y beben con displicencia, sin aparente preocupación, pero se percibe que esa atmósfera de humo y alcohol traerá consecuencias dramáticas. El hecho de presentarnos esa isla de los juegos, en donde los niños pendencieros son transformados en burros y vendidos como esclavos, ya es suficientemente insano.

La galería de villanos es lo bastante elocuente para mostrar ese afán por lo mórbido, sus intenciones y acciones los definen, casi siempre en un caudal obsesivo de singular inquina. Recuerdo la impresión que me producía la primera imagen de la madrastra de Cenicienta. En un plano que recorre el dormitorio y se sitúa sobre una cama con apariencia de guarida siniestra, se dibuja un rostro que lo dice todo, soberbio y lleno de malas intenciones, acompañado de la figura felina del gato Lucifer. El aspecto de Maléfica, el hada mala de
"La bella durmiente", provista de un tocado en forma de cuernos, es en sí mismo un claro referente diabólico sin intención de disimulo. El doctor Facilier, el villano de
"Tiana y el sapo", es un practicante de magia negra y experto vudú. Aunque no siempre los personajes antagónicos de los buenos han sido tan siniestros. Ursula de
"La sirenita", independientemente de su lado oscuro, parece más bien el retrato de una cabaretera entrada en kilos y años. Cruella de Vil no es más que una excéntrica y extravagante. Yzma y su ayudante, de
"El emperador y sus locuras" son demasiados histriónicos para dar miedo.
En 1933 Walt Disney estrenó un segundo cortometraje con Mickey Mouse como protagonista,
"The mad doctor", en el que contaba la historia del secuestro de Pluto por un científico loco y sus intención de cortarle la cabeza y pegarla al cuerpo de una gallina, para ver que clase de animal saldría del huevo. Cuajado de sombras, esqueletos, trampas, murciélagos y no exenta de un claro y poco disimulado sadismo, el corto es toda una joya de la animación, que en su momento no fue autorizado para todos los públicos. Además pertenece a la memorable época del blanco y negro, la única que soporto del ratón Mickey, muy alejada de los insulsos pero "educativos" dibujos de hoy en día. Muchos años después, el espíritu de
"The mad doctor", sería incluido en uno de los niveles del vídeo juego
"Mickey Manía".
Enlazando con el tema que nos ocupa, recuerdo leer en los años 80 en
"El Víbora" una historia de Max, en la que se narra un hipotético encuentro entre Walt Disney y H.P. Lovecraft, en la que el escritor de novelas de terror desafía al genio de la animación a que, si esa noche sueña con él, a cambio dirigirá una película con un guión suyo. Esta historia es bien conocida por el amigo Miquel Zueras, que en alguna ocasión la ha incluido en su magnífico
blog. En una entrevista concedida a
Zona Negativa el notable ilustrador, Francesc Capdevila, conocido como Max, decía lo siguiente al respecto:
"Siempre me ha interesado la filosofía oriental. La que describe ese
juego perpetuo de contrarios que se necesitan mutuamente para crear la
dinámica de la vida: ying y yang. Además, encontré una magnífica treta
narrativa en un libro de Gianni Rodari, Gramática de la fantasía,
que ofrece toda clase de trucos a los que recurrir para poner en marcha
historias cuando uno no se le ocurre nada. Es muy simple y siempre
funciona: imagina dos cosas, o personas, o conceptos opuestos, júntalos y
mira qué sucede. Así escribí “Musgo y mármol”, “El encuentro entre
Disney y Lovecraft” y alguna más."
Quizás sea en
"Fantasía" en donde el cine de Disney muestra más abiertamente sus múltiples rostros, que van desde el divertimento del baile de cocodrilos e hipopótamos en el fragmento de "La danza de las horas" de Ponchielli, al segmento más cursi y empalagoso con esos angelotes y dioses, en la puesta en escena de "La sinfonía pastoral" de Beethoven, pasando por el lado más tétrico con los pasajes de "La consagración de la primavera" de Stravinski, una incursión en una prehistoria feroz, y, sin duda, el momento más inquietante de "Una noche en el monte pelado" de Moussorgski.

Luces y sombras del cine de animación de los estudios Disney, en donde prima el propósito generalizado de ofrecer un producto destinado a un público muy determinado, que probablemente le encorseten en un tipo de intenciones claramente infantiles, pero en donde también se esconde entre las sombras un lado indudablemente siniestro, como en los cuentos infantiles. Algunos pensaran que esa intención es exagerada, y, lo que aquí aparece como algo oscuro, no sea más que la penumbra intangible en el mundo ajeno al género de animación, forjado en la compañía de princesas y finales felices. Puede que sea así, pero no hay que olvidar que, para que exista la moraleja del final triunfante, es indispensable que, en el transcurso de la historia, aparezcan elementos inquietantes que den el suficiente juego a la trama. Y esa fórmula es tan vieja como efectiva.