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jueves, 27 de abril de 2017

LAS CHICAS PIN-UP DE DAVID UHL

Al ilustrador David Uhl el destino se le cruzó en su camino en forma de moto, concretamente cuando en 1988 adquirió una Harley Davidson, un hecho que debió marcarle hasta el extremo de convertirse en una señal de identidad de su estilo y fuente inequívoca de inspiración. Eso y las chicas atractivas, una combinación de lo más sugerente que completa a la perfección su forma de expresarse. Esta segunda inspiración vino de la mano del pintor estadounidense Gil Elvgren, referente indiscutible del arte de las pin-up y su glamour inconfundible. 
Después de la creación de su propia empresa de diseño e ilustración, Uhl Studios, un día del año 1998 decide presentar uno de sus trabajos a la  compañía de motos Harley Davidson, que sorprendida por el buen hacer del artista y su perfecta fusión entre sus máquinas de dos ruedas y el icono nostálgico de las pin-up, decide conceder la oportuna autorización para realizar las ilustraciones de sus modelos más emblemáticos. Le cede una colección de fotografías en blanco y negro, en donde se visiona un recorrido por la historia de las motos de la legendaria empresa americana y David Uhl no pierde el tiempo, realizando una trayectoria sentimental con ese aire retro y lleno de encanto, que parece llevarnos de regreso a los años del glamour más clásico. En sus pinturas no sólo se limita a la reproducción de la conocida marca de motocicletas, de vez en cuando nos sorprende con algún avión clásico, quizás por la relación que también existió entre algunas aeronaves de combate y las pin-up que aparecían dibujadas en su fuselaje.
El de arriba tiene poca apariencia de chica sexi. Se trata de Erwin Baker, también conocido como "Cannonball", uno de los primeros pioneros del motociclismo. Cuentan, estimaciones un tanto exageradas, que hizo más de ocho millones de kilómetros entre Estados Unidos, América Central y Cuba. Con su Indian Racer de 1909 realizó unas cuantas hazañas, entre ellas la de cruzar EE.UU de punta a punta en once días. Aunque, al ser una moto de la competencia, no creo que sea un encargo que Harley Davidson le hiciera al bueno de David Uhl, que no sólo pintaba chicas en moto, reconociendo, no obstante, que sus obras más emblemáticas son las que retratan a los iconos representadas por las famosas pin-up.


miércoles, 5 de abril de 2017

EL AQUELARRE

Si uno pasa fugazmente delante de esta pequeña pintura de Francisco de Goya, sin apenas detenerse, podría parecer que se acaba de vislumbrar una obra de corte bucólico, una especie de ritual pagano. Sin embargo, a poco que uno se detenga observará que se trata de una obra absolutamente macabra. Probablemente influenciado por Leandro Fernández de Moratín y el gusto por los temas esotéricos o relacionados con los difuntos, tan propios del romanticismo, Goya no se hizo de rogar ante el desafío de plasmar en un lienzo un hecho acontecido en la localidad de Zugarramurdi en 1610, en un auto de fe, celebrado en noviembre de aquel año, y en el que la Inquisición española de Logroño quiso atajar un foco de brujería que consideraba de un peligro extremo. 
Como muchos hechos luctuosos, relacionados con este tipo de asuntos, lo acontecido en aquel auto de fe comenzó antes, de una forma sibilina, silenciosa, pero que se fue haciendo cada vez mayor hasta convertirse en un sin sentido. Una criada que volvía de una localidad francesa, en donde se había perseguido a supuestas brujas por parte de un comisionado del rey Enrique IV, comentó que había sido una de ellas y que otra vecina de Zugarramurdi también lo era. Presionadas por las autoridades y atenazadas por el miedo, la acusaciones se fueron sucediendo una tras otra, implicando incluso a niños. No obstante, y a pesar del cariz oscuro que se cernía sobre los acontecimientos, una confesión pública en la parroquia y una señal colectiva de arrepentimiento pareció sofocar temporalmente los ánimos. Temporalmente, por supuesto, porque, una vez que la Inquisición se enteró de aquellos extraños sucesos, se puso manos a la obra. Las acusaciones de brujería fueron cayendo en forma de cascada y, bajo torturas, se consiguieron las oportunas confesiones y lógicamente también las delaciones. El 8 de noviembre se dictó sentencia. De todos los acusados, dieciocho fueron perdonados por haber confesado, seis fueron quemados vivos y otros cinco que ya habían muerto en el proceso acabaron en la hoguera, no de forma física y si de forma representativa.
Volviendo al cuadro que nos ocupa, Goya lo realizó por encargo de los Duques de Osuna para decorar un palacio de recreo de su propiedad. Pertenece a la estética conocida como "lo sublime terrible" que entronca directamente con los gustos del prerromanticismo europeo. La figura central que domina el cuadro es la representación del demonio, que, como no podría ser de otra manera, es simbolizado por un macho cabrío. Bajo la luz de media luna, extiende sus patas delanteras esperando recibir como ofrenda los niños que les entregan dos brujas, dos de las mujeres acusadas en el auto de fe, que confesaron haber matado a sus hijos como sacrificio demoniaco. Uno de ellos aún parece con vida, mientras el segundo denota que el último aliento le abandonó hace tiempo, siendo toda una suerte de representación de la muerte que queda expresada de forma patente e inequívoca.
Aún más siniestro resulta lo que el cuadro nos muestra a la izquierda. Sobre un palo cuelgan varios niños ahorcados, tristes figuras de tonos grises que parecen balancearse de forma absolutamente macabra. En la parte inferior izquierda, figura el cuerpo de un pequeño al que parece que le han absorbido la energía vital. De hecho es claramente intencionado, porque corresponde a un fragmento de la supuesta confesión de una de las acusadas y así consta en el auto de fe: "Y a los niños que son pequeños los chupan por el sieso y por su natura; apretando recio con las manos, y chupando fuertemente les sacan y chupan la sangre".
Desde luego es una pintura ideal para una casa de recreo, para decorar alegremente los gustos de una época con su propia idiosincrasia y es que, el amor romántico de por entonces, tenía mucho que ver con la muerte, quizás porque eran ambos sentimientos de una potencia desbocada e incontrolable. También es cierto que Goya era muy aficionado a lo macabro, tal y como lo demuestran los 80 grabados llamados "Caprichos", las Pinturas negras realizadas entre 1819 y 1823, antológica y casi un icono del horror "Saturno devorando a su hijo", o los conocidos como "Desastres de la guerra", donde se muestra con crudeza las barbaries cometidas en la Guerra de la Independencia Española.

jueves, 11 de febrero de 2016

EL ALQUIMISTA

El cuadro "El alquimista" fue realizado en 1771 por el pintor inglés Joseph Wright y, aunque es conocido con ese nombre, lo cierto es que el título completo es algo más extenso y alambicado: "El alquimista en busca de la piedra filosofal, descubre el fósforo y ruega por el éxito y la conclusión de su obra como era costumbre de los antiguos astrólogos alquimistas". No cabe duda de que en los museos tendrían alguna pega a la hora de confeccionar tan extenso etiquetado. He de confesar mi predilección por el pintor británico, y puede que alguno se acuerde de que por aquí pasó también otra obra suya llamada "Experimento con un pájaro en bomba de aire". Me fascina en particular la atmósfera que domina sus cuadros, la luz que simboliza algo más que el simple resplandor y, en el caso que nos ocupa, lo que pretende es irradiar el conocimiento de algo que va más allá de lo puramente empírico. Aunque Wright es un autor que siempre nos quiere mostrar el dominio de la ciencia, contagiado por el ambiente de la revolución industrial, en la obra que nos ocupa también podríamos detectar cierto simbolismo esotérico, menos relacionado con el mundo material y más con el ritual.
Tan singular es esta pintura en el estilo de Wright, que parecería más entroncada con una tonalidad religiosa que científica, algo aparentemente impropio en las tendencias del artista. De hecho, su figura central, el alquimista, está más cerca de un personaje relacionado con la fe espiritual que con otra cosa. Es suficiente para ello el poder relacionarlo con pinturas del Greco, como "San Jerónimo penitente", y darnos cuenta de la composición de esta figura central, postrada de rodillas ante el descubrimiento, bañado por la luz del matraz que emana no sólo un hecho, sino más bien el conocimiento como herramienta iniciática. No obstante, hay múltiples contradicciones que se expresan a través de los detalles. El acontecimiento parece suceder en un entorno que imita al de una iglesia con esos arcos góticos, pero sin embargo los objetos parecen más propios de la ciencia. El matraz, la esfera del mundo, los legajos, el reloj y otros instrumentos de un laboratorio primigenio parecen indicar un acercamiento más a la razón. En realidad lo que se pretende es establecer esa delicada frontera entre ciencia y religión, formalizando un paso inevitable de la superchería al conocimiento empírico. Es curioso que para representar ese proceso el autor sitúe a sus protagonistas en un entorno más antiguo, medieval si se quiere, como queriéndole dotar de un espíritu más romántico y hermético. Tras el ventanal se puede observar una luna llena, un recurso utilizado en otras ocasiones por Joseph Wright, pero que aquí podría tener relación con el significado alquímico del oro blanco y la plata, que junto a otros símbolos hubiera podido representar el inminente descubrimiento de la piedra filosofal. 
Como fondo de la escena principal aparecen dos curiosos personajes, dos aprendices de diferente rango. El que se sitúa de pie es el más veterano y señala al maestro para que el alumno de menor edad no pierda detalle del acontecimiento asombroso al que asiste. Ambas miradas tiene una intención diferenciada, mientras el más joven denota cierta bisoñez, algo de timidez o respeto hacia algo que le supera, el de más rango parece ser algo más cómplice de lo que allí sucede, es una especie de intermediario entre el maestro y el principiante.
Si fascinante es la historia que nos muestra esta pintura, no lo es menos el personaje en la que está basado, que no es otro que uno de los últimos alquimistas de la historia, por lo menos en el sentido tradicional del mismo,  que no es otro que Hennig Brandt, nacido en 1630 en Hamburgo. Parece ser que en su juventud fue aprendiz de vidriero y, tras su paso por el ejército, se hizo oficialmente comerciante, y digamos que, fuera de su ámbito más conocido, alquimista. Obsesionado por descubrir la piedra filosofal, se gastó todos su ahorros en el empeño, lo que le obligó a contraer nupcias con una mujer rica que financiase sus desmedidos sueños. No tardó en quedar viudo y en liquidar toda su fortuna, tras lo cual no tuvo más remedio que buscar a otra rica mujer para contraer nuevamente matrimonio y así continuar con su incesante búsqueda.
Hacia el año 1669 sus investigaciones se centraron en la orina, de la cual se creía en antiguos manuales alquimistas que se podía obtener plata, aunque el objetivo de Brandt era conseguir oro. Empleaba miles de litros de la misma, que se decía obtenía de los campamentos militares, por lo cual se supone que ofrecería su pasado en el ejército como tarjeta de presentación para obtener el dorado líquido. Podemos imaginarnos, no obstante, la perplejidad que su ardua tarea podía provocar en los donantes improvisados de orina. En un complejo proceso alquímico obtuvo un residuo sólido que obviamente no era oro, lo que representó una enorme decepción para Henning Brandt. Sin embargo, al apagar la luz de su laboratorio se quedó asombrado al comprobar que aquella extraña sustancia desprendía un singular destello luminiscente, por lo cual la bautizó como fósforo, del griego "relacionado con la luz". Se decía que era incluso capaz de leer al amparo de aquel débil resplandor. Además, en contacto con el aire, ardía al más mínimo  movimiento. Como el proceso de fabricación era extremadamente complejo y nada rentable, decidió mantenerlo en secreto hasta que le vendió la fórmula al médico alemán Johannes Daniel Krafft. Años después Ambrosio Godfrey Hanckwitz consiguió emplear otro método más barato, lo que provocó su comercialización. Algunos piensan que Brandt fue un loco que dilapidó su fortuna intentando ser rico, lo que conlleva una triste ironía, aunque pienso que en realidad fue alguien empeñado en conseguir lo imposible, el sueño de ir más allá en su búsqueda de la quimera, del poder transmutador mítico de la piedra filosofal.


viernes, 16 de octubre de 2015

GALERÍA DE ILUSTRADORES II

CRIS ORTEGA: Artista de Valladolid que ha desarrollado su labor como ilustradora de juegos de rol, libros y diversas portadas para revistas relacionadas con lo fantástico y sobrenatural. Su trabajo no esta exento de polémica, pues se le acusa de plagiar otras obras de estilo análogo. Personalmente considero que hay más de inspiración de pequeños detalles que de una copia general. Se la achaca que su línea artística tiene mucho en común con otra autora, como es Victoria Francés, aunque bien es cierto que, en honor a la verdad, no son pocos los que tienen un estilo muy similar y que recuerdan inequívocamente a Luis Royo, si bien, a estas alturas de la película, me da la impresión que aquí hay homenajes recíprocos que van en todas direcciones. La belleza de los rostros femeninos de Ortega es más que elocuente, corriendo el riesgo, en no pocas ocasiones, de bordear lo cursi y amanerado en esa delgada línea que le separa de los ilustradores remilgados de caballos entre nubes y parejas al ocaso. No obstante, sus mujeres son hermosas criaturas ubicadas en escenarios más que interesantes.

ALEJANDRO BURDÍSIO: No cabe la menor duda de que este artista argentino tiene el don de la originalidad, algo de gran valía en estos tiempos en los que es harto complicado ofrecer algo nuevo en cualquier faceta intelectual. Posee además el mérito de ser multidisciplinar y ser capaz de ofrecer ilustraciones humorísticas, caricaturas y una maestría como creador de espacios relacionados con la fantasía y ciencia ficción. Particularmente interesante resulta su colección titulada "Universo chatarra", al que corresponden las imágenes aquí seleccionadas, ese mundo entre nostálgico y surrealista, entre lo cotidiano de épocas pasada y el avance del futuro espacial. Algo que no debería pasar desapercibido, por ejemplo, para el cine de ciencia ficción, que encontraría sin duda un filón de posibles escenarios. No en vano, Alejandro Burdísio ha trabajado como artista conceptual para empresas relacionados con la animación, los vídeo juegos y el cine. 

ARTEMIO GUEVARA: Historietista e ilustrador mexicano con un peculiar estilo, entre lo jocoso y bizarro, dominador del lápiz y creador de singulares personajes que destilan una soterrada y ácida ironía. Guevara, además, tiene un espíritu didáctico, tal y como se puede ver en algún vídeo colgado en YouTube en donde nos muestra su particular técnica.

BENJAMIN LACOMBE: Hay un punto de extrema melancolía indudable en la obra de este artista francés, que se reconoce influenciado por una pléyade de nombres que, sin duda, le han dado forma a su peculiar estilo, desde Tod Browning a Ray Harryhausen, pasando por Fritz Lang o Tim Burton entre otros. Aunque, ha realizado adaptaciones de relatos para adultos,  "Cuentos macabros" de Poe o "Notre-Dame de París" de Victor Hugo, es en el cuento infantil en donde Lacombe se mueve como pez en el agua, siendo nominado uno de sus libros ilustrados como uno de los mejores del año 2007 por la revista Time. Un autor que se atreve también con la ópera, realizando un espléndido trabajo en un libro ilustrado sobre "Madama Butterfly" de Giacomo Puccini, donde muestra su sensibilidad y ese toque nostálgico tan particular.

CHRISTOPHER LOVELL: Quizás habría que definir el estilo de tan prodigioso ilustrador galés, como barroco-gótico, un interesante vínculo entre la profusión detallista y un tenebrismo nada disimulado. Sus figuras terroríficas se hayan perfectamente definidas, adornadas por una riqueza artística de incuestionable mérito. Lovell se define como autodidacta y reconoce que es un hijo de la generación de los 80, dejándose influenciar por todo el movimiento cultural que aquella década singular fue capaz de filtrarnos. Su trabajo encaminado a la mercadotecnia, e incluso al mundo de la moda, se alterna con su labor de músico.

DEAN MORRISSEY:  Existe algo peculiar en la forma que adquieren las obras del genial artista de Boston, algo que nos acerca a una infancia perdida entre la bruma del tiempo. En sus artilugios alambicados podremos encontrar ciertos referentes de nuestra infancia, aquellos juguetes de latón que nos fascinaban y que muchos han sucumbido por el paso de los años. El estilo de Morrissey es complejo, detallista sin par que me recuerda, en la elaboración de sus fondos y escenarios. a ese otro gran genio de la animación como es Hayao Miyazaki. No obstante, su influencia está más cercana a Disney. Ilustrador de estampas navideñas, de vehículos y maquinarias ricas en detalles, casi siempre aparece en escena un anciano, el arquitecto de objetos, el artesano de artilugios imposibles, envuelto en una atmósfera de color,  luz confortable y calidez entrañable. Autor de reconocido prestigio y premiado en sus innumerables ilustraciones para libros, sobre todo para uno en particular, "El barco de los sueños".


SHORATO UETSUJI: Una extraña luz parece iluminar las ilustraciones de este singular dibujante japonés, una luz que descubre mundos nocturnos, en los que extrañas criaturas son iluminadas como fantasmas, como monstruos de cuento o como pesadillas tecnológicas. Tiene un gusto retro, al arte pop de los 60 y 70, aunque parecen mezclarse una amalgama de influencias diversas, como Edward Gorey o Mortensen, pero aportando una gama de color ignorada por ambos artistas. Incluso me atrevería en ver un remoto parecido con el autor español José Ramón Sánchez, aunque quizás me traicione la memoria.

OSCAR CHICHONI: Cuando la memoria me retrotrae a mis viejos cómics de "1984", que cambió a "Zona 84" una vez que se alcanzó el celebérrimo año orwelliano, recuerdo siempre la admiración que me producía contemplar las portadas realizadas por los grandes maestros ilustradores, como Richard Corben o el mismísimo Oscar Chichoni, con esa fusión perfecta entre materia viva y metal, una aleación que nos mostraba el óxido y la sublime belleza de cuerpos femeninos de proporciones épicas. Cuenta el autor que su fascinación por los viejos metales herrumbrosos le venía de su infancia, cuando vivía cerca de un desguace de trenes. Artista célebre en su Argentina natal, desarrolla su trabajo en la "Colección Minotauro" y en la revista "Fierro", donde alcanza una maestría incuestionable, emprendiendo un viaje hacia Europa a mediados de los años 80, colaborando con diversas editoriales. Chichoni comenzará una interesante colaboración que le llevará a integrar equipos de dirección artística de películas tan dispares como "Restoration" de  Michael Hoffman, con la que conseguirá un Óscar de la Academia, hasta producciones recientes como "Pacific Rim" de Guillermo del Toro.

 

miércoles, 8 de abril de 2015

EL JUICIO FINAL DE HANS MEMLING

Alrededor de 1471 un rico comerciante  de la ciudad de Brujas, Angelo di Jacobo Tani, encargó al pintor flamenco Hans Memling un óleo muy particular, nada más y nada menos que la representación del apocalipsis, del juicio final del que hablaban los evangelios. Tan piadosa petición no estaba exenta de ciertas malas intenciones, pues sirvió no sólo como una muestra artística, sino además como vehículo de venganza y favores del peculiar comerciante. Esta singular obra pertenece al gótico flamenco, una corriente artística surgida de forma paralela al Renacimiento italiano, que utiliza la pintura al óleo como una forma vanguardista de expresión.

En la parte superior domina la escena Cristo, sentado sobre un arco iris y cuyos pies reposan sobre una dorada bola del mundo, símbolo inequívoco de su poder celestial sobre lo terrenal. Es, no obstante, curioso que se nos muestre el arco iris en una obra que representa cierto caos, el fin del mundo como un acto de redención y culpa, cuando simbolizó en el Antiguo Testamento la promesa de Dios, tras el Diluvio universal, de que no volvería a destruir la Tierra. Cristo aparece adornado con un ramo de lirios que simboliza la misericordia y la espada en llamas de la justicia implacable, un difícil equilibrio para un momento crucial. Alrededor podemos ver a los doce apóstoles, la Virgen María y Juan el Bautista. Para dar fe de que se trata del auténtico Mesías, unos ángeles portan toda una suerte de objetos ligados a la pasión y crucifixión, la cruz, la corona de espinas, la columna donde fue azotado, incluso el martillo y los clavos.

Mas abajo podemos contemplar al arcángel san Miguel en su labor de pesar las almas de los resucitados de sus tumbas y discernir quien va al paraíso y quien al infierno. El personaje de la izquierda ha sido declarado puro y accederá a una vida inmortal plena, mientas el de la derecha maldice su suerte al haber sido condenado a las llamas del averno. Y aquí es donde encontramos las intenciones del mecenas que encargó el cuadro, Jacobo Tani, pues ese hombre declarado culpable, y que se lamenta de su destino, tiene la apariencia y rostro de Tomasso Portinari, su enemigo más directo que le disputaba el puesto de director del Banco Medici en la ciudad de Brujas. De la misma manera podemos ver que, algunos de los que son conducidos al cielo, tienen el rostro de los amigos del comerciante. La figura central se utiliza como eje que divide el paisaje. El de la izquierda se nos presenta dominado por tonos verdes que representan la vida, mientras su opuesto se nos ofrece baldío y estéril. Como podemos observar sin demasiado dificultad, las figuras religiosas son de mayor tamaño que los mortales que son juzgados, circunstancia capital para diferenciar lo divino de lo mundano.
Hay que realizar un inciso sobre la labor que realiza el arcángel san Miguel, que no es ni mucho menos original, sino que se basa en creencias más remotas. En el antiguo Egipto era Anubis quien se encargaba de pesar el corazón de los difuntos en el inframundo y decidía, según la balanza, si el finado alcanzaba la vida eterna o, por el contrario, su corazón era devorado por Ammit, una deidad con cabeza de cocodrilo, cuerpo de león e hipopótamo. Pero, volviendo a la imagen superior del óleo de Memling y aparcando el fascinante mundo egipcio y sus rituales, hay otras escenas que llaman particularmente la atención. Las figuras demoníacas parecen querer llevarse por delante a todo ser humano despertado de su sueño eterno por las trompetas de los ángeles, justos y pecadores, hasta tal punto que podemos observar una disputa entre un ángel y un demonio (a la izquierda de san Miguel) por la posesión de un pobre hombre que es zarandeado hacia un lado y otro, suplicando, supongo, que la criatura oscura no gane la contienda.
En la parte de la izquierda del tríptico podemos contemplar como los justos tiene su recompensa. Son recibidos por San Pedro e inician un ascenso místico a través de una escalera de cristal suspendida en el aire. Escalera que ya era referida por Jacob en el Génesis y que representa de forma lógica el ascenso a los cielos, de ahí su apariencia etérea, cristalina y liviana, símbolo de pureza y transparencia. Los elegidos para la vida eterna son vestidos por un grupo de ángeles, una forma de reponer la dignidad, mientras otros, situados en la parte superior, tocan música, aportando mayor énfasis al momento de la entrada a las puertas del cielo, un estilo arquitectónico según los cánones de la época. Contrasta con la imagen de la derecha, un caos absoluto, dominado por demonios que arrastran a las llamas del infierno a los condenados, cuyos rostros y resistencia rebelan su postura ante lo inevitable.
Una vez terminado el cuadro, fue mandado por barco rumbo a Italia, pero nunca llegó a su destino. Cerca de las costas inglesas sufrió el acoso de un buque de guerra polaco que pertenecía a la Liga Hanseática. Esta organización era una especie de federación comercial, formada por algunas ciudades del norte de Alemania, Países Bajos, Suecia, Polonia y Rusia. En un principio su objetivo era la protección de las rutas comerciales, pero parece que no despreciaban algunos métodos más propios de los filibusteros que otra cosa. Algunas fuentes hablan de un robo posterior por parte de las tropas napoleónicas, que depositaron el cuadro en el Louvre, de otro ejecutado por el ejército alemán en su ocupación de París, incluso un supuesto periplo hacia el Hermitage de San Petersburgo. Pero lo que parece más que probado fue el asalto por parte de la Liga Hanseática, que depositó el tríptico en la ciudad polaca de Gdansk, donde permanece hasta nuestros días, eso  a pesar de las reclamaciones por parte de los Médicis de Florencia que jamás llegaron a buen puerto. 




jueves, 19 de marzo de 2015

CARTELES, PUBLICIDAD ANTIGUA Y OTROS DESATINOS

La publicidad no puede permanecer ausente del tiempo que le ha tocado vivir. Cada propuesta, destinada a vender un producto, parece esclava de las normas sociales de su época. Pero los tiempos no siempre fueron acordes con una moral equilibrada, y se dejaron impregnar por los prejuicios que por entonces pasaban por una normalidad establecida. Un claro ejemplo son los dos carteles que figuran arriba. En el de la derecha una niña rubia y bien ataviada le pregunta a otra de color, vestida con harapos y descalza, por qué su mama no la lava con jabón Fairy. En el de la izquierda, de 1890, aún le da una vuelta de tuerca más a un racismo poco disimulado y anuncia el Chlorinol, un producto blanqueante que ha dejado a uno de los tres niños negros más blanco, sin contar que sus compuestos químicos además son altamente tóxicos. 

Parece algo muy atrevido que la cocaína se anuncie con aparente normalidad, lejos de la idea que se tiene hoy en día. Lo políticamente correcto parece cambiar según la conveniencia de los tiempos, en algunos casos, de la ingenuidad comercial de otras intenciones ajenas a la adicción de sustancias consideradas malignas o, simplemente, perjudiciales para la salud. En el cartel de la parte superior se anuncia gotas de cocaina para mitigar el dolor de muelas. Sus protagonistas no podrían parecer menos apropiados. Dos niños que juegan despreocupados, y que encuentran consuelo con un producto como la cocaína, muy apropiado para el dolor dental de la infancia. 
En los años de la posguerra se anunciaban perfumes elaborados con la flor de la cocaína, o por lo menos así  rezaba en su publicidad. Ignoro si aquella fórmula era real, aunque los efectos que prometía parecen indicar algún poder de seducción desconocido, a pesar de alguna que otra indicación de que era un compuesto exento de cualquier tipo de droga.
No siempre se recurría a algo tan rebuscado, en otras ocasiones era un producto más cercano, más propio,  al que se le atribuían unas virtudes curativas entroncados más con el concepto popular que con ninguna certeza médica. Hoy en día nos sorprendería que se anunciara un anti-gripal como el coñac y menos aún que fuera un guardia de tráfico el que nos lo recomendara de forma imperiosa. Me lo imagino en un control de alcoholemia y dejando impunes a los borrachos conductores, siempre que tuvieran gripe, claro está. 
Enlazando también con los dos carteles anteriores encontraríamos otro perfume con un nombre peculiar lanzado en 1922. Orgía no parece una palabra excesiva para nuestra más cercana actualidad, pero para los años 20 quizás podría serlo. Según el diccionario significa  "Festín en que se come y bebe inmoderadamente y se cometen otros excesos. Satisfacción viciosa de apetitos o pasiones desenfrenadas". Bueno, puede ser que no escandalizara tanto, al fin y al cabo eran los conocidos como locos años 20. Después vendría la gran depresión y refrenaría tanto júbilo. 
El machismo es algo que parece que se resiste a desaparecer, aunque hubo un tiempo en que campaba a sus anchas con una naturalidad como mínimo bochornosa. En la imagen superior tenemos dos ejemplos que, de no ser tan repugnantes, habría que tomárselos a risa. En uno de ellos se nos ofrece por un módico precio, 37 pesetas, la posibilidad de dominar a las mujeres, teniendo la tremenda generosidad y humanidad de no tener que usar el látigo. Como si en algunas otras publicaciones regalaran uno con la compra de cada ejemplar. El otro es un anuncio algo ambiguo o malintencionadamente confuso. Un tipo ataviado de boxeador parece emplear a su complacida esposa como un saco de entrenamiento, con la leyenda de "no importa lo que ha pasado. Él es un hombre y Vd. lo ama". No se si al pobre muchacho le han sacudido de lo lindo en el ring, o ha tenido alguna trifulca salida de tono con su parienta.

Naturalmente al hombre se le trata de potenciar. Debe alcanzar sin medida la capacidad de dominar a las mujeres. No sólo es suficiente con una lectura tan prometedora, además tiene que conseguir una fachada física envidiable. Y esa promesa formaba cuerpo en el curioso anuncio del "Vigorizador eléctrico" del Doctor McLaughlin o, lo que es lo mismo, corrientes continuas de electricidad de baja tensión que igual eran útiles para la impotencia que para el estreñimiento, aunque eso si, acompañadas de loor, honor y juegos florales. Para acompañar y estar a la altura del hombre eléctrico, se recomendaba a las mujeres que se tomaran las Pilules orientales para tener pechos exuberantes y tersos. Tan peculiar definición del artículo en cuestión no era más que unas píldoras fabricadas en París, un producto milagroso que prometía toda clase de bondades para obtener unos atributos femeninos generosos.
Un mundo peculiar, sin duda, el de los anuncios publicitarios de aquellos años, que no reparaban en nada para obtener la venta deseada, incluso poner en manos de una niña un revólver para incrementar sus ventas. El cartel de la izquierda utiliza una infantil imagen con la consideración de que con semejante arma "la descarga accidental es imposible", e intenta tranquilizarnos con el slogan que la niña lleva escrito en su pijama "Papá dice que no nos hará daño", aunque ya no se si se refiere a que no le hará ningún daño el revólver en sí, o que su progenitor no tendrá un ataque de locura y se quitará de en medio a su familia. El anuncio corresponde a una campaña navideña, que parecía incitar a compaginar como regalos una muñeca parlante y un Magnum 44, el arma favorita de Harry el sucio.
Aquí, en España, éramos más civilizados y nunca hemos sido tan apasionados de las armas de fuego. No obstante, no teníamos el menor inconveniente en anunciar juguetes y cuchillería en un mismo cartel anunciador. Si le preguntabas al dependiente dónde estaban los trenes eléctricos, éste te contestaba amablemente: "¡Allí, al lado de los cuchillos jamoneros y debajo de la estantería de las hachas de cocina... y tenga cuidado de no pincharse con algún tenedor trinchante, los que hay junto a las muñecas peponas!". Bromas aparte, es más que evidente que son dos negocios independientes y quizás hubiera convenido separar su respectiva publicidad.
Tiempos distintos, quizás en los que deberíamos de contextualizar semejante técnicas publicitarias en su entorno social. Es evidente que hoy en día todos ellos serían motivo de escándalo, pero incluso con todo lo aprendido y con nuestra pretendida condición de tolerancia universal, no es extraño que, de vez en cuando, se nos cuele algún anuncio inapropiado o polémico. Eso si, con alta definición y con procedimientos de impresión de última hora. Para terminar este pequeño desfile por el pasado, cuatro píldoras publicitarias más. Una jabón* siniestro que parece provocar terribles accidentes a los niños pequeños, una gomina que te hace un hombre de éxito como Mario Conde pero sin cárcel y una comparativa de relojes, mujeres y cristales que no merece más comentario.

*Posdata: Para dar fe de mi conocimiento del inglés, decir que por un momento había confundido la palabra "soap" con "sopa", y me había imaginado a ese pequeño niño huyendo de un tazón de sopa especialmente cocinado para caníbales. Un error estúpido que aún hacía que el cartel fuera más siniestro.


jueves, 5 de marzo de 2015

GALERIA DE ILUSTRADORES

ANTON SEMENOV: El inquietante universo pictórico de esta autor ruso se entronca directamente en un mundo onírico repleto de extrañas figuras, que se mueven entre lo insano de un carácter malévolo y el sufrimiento de criaturas a la deriva en un purgatorio imaginado. Sus ilustraciones menos satíricas y más inquietantes  me recuerdan al diseño de personajes utilizado en la película "Silent Hill".

DAN LUVISI: Este artista, ubicado en los Ángeles, es un creador multifuncional, desarrollando su talento en el mundo del cine, de los videojuegos y, como no podría ser de otra manera, en un ámbito que conoce a la perfección como es el cómic. Reconociendo su inmenso talento en el desarrollo de personajes, digamos "serios", me interesa más su deformación de algunos referentes infantiles de los dibujos animados o de los conocidos "muppets". En un trabajo definido como “Popped Culture”, ha tomado algunos de esos personajes y los ha retorcido, transformándolos en matones y psicópatas. Él lo define como el efecto corruptor del Hollywood más enviciado. A mi, en particular, me parecen salidos del subconsciente de Tarantino.

JOHN KENN MORTENSEN: Director, animador y guionista de programas televisivos infantiles, no cabe la menor duda de que, en su obra más inquietante, hay una influencia más que evidente de ese sector al que se dedica. Sus criaturas acechan entre las sombras, claro referente de los miedos nocturnos infantiles. El autor danés utiliza una técnica simple, primitiva, lápiz y papel, dotando a sus dibujos de ese carácter propio de lo genuino, de la idea de que no siempre lo más complejo puede resultar lo más efectivo. Los monstruos de sus ilustraciones acechan a sus inocentes víctimas, que parecen ajenas al peligro, ocupadas en tareas cotidianas que no presagian lo que se oculta tras ellos.

MICHAL DZIEKAN: Ilustrador polaco cuyo estilo delata su paso por la compañía Disney, pero barnizado con un matiz mordaz y ciertamente pesimista. En su mundo no hay demasiado espacio para los sueños imposibles. Así podemos ver al personaje de "Up" detenido por la policía, antes de llevar su original plan de escape a buen fin, mientras lo observan con una mirada severa dos tipos con traje y corbata que señalan un buzón repleto de cartas de embargo. Papá Noel ha sido destituido de su puesto por sus elfos, que lo han sustituido por eficientes robots y Hansel y Gretel son atiborrados con comida basura por cocineros diabólicos de una conocida multinacional.

ZDZILAW BEKSINSKI: “Deseo pintar de la misma forma como si estuviese fotografiando los sueños”. Palabras acertadas del pintor polaco para describir su obra, en la que quizás la idea es acercarse más al mundo de las pesadillas que de los sueños. Fotógrafo de tendencias lúgubres, escultor y pintor entroncado con el Realismo Fantástico, algunos de sus trabajos podrían parecer inspirados de las obras de Brueghel o el mismísimo Bosco. Aunque él definía su obra como no carente de sentido del humor, lo cierto es que se identificaría en cierto modo con su trágica vida. Después del fallecimiento de su esposa, su hijo se suicidó y el propio Beksinski moriría asesinado de forma extremadamente violenta.

SEBASTIEN SONET:  Hay una visión enfermiza en la obra de este artista francés plasmada en sus personajes sumergidos en la locura, con miradas inquietantes sin paliativos. Su forma bizarra de entender el trastorno de una mentes abocadas a la locura, se refuerzan con sus identidades ocultas detrás de una mascara, de un maquillaje o simplemente bajo la apariencia de un monstruo. Influenciado por el séptimo arte y la ciencia ficción, ha sido autor de un corto titulado "Autopsie d´un porc".

DRAN: Poco se sabe de este artista callejero al que algunos definen como el Banksy francés. Lo que es evidente, sin duda, es el  carácter crítico de su obra plena de significado. Un estilo que refleja un desengaño apenas disimulado del mundo y ciertamente irónico, como ese mono que parece estudiar y tomar notas del niño que se come un plátano al otro lado de la jaula, o un Pinocho dado a la bebida y que calla su conciencia pisoteándola literalmente. Especialmente recomendables son sus dibujos en cajas de cartón aprovechando el producto que contenían. Absolutamente geniales. 
 
GLENN JONES: Porque no todo tiene que ser complicado, oscuro o trascendente, les traigo también una muestra de este diseñador gráfico e ilustrador neozelandés, que plasma sus ingeniosos y simples dibujos en camisetas plenas de sentido del humor. 




martes, 3 de febrero de 2015

LA PIEDRA DE LA LOCURA


Ya saben que no puedo ocultar mis preferencias por aquellas pinturas que cuentan una historia, que entre sus pinceladas se transmiten ideas y símbolos que nos llevan a alguna parte. En este caso se trata de "El cirujano", del pintor flamenco Jan Sanders van Hemessen, un especialista en ironizar sobre las debilidades humanas. El óleo describe una operación quirúrgica consistente en extraer de la cabeza una formación calcárea maligna, la conocida como "la piedra de la locura". Se creía por entonces que, las enfermedades mentales, se debían al mal ejercido por estos tumores pétreos parecidos a los cálculos renales que oprimían el cerebro. Charlatanes y falsos cirujanos iban por las ciudades ofreciendo sus servicios, consistentes en absurdas operaciones de trepanación en donde se extraían supuestamente las maléficas piedras. En el cuadro de Hemessen podemos ver una de estas carnicerías en manos de un médico chapucero cuya cara, cercana a la caricatura, nos muestra el engaño por medio de esa mueca y sonrisa mal disimulada. Es ayudado por dos mujeres. Mientras una de ellas prepara extraños ungüentos, la otra sostiene la cabeza del paciente con un rostro de severidad. A la derecha, el siguiente en la lista para la extracción, realiza un extraño ejercicio, una singular mezcla entre lo físico y lo ritual, un precalentamiento o un ruego a la providencia. Como curiosidad podemos contemplar también una colección de piedras colgando de una cuerda, trofeos del cirujano extraídos a otros pobres infelices. 

El Bosco
La siguiente obra pertenece a El Bosco y se titula "Extracción de la piedra de la locura" y el texto que aparece en la misma es claramente explicito, no dejando lugar a dudas: “Maestro, extráigame la piedra, mi nombre es Lubber Das”. El nombre no ha sido elegido al azar y muestra las claras intenciones del artista sobre lo que sucede en el cuadro. Lubber Das es un personaje de la literatura holandesa que encarna la necedad. Todo en esta pintura indica un propósito nada disimulado. El médico lleva un extraño sombrero en forma de embudo, algo asociado a los pecados capitales y desde luego a la locura, en este caso camuflada en forma de engaño. La mujer lleva un libro en la cabeza, pudiendo significar, en caso de que fueran las sagradas escrituras, su confianza en la fe, una fe alejada en cualquier modo de la razón. Podría simbolizar también un libro cerrado, una suerte de ignorancia ciega. Por último, cabe señalar la mirada que el pobre Lubber dirige a quien contempla el cuadro, de resignación ante lo ya inevitable. Si nos fijamos en su bolsa, podremos contemplar como la atraviesa un puñal, señal inequívoca de la estafa. 

Bruegel
La versión de Pieter Bruegel es sin duda la más divertida. Aquí la operación no se realiza a campo abierto, sino en una consulta que parece más un manicomio que otra cosa. Al personaje central se le está extrayendo la piedra del mal, mientras es sujetado por el ayudante del cirujano, cuyo instrumental está depositado en el suelo, una muestra más que evidente de lo superfluo que podría ser considerada la higiene. Detrás de esta representación central, una cola de pacientes espera su turno en la puerta, mientras uno de ellos entra a cuestas, quizás de algún familiar o una enfermera de tan caótica consulta. A la derecha un hombre se resiste mientras es sujetado para que no escape. A la izquierda otro paciente ha volcado la silla en la que estaba atado, en su afán por huir en una lucha frenética con su captor. Dos individuos se muestra tranquilos sentados, ya han pasado por la traumática experiencia y contemplan con curiosidad el trance de la operación. A destacar dos personajes curiosos y estrafalarios. Uno desnudo y haciendo sus necesidades al fondo del cuadro, un claro aspirante a caganer, y otro sentado en un canasto, con un vaso en la cabeza y soplando con un fuelle, probablemente un brasero, supongo que intentando que las ascuas calentaran la estancia.
Como podemos contemplar en la imagen de la izquierda, otros artistas encontraron en estas incipientes y peligrosas trepanaciones una fuente inagotable de inspiración. Respectivamente podemos ver las versiones de Jan Steen, Pieter Jansz Saenredam  y Pieter Huys. Sin embargo, no todos los expertos se ponen de acuerdo en conceder credibilidad a la conocida extracción de la piedra de la locura. Algunos opinan que, ningún documento histórico acredita tales prácticas entre la Edad Media y el Renacimiento. Se trataría pues, de representaciones alegóricas sobre la superchería y la falsa medicina de charlatanes y curanderos. Es evidente que el tono burlesco de muchas de estas obras, en especial la de Bruegel, muestran ese tono satírico respecto a tan precarias lobotomías. Otros autores, en cambio, muestran una tesis algo distinta, argumentando que, algunos depósitos de calcio en el cerebro, podría haber hecho creer, en aquella época, que eran formaciones similares a los cálculos renales y que provocaban la locura y la estupidez. Sea como fuere, prácticas reales o alegorías, lo que es más que evidente es que la intención de los pintores eran claramente crítica y disuasoria, un claro aviso sobre la mala praxis médica de charlatanes y embaucadores.