Siempre me parecieron fascinantes las historias que, de la mano de autores como Jack London o James Oliver Curwood, nos hablaban de la duras condiciones de los aventureros y los buscadores de oro de las tierras heladas de Alaska, de su terrible lucha por la supervivencia y de los animales de su entorno, sobre todo de los perros, que tiraban con cierta devoción de los trineos y que dejaron sus huesos diseminados por la nieve de un territorio tan hostil como fascinante. Ambos escritores nos dejaron historias extraordinarias que, por encima de todo, muestran a la naturaleza como despiadada y a la vez dotada de un hechizo ancestral magnético. Seguro que a todos no son familiares títulos como "El oso", "Kazán, perro lobo", "Colmillo blanco" o "La llamada de la selva", novelas que describen hasta el mínimo detalle los comportamientos y sentimientos de hombres y animales.

También habrán oído la historia del perro Balto y de su increíble hazaña, aunque la verdad no fue del todo justa en su momento con el auténtico protagonista de aquella gesta increíble. En 1925, en Nome, un pueblecito de Alaska, tuvo lugar una epidemia de difteria que afectaba principalmente a los niños y cuya única salvación posible se encontraba en Nenana, a unos 1.000 kilómetros de distancia, pues era el lugar más cercano donde podría hacerse de la penicilina que había llegado por ferrocarril desde Anchorage. En aquella época, y dadas las condiciones climáticas, sólo existía la posibilidad de confiar en trineos tirados por perros.

Quién sufrió más penalidades y adversidades fue Leonhard Seppala y su fiel perro Togo a la cabeza. La historia de éste perro siberiano es una auténtica lección de perseverancia. De aspecto zorruno y pequeño tamaño, su criador, Seppala, no lo quiso para tirar de los trineos y procuraba mantenerlo alejado de ellos, pero el obstinado animal siempre lograba escapar para situarse junto a ellos y hostigar a los otros perros para lograr su propio lugar. En una ocasión saltó una alambrada y quedó atrapado entre los alambres. Liberado de ellos, no le importaron sus heridas y volvió con su dueño, que rendido ante tal dedicación, lo ubicó en el tiro del trineo, en donde pronto se convirtió en su líder indiscutible. En aquella titánica lucha por llevar la penicilina, Togo fue quien hizo la mayor parte del recorrido, y lo hubiera completado en su totalidad si no hubiera sido por el desplome del hielo de uno de los ríos que debían cruzar, accidente que lo dejó cojo. Impedido para realizar el tramo final, fue sustituido por Balto quien finalizo los últimos 80 kilómetros. Al entrar en Nome, los periodista consideraron a Balto como el héroe de la gesta y automáticamente lo convirtieron en leyenda.
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| Leonhard Seppala y Togo |
Pero el destino no reservaba nada bueno para el involuntario impostor canino. Tras diversos homenajes y baños de multitudes, tanto Balto como el resto de perros fueron vendidos a un promotor de espectáculos y variedades y en tan sólo dos años acabaron con sus huesos en barracas de feria. Maltratados y mal alimentados, el destino se mostraba cruel con quien había sido el supuesto protagonista de una hazaña increible. Afortunadamente para Balto y sus compañeros, la suerte les sonreiría cuando un empresario, George Kimble, se apiadó de su lamentable estado y organizó una campaña para recolectar el dinero suficiente para comprarlos. Gracias al éxito popular de la acción promovida por Kimble, los héroes caninos acabaron sus días con dignidad en el zoológico de Cleveland, donde Balto murió a los 10 años de edad.

En cuanto a Togo, quedó lisiado para siempre, pero en cambio llevó una vida más apacible que su compañero Balto. Puede que el destino no lo eligiera para la gloria, pero le salvó de un trato injusto, lo que demuestra que, en algunas ocasiones, el anonimato es el mejor de los disfraces.