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viernes, 18 de marzo de 2016

EL SENTIDO DEL HUMOR DE LOS AGUJEROS NEGROS

Los hombres somos muy de mirar al suelo, nos centramos en la mayoría de las ocasiones en el aquí y el ahora, andamos atareados en temas tan rutinarios como el de vivir día a día, con nuestras miserias y pasiones, con nuestros vicios y virtudes. Somos, en momentos, tan simples emocionalmente que estamos dispuestos a matarnos unos a otros con tal de no esforzarnos en ceder, en cambiar, en suma, en aplicar una mínima dosis de generosidad al prójimo. Sobrevivimos a ras de tierra, la cual regamos con la sangre de nuestros hermanos, a los que hemos convertido en diferentes, por el simple hecho de establecer matices o minucias que los aparten como renegados de un código único de superioridad. Hemos construido fronteras, como si este trozo de materia a la deriva nos perteneciera, como si de algún modo alguien nos hubiera concedido un título de propiedad exclusiva al que nos aferramos como si no existiera un final. Por eso, cuando levantamos nuestra mirada al cielo no crea un complejo de inferioridad, quedamos en evidencia hasta tal punto, que encubrimos nuestra pequeñez con falsas pretensiones de elegidos por un Olimpo de dioses hechos a nuestra imagen y semejanza. Pero el Universo se ríe a carcajadas y se aprovecha de su descomunal naturaleza preñada de misterios y enigmas sin descifrar. Sin embargo, existen muchos que han utilizado el arte de la complacencia, un curioso sentido de la vida, no exento de humor, que les permite disfrutar de este tránsito. A veces es suficiente con un atardecer o con una leve brisa para experimentar el placer de estar vivos. Puede resultar algo insignificante, pero no debemos restar ningún mérito a quien es capaz de conseguirlo, es su forma de resistencia a cierto fatalismo que nos ha imbuido desde que comenzamos a hacernos preguntas. Al fin y al cabo debemos ajustarnos a ese difícil equilibrio entre la tierra y el cielo, saborear cada instante, no como un insignificante impulso vital perdido en el tiempo y el espacio, sino como un regalo de singular importancia. En ocasiones sería hasta recomendable no ser demasiado conscientes de ser náufragos de la inmensidad y disfrutar de lo terrenal, porque si nos empachamos de trascendencia cósmica nos perderemos en un mar metafísico o, lo que es lo mismo, un callejón sin salida.
El Universo se aprovecha de su grandeza, nos apabulla hasta tal extremo que, cuando lo miramos, estamos observando algo que ya ni existe. Dicen que la luz de la estrellas que nos deleita es un fulgor de un cuerpo celeste que murió hace mucho tiempo, es como si nos asomásemos a un enorme cementerio estelar. Los científicos, siempre insaciables, nos bombardean con teorías, algunas algo estrafalarias, otras demasiado complejas y casi siempre fuera del alcance del común de los mortales. No obstante, de vez en cuando, nos sorprenden con algo realmente llamativo, casi divertido diría yo, y eso no es desde luego algo que debemos pasar por alto. Circula ahora una curiosa teoría sobre los agujeros negros. Siempre se pensó que los mismos destruían todo lo que se atrevía a cruzar sus fronteras, que introducirse dentro de uno de ellos era sinónimo de muerte. Sin embargo, ahora circula una idea curiosa que defiende la idea de que cualquier cosa que llegue a un agujero negro será duplicada como un holograma. Esto quiere decir que, si la Tierra sufriera esa singular distorsión de la realidad, se obtendría una copia idéntica de nosotros mismos.
Así que podría ser posible que esto ya hubiera sucedido y usted ya no fuera nada más que una copia de otro igual. Las mentes inquietas nunca paran y siempre están dispuestas a fastidiarnos en lo posible y, en el asunto que nos ocupa, ya hay voces que manifiestan que el resultado sería una copia de inferior calidad. Eso explicaría muchas cosas, de por qué la humanidad contiene tantos individuos estúpidos, tantas cabezas pensantes que rozan el ridículo. Es posible que seamos el reflejo de unas criaturas más perfectas, somos como utilitarios baratos que pretenden ser deportivos de alta gama, lo que explicaría las guerras, las crisis económicas y las abusivas comisiones bancarias. Es una broma, un chiste de la cosmología, jugar a que es un niño que quiere imitar objetos utilizando plastilina. Si esto nos hubiera pasado a nosotros, a buen seguro que nuestro particular agujero negro sería un chapuzas que nos ha dejado como una imitación deficiente y chusca. A partir de ahora, cuando me mire al espejo, pensaré que un ser como yo vaga en el espacio, mucho más guapo, que no tiene el pelo blanco, ni necesita gafas, que es capaz de hacer él sólo la declaración de la renta y que, encima, es aficionado de un equipo de fútbol que siempre gana sus partidos. Esto no es nuevo,  ya existía en  la filosofía de Platón, con aquella copia divina de Dios, el Demiurgo, que creaba muestras fallidas que quería  imitar la perfección. Esta especie de artesano de buenas intenciones que no soportaba el caos, aplicó a los hombres pasiones desenfrenadas, por lo que algunas corrientes filosóficas pensaron que el Demiurgo era una identidad con malas intenciones, un malo de película.
Supongo que, como persona de buena fe que soy,  todo esto tendrá una base más o menos sólida y que no sea el divagar de una mente aburrida frente a una pizarra vacía. Porque no está mal para una tarde de domingo el hacer dudar a la humanidad de su propia identidad, aunque, en esto de teorizar, hay mucho por desgranar e ideas insólitas hay para todos los gustos, tantas como herejías en la Edad Media. Al fin y al cabo para que preocuparse si la Tierra ha pasado o pasará por el aro de un agujero negro malintencionado, si resulta que las teorías del Biocentrismo colocan al Cosmos en una situación de inferioridad intelectual respecto a la vida. Porque, ésta última hipótesis, defiende que la vida creó el Universo y no al revés, incluso que la muerte es una ilusión que se nos ha enseñado desde que nacemos. Nuestra propia conciencia está capacitada para alterar la interpretación de la realidad, una realidad en el el que el tiempo y el espacio no existen de forma independiente, sino que están supeditados al punto de vista de quien los percibe. En otras palabras, que usted y todos nosotros vivimos en un mundo que hemos imaginado así, que podemos alterarlo a nuestro antojo y que, desde luego, la creencia en la muerte es una ilusión porque mantenemos el delirio de que poseemos un cuerpo biológico mortal, pero todo no es más que fruto del poder vital de la existencia. Si nos ponemos en plan cinéfilo diríamos que, después de todo, vivimos en Matrix o mejor aún, que Calderón tenía toda la razón del mundo cuando decía aquello de "¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son."
Pues eso, no les den más vueltas al asunto, y piensen que van a comer mañana, si irán al cine o al fútbol, si tendrán que llevar paraguas o si llegarán a final de mes con su castigada y amputada nómina. Buenas noches y hasta mañana... si el agujero negro quiere.

jueves, 11 de febrero de 2016

EL ALQUIMISTA

El cuadro "El alquimista" fue realizado en 1771 por el pintor inglés Joseph Wright y, aunque es conocido con ese nombre, lo cierto es que el título completo es algo más extenso y alambicado: "El alquimista en busca de la piedra filosofal, descubre el fósforo y ruega por el éxito y la conclusión de su obra como era costumbre de los antiguos astrólogos alquimistas". No cabe duda de que en los museos tendrían alguna pega a la hora de confeccionar tan extenso etiquetado. He de confesar mi predilección por el pintor británico, y puede que alguno se acuerde de que por aquí pasó también otra obra suya llamada "Experimento con un pájaro en bomba de aire". Me fascina en particular la atmósfera que domina sus cuadros, la luz que simboliza algo más que el simple resplandor y, en el caso que nos ocupa, lo que pretende es irradiar el conocimiento de algo que va más allá de lo puramente empírico. Aunque Wright es un autor que siempre nos quiere mostrar el dominio de la ciencia, contagiado por el ambiente de la revolución industrial, en la obra que nos ocupa también podríamos detectar cierto simbolismo esotérico, menos relacionado con el mundo material y más con el ritual.
Tan singular es esta pintura en el estilo de Wright, que parecería más entroncada con una tonalidad religiosa que científica, algo aparentemente impropio en las tendencias del artista. De hecho, su figura central, el alquimista, está más cerca de un personaje relacionado con la fe espiritual que con otra cosa. Es suficiente para ello el poder relacionarlo con pinturas del Greco, como "San Jerónimo penitente", y darnos cuenta de la composición de esta figura central, postrada de rodillas ante el descubrimiento, bañado por la luz del matraz que emana no sólo un hecho, sino más bien el conocimiento como herramienta iniciática. No obstante, hay múltiples contradicciones que se expresan a través de los detalles. El acontecimiento parece suceder en un entorno que imita al de una iglesia con esos arcos góticos, pero sin embargo los objetos parecen más propios de la ciencia. El matraz, la esfera del mundo, los legajos, el reloj y otros instrumentos de un laboratorio primigenio parecen indicar un acercamiento más a la razón. En realidad lo que se pretende es establecer esa delicada frontera entre ciencia y religión, formalizando un paso inevitable de la superchería al conocimiento empírico. Es curioso que para representar ese proceso el autor sitúe a sus protagonistas en un entorno más antiguo, medieval si se quiere, como queriéndole dotar de un espíritu más romántico y hermético. Tras el ventanal se puede observar una luna llena, un recurso utilizado en otras ocasiones por Joseph Wright, pero que aquí podría tener relación con el significado alquímico del oro blanco y la plata, que junto a otros símbolos hubiera podido representar el inminente descubrimiento de la piedra filosofal. 
Como fondo de la escena principal aparecen dos curiosos personajes, dos aprendices de diferente rango. El que se sitúa de pie es el más veterano y señala al maestro para que el alumno de menor edad no pierda detalle del acontecimiento asombroso al que asiste. Ambas miradas tiene una intención diferenciada, mientras el más joven denota cierta bisoñez, algo de timidez o respeto hacia algo que le supera, el de más rango parece ser algo más cómplice de lo que allí sucede, es una especie de intermediario entre el maestro y el principiante.
Si fascinante es la historia que nos muestra esta pintura, no lo es menos el personaje en la que está basado, que no es otro que uno de los últimos alquimistas de la historia, por lo menos en el sentido tradicional del mismo,  que no es otro que Hennig Brandt, nacido en 1630 en Hamburgo. Parece ser que en su juventud fue aprendiz de vidriero y, tras su paso por el ejército, se hizo oficialmente comerciante, y digamos que, fuera de su ámbito más conocido, alquimista. Obsesionado por descubrir la piedra filosofal, se gastó todos su ahorros en el empeño, lo que le obligó a contraer nupcias con una mujer rica que financiase sus desmedidos sueños. No tardó en quedar viudo y en liquidar toda su fortuna, tras lo cual no tuvo más remedio que buscar a otra rica mujer para contraer nuevamente matrimonio y así continuar con su incesante búsqueda.
Hacia el año 1669 sus investigaciones se centraron en la orina, de la cual se creía en antiguos manuales alquimistas que se podía obtener plata, aunque el objetivo de Brandt era conseguir oro. Empleaba miles de litros de la misma, que se decía obtenía de los campamentos militares, por lo cual se supone que ofrecería su pasado en el ejército como tarjeta de presentación para obtener el dorado líquido. Podemos imaginarnos, no obstante, la perplejidad que su ardua tarea podía provocar en los donantes improvisados de orina. En un complejo proceso alquímico obtuvo un residuo sólido que obviamente no era oro, lo que representó una enorme decepción para Henning Brandt. Sin embargo, al apagar la luz de su laboratorio se quedó asombrado al comprobar que aquella extraña sustancia desprendía un singular destello luminiscente, por lo cual la bautizó como fósforo, del griego "relacionado con la luz". Se decía que era incluso capaz de leer al amparo de aquel débil resplandor. Además, en contacto con el aire, ardía al más mínimo  movimiento. Como el proceso de fabricación era extremadamente complejo y nada rentable, decidió mantenerlo en secreto hasta que le vendió la fórmula al médico alemán Johannes Daniel Krafft. Años después Ambrosio Godfrey Hanckwitz consiguió emplear otro método más barato, lo que provocó su comercialización. Algunos piensan que Brandt fue un loco que dilapidó su fortuna intentando ser rico, lo que conlleva una triste ironía, aunque pienso que en realidad fue alguien empeñado en conseguir lo imposible, el sueño de ir más allá en su búsqueda de la quimera, del poder transmutador mítico de la piedra filosofal.


martes, 3 de septiembre de 2013

VISIONARIOS DEL FUTURO

Es un hecho incuestionable que el futuro nos preocupa, pero inequívocamente también nos produce fascinación. Elucubrar sobre la forma de vida que nos depara es un arte que se ha practicado desde siempre, con mejor o peor fortuna, según quien la imagine y basándose en que criterios. Actualmente quizás sea más fiable esa visión, sobre todo la tecnológica. Las principales empresas del sector ya trabajan en el futuro y de todos es bien sabido que cualquier avance es temporal, que la superación es imparable y que el termino "obsoleto" cada vez se aplica en periodos más cortos. Para ser medianamente sinceros, el futuro que se adivinaba respecto al año 2000 ha sido algo decepcionante. Sin quitarle un ápice de mérito a lo alcanzado, si es cierto que se imaginaba un escenario distinto, más fantástico, más prometedor. No hemos colonizado el espacio exterior como pensábamos, los coches no vuelan y los robots que habíamos soñado no se parecen en nada a la realidad. Por ese motivo, la visión que en tiempos pasados se tenía del futuro, era mucho más atractiva, con un encanto especial, hundiendo sus raíces en una ingenuidad no exenta de esperanza. Probablemente en muchos sentidos pecaban de optimismo utópico, de la eterna búsqueda de un mundo mejor, ordenado y éticamente impoluto. Bienvenidos al paleofuturo.
Antes de la llegada de las vídeo consolas, ya se tenía el concepto de diversión por medio de la simulación virtual. Sólo era cuestión de tiempo, porque la idea ya estaba convincentemente planteada. 

La tele-tienda mejorada. Aquí no hay que esperar a que ten envíen el pedido, directamente se entrega por medio de la pantalla. 
 
Ignoro que base científica permite pensar que un buen centrifugado hace rejuvenecer. En la ilustración unas camas giran, cual astronautas en un día de entrenamiento, esperando vencer a la vejez.

El ferrocarril acuático, todo un logro. Ya sólo le faltaba volar para dominar todos los elementos. 

Caminar sobre las aguas ya no será solo patrimonio de Jesucristo, estará al alcance de cualquiera. Claro que el 2000 ha pasado y se olvidó de los caminantes acuáticos. Tanto la imagen anterior como esta se las debemos a  la marca alemana de chocolates Hildebrand, quien alrededor del año 1900 lanzó esta curiosa colección de cromos.

La orquesta automática, una forma de ahorrar en músicos y enviarlos directamente al desempleo. Esta ilustración y algunas de las que siguen son muy curiosas. Corresponden a Jean-Marc Côte, un ilustrador francés a quien, alrededor de 1899, una fábrica de juguetes o de cigarrillos, según las fuentes, le encargó la elaboración de una serie de 50 cartas que nunca llegaron a comercializarse. Años después sería el propio Asimov quien se encargaría de hacer un estudio de cada una de ellas. 

El remedio contra el fracaso escolar, sin estudiar, sin exámenes, todo directamente al coco. Si el niño no aprende es que la cabeza no le da para más. Acabará dándole a la manivela.

Es muy corriente en el pasado pensar que, en el futuro, todo hijo de vecina tendría un avión en el garaje de su casa y que los aires estarían saturados de aparatos voladores. Lo que no imaginábamos es que también habría guardias de tráfico volantes, dispuestos a sacudirte con una porra.

Construcción automática de edificios o inflado de la burbuja inmobiliaria. ¿Qué será de los conocidos encofradores?.

En el futuro no habrá que andar, las calles lo harán por ti, gracias a un mecanismo de arrastre. Un billete para la atrofia muscular. Es curioso contemplar que todo cambia menos las vestimentas, que parecen diseñadas para permanecer inalterables y ajenas a las modas.

El espacio conquistado como Dios manda, no como el explorador Curiosity que, después de un año en Marte, ha recorrido la escalofriante distancia de un kilómetro y medio. 

Si Juan de la Cierva levantara la cabeza...

Los promotores inmobiliarios te venderán una casa hasta en el espacio, sin problemas con la ley del suelo.

Así veían en 1920 los aviones de pasajeros. Como ven lo del overbooking no representaba ningún problema. Otra cosa era llegar a destino de una pieza. 

Este si que es bueno. Un invento anónimo de un lector electrónico de libros publicado en 1935 por la revista Everyday Science and Mechanics. Por medio de un microfilm y un complejo aparato se podía leer el libro en cuestión, con el añadido de poder escuchar música.

En 1925 ya se imaginaban los problemas sanitarios de futuro y daban por cierto que seríamos capaces de ejercer la medicina a distancia.

No, no es Robocop, es el autómata radio-policía, especialista en controlar manifestaciones y mantener a raya a los furibundos e inconformistas obreros de la ilustración, que por cierto aparecía en una revista científica del año 1924.


lunes, 27 de mayo de 2013

CUESTIÓN DE MÉRITOS

El Ministerio de Educación, a través de su programa Ramón y Cajal de ayudas a los investigadores, ha denegado a Diego Martínez Santos una beca, por considerar su curriculum poco relevante. Es lógico, al fin y al cabo el tal Martínez Santos sólo trabaja en el experimento del Gran Acelerador de Hadrones (LHC) del Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN) y ha sido nombrado recientemente como "Mejor físico joven de partículas de Europa". Una bobada sin importancia que no requiere la mayor atención.


viernes, 19 de abril de 2013

EL ROBOT EXPLORADOR CURIOSITY ENCUENTRA PRUEBAS CONCLUYENTES DE LA EXISTENCIA DE AGUA EN MARTE


Hacía tiempo que no teníamos noticias de la misión del robot explorador Curiosity en sus indagaciones sobre la superficie del planeta rojo. Sin embargo, después de la filtración de la foto que figura más arriba, se ha producido un gran revuelo mediático de proporciones cósmicas. El descubrimiento de un botijo en Marte han disparado las especulaciones y ya se han sacado las oportunas conclusiones. La primera es la existencia irrefutable de agua, la segunda la de un alfarero y la tercera la de una abuela. Este último dato ha sido obtenido del resultado de analizar el tejido que cubre uno de los orificios del botijo, estimando que pueda ser una elaborada pieza de ganchillo. Lo que lleva también a la conclusión de la existencia de moscas de la canícula, en otras palabras, moscas cojoneras del verano, dada la utilidad de dicha pieza de tela. Sobre el ovni que aparece en la foto, expertos en fotografía de la NASA han indicado que se trata de un defecto de la película. Respecto al caracol, informan que es una pieza desprendida del robot que se asemeja al molusco. Los científicos han salido al paso de las preguntas sobre el chupete que cuelga del Curiosity, explicando que el robot sufría ataques nocturnos de pánico y que, susodicho instrumento para bebés, le tranquiliza de forma considerable.


martes, 5 de febrero de 2013

SIRENAS EN LA LUNA


Hace algunos días, huyendo de un canal deportivo para no sufrir más con la habitual derrota de mi querido equipo de fútbol, me paré un instante en uno de los canales de documentales de la TDT y me tropecé con algo que llamó poderosamente mi atención. Se hablaba de un descubrimiento ciertamente interesante, aunque con los minutos parecía convertirse en algo aún más espectacular. Habían sacado de las entrañas de un tiburón blanco unos restos de un animal como poco enigmático y, como si de un puzzle se tratara, los científicos iban analizando cada parte de su peculiar anatomía, llegando a la conclusión de que probablemente se tratara de una sirena. En ese momento, mi espíritu nada crédulo inició su particular batalla contra mi afición a los temas enigmáticos y la lógica me recomendó algo de paciencia. Conforme los investigadores estudiaban el cuerpo en cuestión, se recreaba cómo podía haber sido la evolución de esas posibles sirenas, desde tiempos remotos, cuando un homínido aficionado a los chapuzones decidió vivir en el mar y transformar su cuerpo para el medio acuático.

El problema fundamental es que, conforme se atrevían a desvelar aspectos cada vez más espectaculares, iba perdiendo credibilidad, hasta ofrecernos las primeras imágenes reales de una sirena, nítidas y tan claras que se veía a la legua que eran un engaño. Y efectivamente lo eran, perteneciendo al género llamado falso documental. Se trataba de "Sirenas: el cuerpo hallado", producido en el 2011 por el canal Animal PlanetEn Estados Unidos, que son muy dados a creérselo todo y siempre tienen una mentalidad muy predispuesta a la alarma social cuando no al pánico puro y duro, este documental provocó una gran polémica. El Servicio Nacional Oceánico, tras recibir cientos de cartas, tuvo que salir al paso con un comunicado en el que manifestaban que no se tenía conocimiento alguno de la existencia de las conocidas sirenas. Mejor eso que permanecer impasible, dado el precedente del pánico de la noche del 30 de octubre del 1.938, cuando Orson Welles emitió en un programa de radio "La guerra de los mundos" de H. G. Wells.

En el año 2002 se rodó otro falso documental bastante interesante por parte de canal Arte France y que llevaba el título "Opération Lune". Se hablaba de un tema muy popular, que no era otro que el cuestionar si la llegada del hombre a la luna fue un fraude absoluto. Como es habitual, al principio uno se pregunta si todo la información que te van ofreciendo puede tener visos de realidad, pero, como todo documental apócrifo que se precie, su ambición es su perdición y, el ver a determinados hombres insinuar la escasa veracidad de la misión del Apolo 11, es determinante para que la incredulidad campe por sus anchas. Que un secretario de defensa, Donald Rumsfeld, el mismísimo Kissinger, el director de la CIA Richard Helms o el astronauta Buzz Aldrin manifiesten a las claras que todo fue una conspiración es algo tan poco probable como el de la existencia de las propias sirena. Al final del documental se nos ofrecen tomas falsas en donde los protagonistas dan rienda suelta a su buen humor, haciendo honor a la broma que acaban de gastar. No obstante, no deja de ser curioso que las imágenes de la luna se le atribuyan, en forma de leyenda urbana, a Stanley Kubrick, que en los 70 había solicitado a la NASA unas lentes especiales para rodar escenas a la luz de las velas en "Barry Lyndon". Los entusiastas de los enigmas parecen entrever una sospechosa relación en forma de turbio pago de favores, incluyendo una conspiración en toda regla. La realidad es algo distinta. En realidad las lentes las fabricó Carl Zeiss, empresa líder en óptica y visualización electrónica, vendiéndole 6 a la NASA y 3 a Kubrick. De todas formas, los aficionados a los misterios podrán seguir conjeturando sobre la veracidad de los hechos acontecido aquel 20 de julio de 1969, cuando Neil Armstrong estampó su huella en la luna. Mientras tanto, pueden aliviar sus inquietudes con el visionado de la película "Capricornio Uno" de Peter Hyams, en donde se nos cuenta una historia similar con el trasfondo de la conquista de Marte.

Hubo una vez en la que un falso documental si que me llegó a engañar, por los menos durante algún tiempo. Una de las premisas fundamentales para caer en la trampa, es llegar a ellos sin conocimiento previo, sin saber que existen. La mejor forma es tropezar con un documental apócrifo cuando se está zapeando, de esa manera te sorprende con las defensas bajas y, si a eso se une cierta pasión por lo insólito, ya tenemos los ingredientes necesarios para hacer el papel de incauto. Naturalmente, si el documental en cuestión quiere dejarte con la duda, nunca debe traspasar el umbral de lo razonable y debe navegar por el pantanoso terreno de lo probable, pero siempre con cierta bruma sobre la realidad empírica. Así sucedió un día, cuando vagando perezosamente entre canal y canal, me tropecé con una serie de la 2 titulada "Páginas ocultas de la historia", presentada por el periodista Felipe Mellizo. Claro que entonces yo lo ignoraba y, poco a poco, me fui adentrando en la curiosa y fascinante historia que nos contaba. Una periodista ficticia, Rocío Pérez, narraba la historia de un panadero, Rogelio Bermejo, quien le contó en 1976 que, en una mañana de aquel fatídico verano del 36 en los inicios de la guerra civil, encontró a un hombre herido de gravedad con dos balazos en el cuerpo y uno en la cabeza. Temiendo por su vida, lo trasladó al convento de San Bartolomé, en donde las monjas pudieron salvar su vida. El hombre, al que llamaban Manolo, quedó mentalmente afectado con la pérdida de la memoria. Vivió en el convento hasta su muerte en 1954, ocupándose del cuidado de los jardines. El tal Rogelio jamás supo que había salvado la vida de Federico García Lorca, hasta que un día acudió a una conocida sala X de la ciudad de Granada, en donde se percató de la identidad de aquel hombre cuando, en un reportaje previo a la película (ya es extraño que antes de una película porno se les ocurriera culturizar a la parroquia), se hablaba del poeta universal, autor de "Bodas de sangre", entre otras obras magistrales. Se acompañaba de una foto, obviamente trucada, en donde se podía ver al enigmático Manolo acompañado del tal Rogelio y las monjas del convento. Meses permanecí intrigado, sobre todo, por no comprender cómo una noticia de tal calibre no había tenido más repercusión en los medios convencionales, hasta que un día el amigo y blogero Tirador Solitario, me desveló que aquel reportaje pertenecía a una serie de falsos documentales perpetrados por Felipe Mellizo. Y es que una de las razones para desconfiar de este tipo de engaños es que, tales noticias, no aparezcan en la cabecera de los telediarios.


Si lo que se pretende es ver algo parecido en pantalla grande, lo mejor es empaparse de una de las mejores películas de Woody Allen, "Zelig", en donde se nos cuenta la historia de un curioso individuo, apodado el camaleón humano, que en 1920 se hace notar por adoptar la apariencia física del grupo de personas con las que se relacione en ese momento. Puede mimetizarse en cualquier personaje, desde un negro de Harlem, un obeso, un judío ortodoxo, o un nazi junto a Hitler. Como buen falso documental que se precie podemos ver entrevistas a todos aquellos que le conocieron, a expertos en la materia, psicólogos e historiadores. Se nos hace creer que el protagonista de este historia, Leonard Zelig (interpretado por el propio Allen), en realidad tiene un miedo patológico a ser rechazado y, por ese motivo, tiende a integrarse con los demás, imitando su apariencia y comportamientos. Con imágenes trucadas y convenientemente envejecidas, le podemos ver relacionarse con personajes históricos, aspecto al que se adelantaría a películas como "Forrest Gump".

Claro que, si queremos visionar algo más bizarro, habría que optar por "Holocausto caníbal", película polémica donde las haya, aunque en mi opinión no por voluntad propia. El argumento trata de la desaparición de un grupo de reporteros en la selva amazónica, que buscaba una tribu de caníbales y la posterior misión de rescate por parte de un antropólogo y sus respectivos guías. El resto se puede adivinar por las imágenes, mucha sangre y vísceras. La película fue acusada de snuff, es decir se pensó que las muertes que se mostraban eran reales, ordenando un tribunal de Milán requisarla y el arresto inmediato de su director Ruggero Deodato. Para contribuir a la confusión, el director les había hecho firmar a los actores un contrato en donde se les impedían aparecer en ninguna otra película durante un año, y el tribunal les dio por muertos al igual que la mujer que aparece empalada. Dado el cariz que tomaban los acontecimientos, Deodato mandó aquella cláusula al carajo y se presentó con los actores que se creían difuntos, amén de dar todo tipo de explicaciones de como se consiguió el truco de la mujer empalada.




martes, 13 de noviembre de 2012

EL FUTURO Y LA DESOLACIÓN

Para cada uno de nosotros la vida es algo tan ligado a nosotros mismos, que es imposible vislumbrar más allá de nuestras propias aspiraciones. Nuestros sentido de la realidad es preso de nuestros sentimientos y de nuestro criterio. El futuro nos importa en cuanto nos condiciona, ya sea para nuestro propio ego o para quienes nos rodean. Ir más allá de lo tangible pertenece a una frontera que, cuando hemos intentado penetrarla nos ha resultado tan doloroso, que hemos necesitado crear todo un ideario basado más en la fe que en una certeza. La muerte es el final para unos y para muchos otros es una puerta hacia otra forma existencial. Que tales aspiraciones sean ciertas o no, esa es otra historia. No obstante, los más optimistas y también los que no lo son, les han otorgado el don de la inmortalidad al resultado de algunas creaciones de la humanidad y, por lógica, a algunos de sus talentos más destacables. 
Claro que, a otro nivel, la evolución de los acontecimientos se nos antoja tan fuera de nuestro control, que nos abruma sin piedad. Hace algunos días leía, en el siempre interesante blog de Octopusmagnificens, una serie de predicciones de los científicos sobre el futuro no ya solo de nuestro mundo, sino también del Universo que le rodea. Acontecimientos que, desde luego, son meras hipótesis pero con un grado de verosimilitud ciertamente respetable. He elegido sólo algunas de esas incursiones en el futuro por parecerme las más interesantes, pero todo aquel que quiera acceder al contenido completo puede hacerlo con el siguiente enlace:

 http://octopusmagnificens.blogspot.com.es/2012/10/posible-futuro-de-la-tierra-el-sistema.html

EL FUTURO QUE VENDRÁ:

-Dentro de 50.000 años, el actual periodo interglaciar concluye y la Tierra entra en una nueva edad de hielo.
-En 500.000 años y suponiendo que no sea desviado, la Tierra recibe el impacto de un meteorito de un kilómetro de diámetro.
-En 50 millones de años y por su movimiento hacia el norte con la falla de San Andrés , la costa de California comienza a ser subducida por la  fosa de las Aleutianas. Así mismo, África colisiona con Eurasia y forma una cadena montañosa similar al Himalaya.
-En 100 millones de años, la Tierra recibe el impacto de un meteorito similar al de la extinción masiva de los dinosaurios en el Cretácico-Paleógeneo.
-En 250 millones de años, los continentes de la Tierra se fusionan en uno solo: Pangaea Ultima.
-En 800 millones de años, la luminosidad del Sol ha subido un 10%. Interrupción de la fotosíntesis por la caída en los niveles de CO2. Extinción de la vida multicelular.
-En 1.000 millones de años, evaporación de los océanos de la Tierra. Se conservan oasis de agua y vida unicelular en los polos. En 1.600 millones de años, se extingue toda forma de vida en la Tierra.
-En 2.300 millones de años, se enfría el núcleo externo de la Tierra. Muerte del campo magnético terrestre.
-En 3.600 millones de años, las condiciones en la Tierra son similares a las de Venus hoy.
-En 7.900 millones de años, el Sol alcanza su máximo diámetro, destruyendo Mercurio, Venus y probablemente la Tierra. Temperaturas agradables y aptas para la vida en Titán.
-En 8.000 millones de años, el Sol evoluciona a enana blanca.
-En 14.000 millones de años, el Sol es una enana negra.
-En 100 billones de años, estimación alta para el término de la formación de estrellas en las galaxias.
-En 120 billones de años, en el Universo ya no hay estrellas y sólo quedan remanentes estelares como las enanas marrones, las enanas negras y los agujeros negros.

Después, en medidas de tiempo que nos superan:


  • Desintegración de todos los nucleones del Universo.
  • Entrada en la Era de los Agujeros Negros, los únicos objetos del Universo.
  • Desintegración de los Agujeros Negros mediante la radiación de Hawking. 
  • Entrada en la Era Oscura, en la que sólo existen partículas subatómicas, conduciéndose poco a poco hacia el estado final de la energía, o máxima entropía.
  • Las fluctuaciones cuánticas aleatorias generan un nuevo Big Bang.

Decía Stephen Hawking que, en los principios del Universo que conocemos, hubo un fallo en la geometría de la materia, lo que posibilitó romper el inmovilismo e iniciar su oportuna evolución. Toda una cadena de condicionantes, condimentada con algo de azar, nos ha traído hasta aquí. A simple vista daría la impresión que no es nada significativo, y que nuestra agitada historia de violencia y logros no merece apenas un parpadeo, que todos esos esfuerzos, fundamentados en tropiezos y éxitos, han sido tan solo el fútil deseo de permanencia de una criatura apenas visible a los ojos de la inmensidad. Nada quedará de nosotros, ni tan siquiera la inmortalidad de nuestras obras. Algún día, en el espacio y en el tiempo, se olvidará para siempre La quinta sinfonía de Beethoven, el Quijote de Cervantes, Ciudadano Kane de Welles o La sagrada familia de Gaudí, perderemos para siempre a Marilyn Monroe, Elvis y al Che Guevara, caerá en el más profundo desconocimiento lo que hemos sido y nuestra inherente capacidad de superación. Es para pensarlo muy detenidamente, porque la sensación de provisionalidad que nos produce tan gigantescos mecanismos, nos puede sumir en la desesperación. Podría ser un camino fácil, dejarse llevar por un hondo pesimismo, aunque quizás deberíamos llegar a la conclusión de que, en el fondo, todo ese carácter efímero de nuestra existencia, de nuestro significado como especie, es todo un regalo, una experiencia sin parangón, algo a lo que debemos aferrarnos como el sublime deseo de constatar que un día, perdidos en la inmensidad del tiempo, estuvimos aquí y supimos exprimir la vida.


Quizás la mejor forma de contemplar todo esta vorágine de cifras y cambios, sería con un diálogo que se produce en la película de Woody Allen, "Annie Hall". La madre del pequeño Alvy acude al médico y en la consulta se disecciona un problema y su más que lógica solución:

Madre- Está deprimido y cuando está deprimido no puede hacer nada.
Médico- ¿Por qué estás deprimido?
Madre- Díselo al doctor. Es por algo que ha leído.
Médico- Algo que ha leído...
Alvy- El Universo se expande.
Médido-¿El Universo se expande?.
Alvy- Bueno, el Universo es todo y si se expande algún día estallará, y eso será el final de todo.
Madre- ¡Eso no es asunto tuyo!. ¡Ha dejado de hacer sus deberes!.
Alvy- ¡Claro, para qué!.
Madre- ¡Qué tiene que ver el Universo contigo, Brooklyn está aquí y Brooklyn no se expande!.
Médico- Y no lo hará en millones de años Alvyn. Por eso hay que intentarlo pasarlo bien mientras estemos aquí, eh, eh, jajajajaja....





jueves, 25 de octubre de 2012

SOMOS LOS PRIMEROS Y NO EXISTIÓ OTRA HUMANIDAD

Esas fueron las palabras exactas, "Somos los primeros y no existió otra humanidad", las que pronunció un amigo en común al Tirador Solitario, haciendo referencia a dos libros que éste atesoraba con gran estima, que no eran otros que "No somos los primeros" de Andrew Thomas y "Existió otra humanidad" de J.J. Benítez. Aquella afirmación absoluta, y no exenta de cierta sorna, forma parte del grupo de los que mantienen un escepticismo férreo ante cualquier hecho inexplicable y, más aún, cuando se emplean razonamientos que poco o nada tienen que ver con lo cotidiano. Negar lo aparentemente imposible y parapetarse en el conocimiento empírico es la trinchera de muchos y, aunque no estén errados, su pose de inmovilismo es a veces una compostura testaruda y sin sentido. Es el mismo pecado de los que ven en todas partes fenómenos paranormales, de los que creen ver un ovni escondido detrás de cualquier nube, de los que habitan entre fantasmas e, incluso, de los que creen que bajo su cama se esconde un duende de dormitorio. El Tirador y yo fuimos consumidores voraces de libros relacionados con la ufología y, sobre todo, con el estudio de los extraterrestres en la antigüedad, en un género también llamado "Realismo fantástico". Ávidos de toda esta fenomenología, leíamos cualquier libro de Peter Kolosimo, Däniken, Antonio Ribera o Andreas Faber- Kaiser que se pusiera a tiro. El tiempo ha pasado y mi entusiasmo ha remitido ubicándose en un lugar algo más prudente, algo que no le ha sucedido al amigo Tirador, que supongo mantiene intacto su poder de fascinación sobre el tema, tal y como lo atestigua una lámina enmarcada de un ovni que adorna con orgullo  un lugar privilegiado de su despacho.


Todo esto viene a cuento porque, hace unos días, repasaba un libro de la Fundación Anomalía, "Diccionario temático de ufología", en el que se hace un repaso por orden alfabético de todos los fenómenos relacionados con el tema que nos ocupa. Tal Fundación trata de explicar de forma razonable todos los incidentes que han tenido que ver con los ovnis y que han tenido cierta repercusión mediática. Tanto se quiere aplicar la razón a toda la casuística, que, al final, se ha desvirtuado, transformando cualquier avistamiento o contacto en toda una suerte de fenómenos atmosféricos, mentiras y problemas de carácter psicológico. A fuerza de ser racional se ha enviado al exilio cualquier duda razonable, por no decir ya que se ha arrebatado la magia de tan fascinante fenómeno. Lo que me llamó poderosamente la atención fue el tratamiento que se le otorgaba a un caso en concreto, como fue el conocido como "El incidente de Manises".


El 11 de noviembre de 1979 la tripulación de un avión Supercaravelle, con 109 pasajeros, de la compañía TAE procedente de Austria y con escala en Mallorca, avistó una extraña formación de luces de color rojo que se aproximaba peligrosamente, hasta el punto de suponer un claro riesgo de colisión. En la torre de control de Barcelona no se detecta ningún tráfico aéreo, ni tampoco el radar militar de Torrejón de Ardoz, que, ante la supuesta amenaza, envía a un Mirage F-1  de la base de Los Llanos (Albacete). Localizado el extraño objeto, el caza inicia una persecución y, con interferencias en las comunicaciones y diversos fallos, no consigue darle alcance. Tras más de una hora de persecución, el Mirage se queda sin combustible y no tiene otra alternativa que volver a su base de operaciones. Entre tanto, el avión de pasajeros y ante el peligro de colisión, decide realizar un aterrizaje de emergencia en el aeropuerto de Manises (Valencia).

Refinería de Escombreras

La explicación oficial no pudo ser más desalentadora, justificando el incidente por una confusión ocasionada por "estímulos astronómicos", problemas psicológicos  del comandante del Supercaravelle  y, finalmente, por una deformación visual de la refinería de Escombreras. No obstante, el asunto adquirió cierta relevancia cuando incluso el diputado socialista Enrique Múgica elevó en 1980 una pregunta parlamentaria al gobierno, que supongo quedaría disuelta entre la vorágine de la política cotidiana. J.J. Benítez escribió un libro titulado "Incidente en Manises", muy documentado y, en cierta medida, bastante divertido, sobre todo por los adornos literarios habituales del afamado escritor de "Caballo de Troya". No sería lógico esperar  que se diera un comunicado oficial que indicase que, los incidentes acaecidos aquel 11 de noviembre del 79, fueran fruto del contacto con una nave tripulada por extraterrestres. Y no lo sería, porque es imposible de demostrar. Pero, de tal consideración, a las explicaciones ofrecidas dista un abismo insalvable. Ya es bastante poco tranquilizador que, las manos que pilotan un avión de pasajeros, correspondan a un individuo con problemas psicológicos y que confunde la refinería de Escombreras con un objeto volador que navega a su encuentro. Me parece, entre otras cosas, que, por el simple hecho de no querer admitir que el incidente tuvo lugar de forma fehaciente, pero sin una explicación contrastada, se cargue contra el comandante de la nave, tachándole, sin paliativos, de incompetente. Tampoco sale muy bien parado el piloto del Mirage, que con su experiencia profesional estuvo persiguiendo un estímulo astronómico. Menos mal que no se trataba de una situación extrema, porque, de lo contrario, hubiéramos asistido al ataque y destrucción de la refinería cartagenera.


Este tipo de conducta tan pusilánime y tan innecesaria, me recuerda a otro incidente con resultados más trágicos pero con explicaciones igual de estúpidas. Una tarde del 7 de enero de 1948, los habitantes de una zona residencial de Kentucky, dieron aviso a las autoridades del avistamiento de un extraño objeto en el cielo. La torre de control de Godman no tenía registrado ningún vuelo e informó a un caza F-51 Mustang, pilotado por el capitán Thomas Mantell, que procediera a la identificación del misterioso objeto. En el acto se inició una persecución que llevó al avión a realizar una maniobra muy peligrosa, pues así se consideraba rebasar los 4500 metros sin mascarilla de oxígeno, perdiendo las comunicaciones con tierra. A las 15,00 horas el supuesto ovni desapareció. Unos minutos más tarde el Mustang del capitán Mantell caía en picado, estrellándose contra el suelo mortalmente. La explicación oficial no podía ser más hilarante: el piloto de caza había muerto inútilmente persiguiendo al planeta Venus. Menudos profesionales son quienes no identifican ni al lucero del alba.

En 1966 la Universidad de Colorado inició un proyecto de investigación del fenómeno ovni. Tras la inquietud de algunos científicos civiles y la relativa alarma sobre la población, se requirió al físico Edward U. Condon para que estudiase toda la casuística acumulada y pudiera dar algo de luz a tan delicado asunto. Pero el reconocido científico pronto demostró cuales eran sus verdaderas intenciones y, después de tres meses de investigación y un presupuesto dilapidado de 250.000 dólares, manifestó lo siguiente:
"En mi opinión, el Gobierno debe zafarse cuanto antes de este asunto. El esfuerzo el baldío, aunque en teoría aún me faltan doce meses para alcanzar una conclusión. Como mucho, el estudio de los ovnis podría revestir interés para los meteorólogos."
Eso no le impidió solicitar una nueva partida de 250.000 dólares más, con la que pudo finalizar el estudio de forma bastante decepcionante con la frase lapidaria de, "Nuestra conclusión general es que en los últimos 21 años nada se ha obtenido del estudio de los ovnis que haya ampliado el conocimiento científico." Pero, como hecho inquietante siempre quedará ese tercio, de los 91 casos analizados, que no tuvieron explicación.
Para terminar les dejo un chiste sobre el Proyecto Colorado y su máximo responsable, Edward U. Condon, que resume a la perfección lo aquí expresado. Y recuerden, vigilen los cielos, nunca se sabe...

La imagen muestra al Dr. Edward U. Condon, físico nuclear y director de la comisión, siendo abducido por dos extraterrestres. Mientras, sus colegas científicos gritan: "¡Tranquilo, Dr. Condon! ¡Dígales simplemente que no cree en ellos!". Igualmente, en la esquina inferior izquierda, un pequeño científico le dice a un pingüino: "No dejes que esto se sepa… ¡podría arruinar nuestras conclusiones!" (Imagen: Patrick Oliphant en The Denver Post, 1967)



lunes, 28 de mayo de 2012

EL LIBRO OLVIDADO. CAPITULO VII. CIENCIA Y RELIGION

La ciencia ha sido habitualmente considerada como la mayor enemiga de la religión. Es, en el preciso instante, en el que toda la sabiduría humana llega a su límite cuando las creencias religiosas toman el relevo y contestan, o por lo menos toman la forma de aparentes respuestas, a las interrogantes que escapan al entendimiento humano. Bien es cierto que ha existido una pugna entre ciencia y religión, una batalla mutua por imponerse, pero objetivamente no debemos considerar tal lucha como un principio ajeno a nuestra propia voluntad. Cuando el conocimiento humano iniciaba su andadura por el camino de los misterios insondables de lo desconocido, y demostraba que algunas ideas sostenidas por la religión eran falsas, fue entonces cuando se produjo la ruptura entre razón y fe.


En el momento en que se dio carpetazo a la cosmología aristotélica, con las ideas de Copérnico y Galileo, la Iglesia montó en cólera y las declaró claramente heréticas. La razón de tal miedo hundía sus raíces en los albores del pensamiento humano, siendo una reminiscencia más del pensamiento primigenio del hombre que de la propia intolerancia eclesiástica. Al fin y al cabo la religión actúa de conductor de los sentimientos más íntimos de los seres humanos. Cuando el hombre se dotó de una trascendencia notable y se convirtió en la creación más elevada de su particular Dios, también se construyó un entorno a la medida. La Tierra era el centro del Universo, pues no podía ser de otro modo, ya que cobijaba a la criatura más excelsa del poder divino. Cuando Galileo retoma la tesis de Copérnico y afirma que la Tierra gira alrededor del Sol, despoja sin piedad al hombre del centro de la creación. El monje dominico Giordano Bruno fue quemado en la hoguera por declarar que el Universo estaba compuesto por un número infinito de soles y planetas que giran alrededor de ellos, y que incluso podrían existir otros mundos habitados. Esto suponía colmar el vaso de la paciencia, no sólo porque sucedía en el año 1.600, sino por que tal idea era el golpe final a la egolatría humana. Cada vez que el conocimiento despojaba al hombre de su privilegiada posición en su burbuja existencial, se producía la ruptura entre la cruda realidad y las aspiraciones ilusorias del mismo. La religión se utilizaba entonces como un escudo de protección ante tales agresiones, confiriéndole el poder suficiente para mantener a raya tales ideas por considerarlas enemigas de la fe, o lo que es lo mismo de las ilusiones de la humanidad. Habíamos construido, tal y como afirmaba Freud, todo un castillo de naipes a nuestra medida, en donde nos sentíamos los elegidos del Dios-Padre protector que nos garantizaba una continuidad de la vida tras la muerte. Mitigábamos nuestra incertidumbre porque creíamos que nuestras particulares ilusiones no admitían fisuras, pero la curiosidad humana es imparable y el desafió del conocimiento es  tentador. 


Después vendría Darwin y su teoría de la evolución que nos devolvía nuestra naturaleza animal, sepultada tras siglos de narcisismo trascendental. La ciencia nos iba mostrando las maravillas de la creación, sus más sugerentes dispositivos y su variabilidad casi ilimitada. Había pues que cambiar de estrategia. El mundo que nos contempla, toda su riqueza e intrincados mecanismos no son más que la punta del iceberg del conocimiento absoluto, pero es suficiente prueba de que nos hallamos sumidos en una realidad compleja y, a todas luces, espléndidamente inabarcable. El misterio del Universo y de la vida que nos rodea en nuestro propio entorno, tienen en común el hecho incuestionable de la complejidad. Una complejidad que funciona gracias a un engranaje preciso y lógico. Todo ese entramado que hace funcionar la maquinaria universal nos deja perplejos y a la vez maravillados. La ciencia en sí es el sesgado conocimiento que el hombre dispone de tal maquinaria y, aunque limitado, no deja por ello de ser lo suficientemente estimulante para despertar nuestra admiración más profunda.  Es aquí cuando entra en juego la idea de Dios. La religión deja de combatir en los frentes abiertos contra el conocimiento científico, formando parte del entusiasmo de los que abren los nuevos senderos de la sabiduría humana. Detrás de cualquier evento explicado por la ciencia se haya la firma del Todopoderoso. La grandeza del Universo y sus leyes dinámicas que posibilitan un orden imprescindible para su estabilidad, nos producen cierta perplejidad y atribuimos tales equilibrios cósmicos a una voluntad, pues, de lo contrario el caos dominaría al orden. Así Newton decía: “Esta elegantísima coordinación del sol, de las estrellas, de los planetas y de los cometas no puede tener otro origen que el plan y el imperio de un Ente dotado de inteligencia y de poder, que todo lo rige, no como el alma del mundo, sino como el Señor de todas las cosas, eterno, infinito, omnipotente, omnisciente.” 


Es evidente que al contemplar las estrellas en un cielo infinito, el hombre necesite saber la autoría de tan meritoria obra, de la misma forma que cuando observamos una pintura excepcional nos interesamos en saber quien a sido el pintor de tan interesante  creación. Pero, nuestra necesidad intrínseca de buscar siempre en todas las cosas a un elemento creador con voluntad, nos puede jugar una mala pasada. Después de todo, el Creador es solo responsable del inicio, pues sabemos que el Cosmos ha sido el resultado de un lento evolucionismo desde el primigenio Gran Estallido. Pero, esta consideración también tiene su oportuna contestación por parte de la religión, pues Dios está presente en todo el mecanismo, si no directamente si insuflando su aliento milagroso. Tan grandilocuentes tesis no tienen fundamento alguno, ni por supuesto pruebas evidentes de la existencia de un impulsor con voluntad propia que haya sido capaz de semejante hazaña. Vemos a Dios por medio de sus obras, pero sin la mayor evidencia. Es como si al contemplar la escena de un crimen pudiéramos describir a la perfección  las características de su autor sin necesidad de analizar las huellas y demás pruebas disponibles. En el hecho científico no hay absolutamente ningún fundamento de la existencia de una entidad personal de tal magnitud. Para ser un creador tan grandioso resulta excesivamente modesto.


Los eventos cósmicos, las estrellas, las galaxias, los cometas y la existencia de la propia vida es algo que nos desborda y que a duras penas podemos hallar una explicación racional, pero, tal explicación, es lo único que nos puede ofrecer ciertas garantías de verosimilitud. Sin embargo, algo falla en la perfecta coartada religiosa. El poder absoluto de la divinidad es incapaz de crear las cosas tal y como son, es decir, Dios inicia el impulso de la creación y después encarga su posterior desarrollo a unos engranajes evolutivos que nos conducirán a nuevas formas de materia. Esto es profundamente irritante para los que confían ciegamente en la omnipotente iniciativa divina. El problema que planteó la Teoría de la Evolución de Darwin fue el hecho incuestionable de que Dios no había creado a todas las criaturas de la Tierra en un solo impulso creador, sino que, a través de un lenta y progresiva transformación, las especies biológicas habían cambiando desde la noche de los tiempos, de las formas más simples a las más complejas. Linneo que estableció las bases de la clasificación de los seres vivos, introduciendo la nomenclatura binómica, manifestaba, entre admiración y veneración lo siguiente: “El Dios eterno, el Dios inmenso, sapientísimo y omnipotente, ha pasado delante de mí; yo no le he visto el rostro, pero el refulgir de su luz ha llenado de estupor mi alma. He estudiado aquí y allá las huellas de su paso en las criaturas y en todas sus obras, incluso en las más pequeñas. ¡Cuánta sabiduría, cuánta insuperable perfección en ellas!”. Es evidente que la contemplación del mundo produce admiración y, por ello, nos sentimos abrumados y aplicamos tal hecho a la trascendencia divina, pues es tal la complejidad que solo una voluntad podría acometer tal desafío. La respuesta fácil es el bálsamo de nuestras inseguridades. Como decía Teilhard De Chardin “creer es efectuar una síntesis intelectual”. Al fin y al cabo se trata de una cuestión de fe, y es evidente que quien no posee esa fe no puede responder con tales aseveraciones místicas a los grandes eventos del mundo que le rodea.


Es curioso que la creación más personal de Dios, el hombre, no sea sino el resultado de una evolución. Incluso, si tenemos en cuenta que es  un eslabón más  de una transformación, que nos puede convertir en seres de características diferentes dentro de un tiempo aún difícil de establecer, la imagen y semejanza se nos antoja inverosímil por no decir improbable. Hemos cambiado nuestro asombro por la creación en sí misma por el relativo al mecanismo. Transformamos  nuestro criterio según caen los dogmas intocables. Las innumerables odas al Todopoderoso en virtud de su poder, se han encaminado al microcosmos del engranaje que lleva impresa la creación. No admiramos el reloj en su aspecto exterior, sino a los resortes que le hacen funcionar.  La pregunta nos asalta de forma imperiosa: ¿Quién mueve los hilos que dan vida al Universo?. Darwin reflexionaba de la siguiente manera: “No puedo de ningún modo contentarme con mirar este maravilloso universo, y de modo especial la naturaleza del hombre, y concluir que todo es el resultado de una fuerza bruta. Yo tiendo a admitir que cada cosa es el resultado de leyes preordenadas... ¿Existe algún hecho, o siquiera la sombra de un hecho, que apoye la creencia de que elementos inorgánicos, sin cualquier ser orgánico, y especialmente bajo el influjo de las fuerzas conocidas por nosotros, puedan producir una criatura viviente? Hasta el presente un resultado tal es para nosotros incomprensible.” Estas palabras sirven de aliento para aquellos que cambiaron su reticencia ante la Teoría de la Evolución por cierta permisividad dogmática. Es decir, admitir la derrota que representaba el hecho incuestionable de que las especies no habían sido creadas tal y como se conocen hoy, y reconocer que el cambio evolutivo es una certeza fiable. Toda esta prueba de humildad a cambio, naturalmente, de encajar a Dios como fuera. No es el creador directo pero si interviene en los mecanismos. Pero, tal razonamiento, no es sino una huida hacia delante que no representa el más mínimo criterio de fiabilidad. Claro que, podría ser mucho peor, por ejemplo, dar una sola oportunidad al creacionismo y sus acólitos, prueba tangible de la pérdida absoluta de una mínima pauta, no ya racional, sino únicamente sensata.


El propio Darwin reconoce que admitir otros impulsores de la creación que no sean de naturaleza personal (se resiste a emplear la palabra Dios) resulta incomprensible. Por supuesto que es incomprensible, pero precisamente por tal motivo no podemos acomodarnos en la primera solución fácil que nos exima de nuestra propia curiosidad intelectual. Cuando no tenemos acceso a determinados conocimientos, forzamos la idea divina en nuestras más profundas limitaciones hasta el paroxismo más delirante. ¿Tan difícil es admitir nuestra ignorancia?. Ignorancia por otra parte justificable, en cuanto no sería justo ni lógico pretender que el hombre en su naturaleza limitada tenga el control absoluto del conocimiento global.