martes, 13 de abril de 2010

MANUAL DE SUPERVIVENCIA

En el mercado existen multitud de publicaciones de, por ejemplo, "Como sobrevivir a las navidades", "Como sobrevivir en la montaña" o "Como sobrevivir siendo del Atlético". Nada, olvídenlo, lo mejor es deshacerse de todo este ínfimo material, porque para las navidades lo mejor es dejarlas pasar como si no fuera con nosotros; si te pierdes en la montaña no te angusties, camina unos doscientos metros en la dirección que te salga de la boina, y te encontrarás con una urbanización de adosados, con un centro comercial o con un campo de golf; y si eres del Atlético lo mejor es que directamente no intentes sobrevivir. El único manual de supervivencia que puede ser realmente útil, es el de cómo mantenerte con vida ante el amanecer de los muertos vivientes, ya saben, de los zombies, entre otras cosas, por su carácter pragmático y por la certeza de que es un hecho más que probable, que un día de estos algún difunto quiera mordernos la tibia sin ningún tipo de modales.
Una tranquila mañana primaveral nos levantamos como todos los días de nuestra insípida existencia, como si nada hubiera pasado, procedemos a deleitarnos con el armonioso trino de los pajarillos, pero, en cambio, sólo escuchamos el chirriante sonido de los grajos y una brisa siniestra nos produce un extraña sensación, arqueamos las cejas y nos asomamos por la ventana tímidamente para ver qué pasa. No vemos nada, solo una calma extraña, y lo primero que nos preguntamos es si nos habremos equivocado y es domingo y no teníamos que haber madrugado. Por un momento sonreímos pensando en que, como es festivo, podemos seguir en brazos de Morfeo hasta las tantas del mediodía. Pero cuando comprobamos que nuestros progenitores están fiambres y nuestro hermano menor babea por los pasillos mascullado sonidos guturales, es que algo grave sucede. Si ya sé que tu hermanito nunca ha sido una lumbrera y su dicción está a la misma altura que la de un ornitorrinco, además sus ojos inyectados en sangre pueden ser a causa del ciego que, sin duda, traía la noche anterior, que el garrafón juega malas pasadas. Pero no te engañes, es un zombie, un maldito muerto viviente. Te asomas una vez más a la ventana y contemplas como aparecen más individuos con los mismos síntomas que tu pariente fraterno. La radio no funciona y en la televisión solo aparece la carta de ajuste. Debes prepararte, es el día del juicio final y los zombies acechan para devorarte las entrañas. ¡Tienes suerte, porque gracias a la lectura de "El manual de supervivencia ante el amanecer de los muertos" que leíste en "La guarida del eremita", podrás contarte entre los pocos afortunados que tendrán una oportunidad para seguir respirando en este mundo!. Además no todo es malo, hoy ni nunca más en tu vida tendrás que trabajar.

NORMAS BASICAS SI QUIERES SEGUIR VIVO:

1º-Mantén la calma y respira hondo. No te preguntes que ha pasado, ni intentes encontrar una solución. Cuando estés seguro y equipado convenientemente, podrás intentar hallar un remedio para curar a los afectados, que para eso tienes experiencia con el Quimicefa que te regalaron en la primera comunión.
2º-Tu primera misión será la de destruir al zombie que tienes vagabundeando por el pasillo. Si, ya sé que es tu hermano, pero éste no dudará en morderte la yugular para saciar su sed de sangre y carne, además antes de contagiarse ya era una especie de mente en blanco, no en vano sufrió la LOGSE y los botellones indiscriminados. Elimínalo con lo primero que tengas a mano, el cuchillo de cortar el embutido, una pata de una mesa o ese trofeo que tienes de cuando ganaste el concurso escolar imitando a Julio Iglesias.
3º-Nunca, repito, nunca salgas de noche bajo ningún concepto. Los zombies tienen muy mala leche y al amparo de la oscuridad juegan con ventaja.
4º-Reune un pequeño arsenal con lo que tengas a mano en tu casa, ya sabes, cuchillos, un martillo o cualquier objeto punzante. Una vez convenientemente armado, ya puedes salir a la calle.
5º-Tu primera misión en el exterior será la de procurarte una defensa algo más profesional. Dirígete hacia la comisaría de policía más cercana. No, no vas a poner una denuncia por acoso mórbido de los no muertos. Una vez allí, agénciate todas las armas de fuego que puedas y no olvides la munición. Si un policía con un trozo de páncreas entre los dientes te sale al paso no es para pedirte el DNI, esquívalo si puedes y si no elimínalo. Además de pistolas y rifles de asalto, hazte también con una katana y un cuchillo estilo Rambo; nunca se sabe cuando te puedes quedar sin munición. Acuérdate lo bien que te vino el cuchillo cuando jugabas al "Resident Evil" y te quedaste sin balas. Otro día puedes acercarte a un cuartel militar y arrasar con lo que pilles.
6º-Búscate un buen refugio. No valen de planta baja ni demasiado grandes. Un piso superior con un solo acceso y ventanas inaccesibles desde el exterior. Precaución con la escaleras, en cualquier rincón se puede esconder el fiambre de turno dispuesto a ponerte en su menú del día. Seguramente estarás tentado de quedarte con un chalet de los de la zona residencial con piscina, pista de pádel, sauna y demás pijadas. ¡Mala idea!. A no ser que dispongas de un ejército de guardaespaldas ni se te ocurra. Un cortijo así es difícil de controlar y no querrás jugar al pádel con un Aznar zombie...bueno ni con un Aznar no zombie tampoco.
7º-Para acabar con un zombie ataca a su cabeza, es la única forma de asegurarte que no se vuelva a levantar. No tengas remordimientos ni remilgos, ya sabemos que tú has sido un pacifista nato, defensor de las avurtadas del Kilimanjaro en peligro de extinción, pero se trata de tu supervivencia, y a no ser que tengas espíritu de mártir, no te andes con gaitas y transfórmate en un Terminator.
8º-Una vez instalado en tu refugio, tendrás que aprovisionarlo. Ve al supermercado y llena el maletero del coche con latas en conserva de todo tipo y botellas de agua. No te líes con los productos perecederos. ¿Que por qué?. ¡Coño porque son perecederos!. Si, jamones sí que puedes llevarte, sobre todo los que tienen la pezuña negra. LLévate todas las linternas y pilas que puedas y si eres capaz de montar un generador que te proporcione energía, un buen televisor, un dvd y un buen puñado de películas, que la soledad es muy mala. No te aconsejo el Home Cinema de 500 watios de potencia que los zombies están muertos pero no sordos.
9º-Dirígete a una farmacia y llévate vendas, analgésicos, antibióticos, mercromina, alcohol, agua oxigenada, material quirúrgico y un manual de "Cómo operarse a sí mismo a corazón abierto". ¿Condones?. Bueno si, más vale llevarlos y no necesitarlos, que necesitarlos y no llevarlos.
10º-Necesitas uno o varios vehículos para moverte por la ciudad. Un todoterreno no es mala idea, aunque no estaría de más que te agenciaras un BMR del ejército. No te aconsejo un tanque de la Acorazada Brunete, no vas a saber manejarlo y te puedes quedar encajado en alguna calle estrecha. Que quieres darte el gustazo y quieres estrenar todos los días un coche nuevo, pues adelante, el mundo es tuyo. Por fin podrás conducir aquel lamborghini miura que tenías en un poster en tu cuarto.
11º-Este manual puede servir tanto si vas solo como acompañado. Pero ojo con quien te juntas. Procura no ir en grupos demasiado numerosos, pues eso atrae impetuosamente a los muertos vivientes, además de que un grupo de individuos histéricos solo te puede conducir al desastre. Lo deseable es ir en pareja, sobre todo si tu partenaire es una chica, y sin son tres o cuatro tampoco pasa nada. Evita a las mojigatas que se pasen el día protestado o lloriqueando por las esquinas, escógelas del tipo Sarah Connors o Xena, la princesa guerrera.
12º-Procura que te acompañe un perro... no, el chiguagua de tu prima no vale, estamos hablando de un buen perro, no de una rata tiritona. Uno que te sirva de defensa y que te ayude con su sexto sentido. No lo alimentes con verdura como Will Smith en "Soy leyenda", pues un día puede darle un mono de carne y arrearte un buen bocado en la entrepierna.
13º-Si alguna vez te pillan desprevenido sin armas ni posibilidad de escape, actúa como ellos, pon los ojos en blancos, brazos estirados y emite sonidos guturales. Si tu actuación es buena podrás engañarles y escabullirte a la primera oportunidad. Repasa el método de interpretación de Lee Strasberg, a Paul Newman le fue muy bien.
14º-Tienes que tener cuidado con qué clase de zombies te enfrentas. No todos son iguales. Los hay como los de "La noche de los muertos vivientes" o los del juego "Resident evil" que son muy lentos. Salvo que te de una paraplejía galopante es muy difícil que te puedan atrapar. Sin son de este tipo llevarás una vida sin demasiados sobresaltos. Si te enfrentas a los de "El amanecer de los muertos" lo llevas jodido. Corren como condenados y además son más numerosos que los alemanes en Palma de Mallorca. Tendrás que vivir siempre en alerta. Si te tocan en suerte los zombies de "Soy Leyenda" vivirás espléndidamente de día, pero de noche las vas a pasar putas. Como te localicen estas en un serio aprieto, porque estos tíos, además de muertos, tienen la fuerza de La Masa y suben paredes como Spiderman y si encima le acompañan sus perritos zombies...

Bueno espero que te haya sido útil, y si a pesar de ello, al final has sucumbido, bueno pues únete al festín que no hay mal que por cien años dure...




viernes, 9 de abril de 2010

JOHN WILLIAMS, EL MAESTRO


Cuando se estrenó "La guerra de las galaxias" no solo se revitalizó la afluencia masiva a las salas de cine, también se volvió al sinfonismo de los clásicos de los 40 y los 5o, y su principal artífice fue John Williams, que con una partitura épica rompió con los moldes establecidos en los años 70, donde se subrayaba otro estilo de banda sonora, muy centrada en estilos minimalistas o influenciada por conjuntos y compositores de raíz popular que dejó sin trabajo a las grandes orquestas. Con Williams se retomaba la era dorada del cine de Hollywood y a los compositores como Wolfgang Korngold, Miklos Rozsa o Max Steiner. De la mano de Steven Spielberg y George Lucas se volvió al cine espectáculo y Williams se encargó de realizar, con mano firme, la música que daría ese sello personal a los trabajos de ambos cineastas, creando una escuela cuya influencia llega hasta nuestros días. Su reconocimiento en la industria del cine ha tomado forma, a lo largo de todos estos años, con cinco Óscar en su haber y 45 nominaciones, siendo, tras Walt Disney, el más nominado en la historia de la Academia.
Williams nace en New York en el año 1932 y su inspiración musical le viene de familia, ya que su padre fue percusionista de jazz del mítico quinteto de Raymon Scott. Estudia piano y composición en la Universidad de California y en el servicio militar dirigió la banda de la fuerza aérea de los Estados Unidos. Una vez terminadas sus obligaciones castrenses, trabaja como pianista de jazz en varios estudios y clubs de la Gran Manzana, teniendo la gran fortuna de trabajar para el prestigioso y maestro indiscutible Henry Mancini, participando en las bandas sonoras de "Peter Gunn", "Días de vino y rosas" y "Charada". En 196O ingresa en Columbia Records realizando algún trabajo conjunto con André Previn. En los Angeles inicia su carrera como orquestador en los grandes estudios de cine, colaborando con Bernard Herrmann, Miklós Rózsa, Franz Waxman y Alfred Newman, todos ellos gigantes de la historia de la música en el cine. Incluso llegó a tocar el piano en alguna banda sonora de Jerry Goldsmith, otro compositor que también se considera uno de los baluartes del regreso del sinfonismo clásico al cine actual y al que se le ha querido, por parte de algunos, involucrar en una guerra algo frívola para ver quién de los dos atesora más calidad en sus composiciones fílmicas. Sus primeros trabajos como autor de bandas sonoras fueron para las películas "Cómo robar un millón" y "La aventura del Poseidón". En 1971 gana el Óscar por la adaptación musical de "El violinista sobre el tejado". Pero su giro hacia la fama imperecedera transcurriría en el año 1974, cuando los destinos de Spielberg y de Williams se cruzan y éste compone la banda sonora para "Loca Evasión". Al año siguiente se consolidaría una relación que llega prácticamente hasta nuestros días, cuando el compositor neoyorkino afronta el trabajo de poner música a "Tiburón", obra maestra indiscutible del cine de aventuras por excelencia. Spielberg y Williams, una vez realizado el montaje del film, estuvieron de acuerdo en que la música tenía que tener un carácter claramente aventurero y para ello se inspiraron en sonidos de Stravinsky y Vaugh-William. Esto que para algunos puede ser síntoma evidente de poca originalidad, no es sino la forma habitual en la que trabajan la inmensa mayoría de los compositores que componen bandas sonoras. Se inspiran en los clásicos, en otros músicos del séptimo arte e incluso en sí mismos. De hecho no son pocos los que toman como inspiración al propio John Williams. Para el tema del tiburón se eligió un leif motiv dramático compuesto de cuatro notas, reforzando el ataque del escualo con una música ya legendaria en todo el mundo. Tal fue la relación entre el cineasta y el compositor, que, en algunas ocasiones, el primero permitió que Williams compusiera su música con un boceto elaborado de la trama, y después, inspirándose en la misma, se rodaran algunas secuencias. El éxito incuestionable de "Tiburón" vino acompañado por un Óscar a la mejor banda sonora, un premio BAFTA, un Globo de Oro y un Grammy.
Steven Spielberg recomendó a su amigo George Lucas que contara con los servicios de Williams para "La guerra de las Galaxias", siendo el resultado por todos conocidos. Nadie podría separar aquello de "Hace mucho tiempo en una galaxia muy lejana..." de la fanfarria que le acompaña, al igual que "La marcha imperial" se ha convertido en una referencia de cinéfilos y adictos a la saga galáctica. La intención de Lucas de no utilizar sonidos electrónicos y apostar por el sinfonismo más profundo, le reportó, entre otras cosas, a Jhon Williams su tercer Oscar y convertirse en la banda sinfónica original más popular de la historia, con sus más de cuatro millones de copias vendidas.

Después de la que muchos consideran como su mejor banda sonora, "Encuentros en la tercera fase", se ocuparía de poner música para uno de los films en los que, seguramente, Spielberg puso más el corazón. "E.T., el extraterrestre" fue un proyecto en el que no se confiaba demasiado, se preveía que podría ser un éxito sin demasiadas alharacas, pero la realidad fue que aquella pequeña historia de amistad tuvo unas repercusiones en taquilla brutales, permaneciendo en algunos lugares hasta un año en cartel, algo que hoy es absolutamente impensable. También le reportó a Jhon Williams el Oscar a la mejor banda sonora. En el siguiente vídeo se nos relata cómo fue aquella experiencia:




En 1993, con "La lista de Schindler", el compositor anunciaba su retirada, hecho que realmente no sucedió porque aún sigue estando en la brecha, aunque si le valió su último premio conseguido en la Academia. A sus espaldas quedan además de las ya reseñadas, las bandas sonoras de "El coloso en llamas", "Drácula", "Superman", "En busca del arca perdida", "El imperio del sol", "El turista accidental", "Nacido el 4 de Julio", "Parque Jurásico", "Siete años en el Tíbet", "Salvad al soldado Ryan", "Atrápame si puedes", "Harry Potter y la piedra filosofal", "Memorias de una geisha" y así hasta completar más de un centenar de composiciones, en los que a pesar de su estilo más que reconocible, ha ofrecido muestras más que suficientes de versatilidad y genio. Además, Williams, ha compuesto más de 5O composiciones fuera del mundo del cine, sin contar la música compuesta para cuatro Juegos Olímpicos y diverso temas para la televisión.
John Williams es en definitiva una figura relevante del séptimo arte, alguien sin el cual no se puede comprender la música que ha acompañado al cine en los últimos cuarenta años, el hombre que ha puesto la banda sonora de nuestras vidas y, al fin y al cabo, un maestro.


martes, 6 de abril de 2010

PEQUEÑAS HISTORIAS DE BARRIO


La casa donde transcurrió mi infancia, allá por los años 7O, estaba situada en el casco viejo de la ciudad, en una calle tan estrecha que casi podías darle la mano al vecino. De hecho, había uno justamente enfrente del dormitorio de mis padres, que todas las noches daba un concierto de guitarra, ante la desesperación de mi padre que soltaba auténticos sapos por la boca, pues le era imposible conciliar el sueño. Yo que pensaba que mi padre era el hombre que más madrugaba del mundo, lo compadecía y trataba de convencerle de lo relajante que podía llegar a ser la música, pero el aducía que lo que hacía aquel sujeto con la guitarra era una especie de aberración difícil de catalogar. Casi todas las calles de aquel viejo barrio eran muy angostas y solo una placeta situada cerca de mi casa parecía desparramarse hasta límites insospechados, aunque viéndola hoy en día solo parece una calle un poco más ancha que las demás. A un lado había una cuesta medio empedrada que nos venía de perillas para jugar a las bolas, ya que nos posibilitaba hacer pequeños agujeros donde situar el famoso hoyo de las canicas, ya saben aquello de "primeras bolas, pié bonito, matute y hoyo", aunque me imagino que la fórmula secreta de este juego tendrá variedad inmensa de conjuros para su correcta ejecución. Había también un enorme caserón en donde habitaba una vieja gruñona octogenaria, se decía que aún mocita, y que nos echaba cubos de agua para que no jugásemos a la pelota sobre su fachada. En las noches de verano se la podía ver hablando sola en la terraza, no se sabe si con Dios o con algún difunto del pasado. Lo cierto es que nadie entró jamás en aquella vieja casa y el misterio permaneció siempre en la memoria de la chavalería del barrio.
En nuestra hermosa placeta había dos negocios, uno era una pequeña lechería, llamada de Manolita, en donde acudíamos en verano como posesos a la compra de polos flash que calmaran el intenso calor. Manolita era una mujer de baja estatura y generosas carnes que despachaba con la misma calma que una balsa de aceite. El otro negocio era el típico comercio de barrio de comestibles, estrecho y muy largo y fue el santo y seña de las amas de casa del lugar hasta que irrumpió el primer supermercado, algo novedoso por aquellos años. Pero la tienda por excelencia de los niños era, sin duda, Braulio, un negocio en principio de comestibles, pero que vendía también chucherías, juguetes de peseta y sobres de estampas para los álbumes del momento. Aunque el dueño se llamaba Manolo, todo el mundo lo nombraba por Braulio, el nombre de su difunto hermano. Estaba situado frente al colegio y la chavalería lo llamaba a voces durante el recreo, haciendo sonar sus monedas contra la valla metálica del patio, para que Braulio saliera con una bandeja de cuñas y palmeras de chocolate. Recuerdo también que los sábados por la tarde, cuando mi padre cumplía con mi merecido salario semanal , la tienda estaba cerrada, pero como Braulio tenía su negocio ubicado en su casa, tenía la deferencia de abrirme por la puerta de atrás para venderme la mercancía solicitada. No era un hombre excesivamente simpático, supongo que estaba cansado ya de tanto crío dándole la murga durante tantos lustros, pero lo cierto es, que componía la figura de la persona a la que le pesan los años y arrastra los pies con la desgana del que ya ha vivido lo suficiente como para expresar cualquier tipo de entusiasmo.
Había también una calle muy singular que era conocida como callejón de los chinos, porque, a causa de un deficiente firme de la calzada, un día un camión volcó un cargamento completo de tierra y chinos para igualar el nivel de la calle, y es que, amigos míos, en aquella época lo de asfaltar las calles era como de ciencia ficción. Había una cuesta que bajaba a unos aparcamientos subterráneos y nosotros la utilizábamos para tirarnos subidos en cajas de cerveza, ante la indignación de los vecinos que no soportaban el estruendo producido. Una vez un amigo y yo bajamos a tal velocidad que dimos un par de vueltas de campana y cuando me estaba quedando casi sin respiración por el inmenso impacto, me encontré una peseta, y una peseta en aquellos tiempos era una peseta. Con este capital se podía elegir entre un cochecito de plástico, una careta de cartón, un polo flash, dos caramelos sugus o un chicle Bazooka. Recuerdo en una ocasión que un familiar me dio cinco duros y mis ojos se iluminaron como un árbol de navidad ante semejante capital. Aquello fue una fiesta que aún se recuerda en los anales de la historia. Invité a todos mis amigos a pipas, chicles, piruletas, regaliz y otros manjares y aún me sobró dinero para comprarme un polo de Drácula, un sobre de soldados y un montaplex. ¿Que no saben lo que es, un polo de Drácula, un sobre de soldados y un montaplex?. No se preocupen, que ipso facto procedo a explicarlo. El polo en particular era un helado con palo, negro por fuera y rojo por dentro y tenía el curioso efecto secundario de dejarte la lengua negra, que parecía te hubieras embriagado con un bote de tinta china. Un sobre de soldados era un paquete de papel, ilustrado con alguna batalla bélica, y en cuyo interior venía un grupo de pequeños soldados, la mayoría de unos dos centímetros de altura. El montaplex también iba en un sobre de papel y dentro descubríamos las piezas de un avión, tanque o portaaviones que había que montar. El más célebre era un platillo espacial de color verde que era bastante apreciado y el Mosquito cero, un avión japonés de la segunda guerra mundial. Mi padre me compraba casi todas las semanas un sobre de soldados y, al cabo del tiempo, pude juntar un numeroso ejército dotado de aviones, tanques y demás artilugios bélicos con los que formar auténticas batallas. El platillo volante no encajaba mucho, pero me servía igualmente para recrear "La guerra de los mundos". Se rumoreaba que uno de los pequeños soldaditos, con unos prismáticos en la mano, era el mismísimo Caudillo, aunque yo no lo tuve nunca demasiado claro.
En el barrio existía también una calle que terminaba en una especie de acequia enfangada, cuya agua circulaba por debajo de un vetusto molino abandonado que por las noches adquiría cierto aspecto siniestro. Algunos insistían que alguna noche habían contemplado extrañas figuras que se adivinaban tras unas tenues luces.
Había dos comercios que eran los dos extremos de la moral cotidiana. Uno de ellos lo regentaba una señora de mediana edad que tenía reputación de llevar lo que entonces se llamaba mala vida, por lo que las mujeres decentes jamás entraban a comprar. Yo que no entendía aquel comportamiento sí que entré, en alguna ocasión, con toda la normalidad del mundo. Ahora incluso recuerdo, y no me pregunten por qué, que las veces que acudí fui para comprar pegamento y aquella mujer siempre me daba el producto con una leve sonrisa. El otro negocio era la frutería de una viuda, sempiterna enlutada desde la cabeza a los pies y tristeza perenne en los ojos. Había también una diminuta librería con estanterías que llegaban desde el suelo hasta el alto techo. Pese a su tamaño escueto, siempre tenía lo que buscases, fuera una simple cartulina o un tiralíneas de plumilla. Con todo el esfuerzo del mundo fui capaz de coleccionar todos los fascículos de "El maravilloso reino animal", nueve tomos adecuadamente encuadernados, por supuesto en la misma librería, y que me llevó varios años de mi vida el poder completarlos, por lo que forzosamente tuve que hacer amistad con aquel librero ciertamente entrañable. Más arriba existía Casa Paquito, todo un comercio tradicional al más rancio estilo de mercería, paraíso sin igual de costureras y modistas. Una juguetería se ubicaba cerca de allí y recuerdo contemplar embobado el escaparate, pensando cual sería mi elección para los Reyes Magos o mi cumpleaños.
En esa misma calle tenía un amigo que vivía con su abuela,que a la sazón realizaba labores de portería en una escuela femenina. Era un viejo edificio de unas cinco plantas que ocupaba casi una manzana y que cuando las clases terminaban estaba a nuestra entera disposición. Esto unido al hecho de que su abuela nos dejara muchas tardes solos, hacía que aquel lugar fuera nuestro castillo particular, en donde deambulábamos desde una planta a otra entrando a las clases vacías y corriendo, como locos posesos, por los corredores de aquel inmenso inmueble.
Recuerdos y fantasmas del pasado, todo y más son patrimonio de cada uno de nosotros, de infancias perdidas en un tiempo en que quizás fuimos tan felices como niños.




lunes, 5 de abril de 2010

LAS SUPERHEROINAS DE ED BENES

Bajo el seudónimo de Ed Benes se esconde José Bezerra Eldibenes, autor brasileño nacido en el año 1972. Descubierto por Neal Adams su carrera se disparó ofreciendo su talento en series de Capitán América, Iron Man y Estela Plateada, aunque fue en DC en donde destapó el tarro de las esencias en títulos como Birds Of Prey, Supergirl, Superman o la Liga de la Justicia. Familiarizado en los dibujos de chicas pin-up, esto le sirvió para dar su estilo personal a las superheroínas. Si John Romita era capaz de dibujar las chicas más guapas de Marvel, Ed Benes da vida a mujeres voluptuosas con curvas vertiginosas, tremendamente atractivas, hasta el punto de provocar alguna escasa polémica entre los sectores feministas más recalcitrantes.